martes, 15 de noviembre de 2011

DE CUANDO LOS TIEMPOS DE LA HISTORIA ESCONDEN LA LOCURA DEL PRESENTE.


Dicen los que saben de esto, que cuando el interpelado por su presente se acerca a la Historia buscando en el pasado respuestas a su presente, o incluso en un giro inesperado de las circunstancias, previsiones a partir de las cuales confeccionar un futuro, se encuentra con la funesta conclusión de que, una vez más, comete el error estructural de aproximarse a la misma con prejuicios conceptuales propios del presente.

Así, cuando interpelamos a alguien en cuestiones propiamente de Historia, y sobre todo cuando a cambio no sometemos al interpelado a la tortura que supone el tenerse que formar de base un juicio u opinión sobre lo tratado, nos llevamos la no por repetida sorprendente conclusión de que nadie, absolutamente nadie es capaz de comprender cómo los contemporáneos de cualquier época en la que han acaecido sucesos de especial gravedad, entre los que pueden denotarse por ejemplo la participación en guerras tan fraticidas como injustas, o incluso la permanencia bajo el yugo de sistemas tales como los fascismos; podían permanecer impávidos, sin capacidad de reacción, frente a tales acontecimientos los cuales, no lo olvidemos son, según nuestro prisma, imposibles de ratificar para cualquier hombre, pertenezca éste a la época a la que pertenezca.

Asimilada esta tesis, no parece por tanto complicado aceptar que entre la famosa frase de la que se apropiaron los Luises de Francia: “El Estado soy yo”, y aquella otra de la que se hizo coro el Renacimiento Social, Humanismo para más seña en temas políticos y sociales: “Todo para el Pueblo, pero sin el Pueblo”, pueden situarse toda una cadena de comentarios, algunos más afortunados que otros, que por otro lado no hacen sino aportar contexto de situación a toda una larga fortuna de Sistemas Hegemónicos, los cuales, si algo han tenido en común, a la par que circunstancia esta les separaba entre sí, no era sino el hecho de dar en cada momento una respuesta argumentada y actual a la sucesión de necesidades que la Realidad les planteaba el cada momento, sucesión ésta que exigía respuestas claras y rápidas por parte d la ciudadanía.

La ciudadanía, síntesis del pueblo, manifestación de la nación. En esencia constituyente básico de ese correlato de hechos que se empeñan en conformar la realidad, obstinada a veces, no lo olvidemos, cuando se empeña, de todas, todas, en manifestarse arbitraria unas veces, olvidadiza otra, pero siempre, siempre, obstinada.

Y fruto de esa obstinación, se produce uno de los hechos más repetidos a lo largo de su propia historia, el que se cumple irreversiblemente cuando comprobamos cómo siempre se empeña en repetirse. Asistimos así a la prueba tantas veces buscada en el análisis de acontecimientos cifrados en el pasado, de los motivos y las causas que pueden llevar a una persona o grupo social determinado a adoptar, en un momento determinado de la Historia, comportamientos y decisiones que, de manera evidente, se han manifestado contraproducentes para con ellos mismos.

Y es llegados a este momento, y una vez rescatados del pasado para retornar a nuestro siempre por sobrevalorado brillante presente, cuando podemos comprobar con el sobresalto propio de las sorpresas desagradables, que ni todo el conocimiento de la realidad, ni toda la capacidad de interpelación propia del sobrado conocimiento de la evolución de los acontecimientos en la Historia, pueden prepararnos para impedir o evitar ciertos sucesos.

Así, y sólo así, podemos justificar, que no entender, cómo es posible el retorno triunfal y por la puerta grande que del “Despotismo Ilustrado” hemos no sólo permitido, sino abiertamente festejado.

Nuestro pasado inmediato se halla implícito en una época de bondades y grandezas. Una época en la que la sobreproducción propia del mundo civilizado se manifestaba en una sobreabundancia que daba pie sobrado a la conceptualización, y al pensamiento. Fruto de ésta consignación, desarrollamos un Sistema de Pensamiento, que redundó en un Sistema Político que, repitiendo los errores del pasado, no sólo no entendía como podían haber existido otras formas de hacer las cosas, sino que en si mismos se consideraban manifestación explícita de la perfección conceptual. Explicábamos cualquier otro Sistema, Monarquía, Dictadura, Autarquía etc, con el desdén propio de aquél que desprecia el pasado por obsoleto, y a los que en el mismo vivieron, como pobres ignorantes, esclavos de un Sistema que les era inaccesible en tanto que ajeno a ellos.

Y es entonces cuando de nuevo, el pasado se yergue ante nosotros, para, apelando a nuestra humildad, promovernos un ejercicio de autoanálisis cruelmente reforzado con la bofetada sonora que nos propicia a hacernos ver como hoy, en medio de todo nuestro conocimiento, presas como somos de la embriaguez del que todo lo sabe o cree saberlo, nos encontramos inmersos en la justificación bochornosa de esos Sistemas de Gobierno que hace apenas cinco años pensábamos totalmente superados, totalmente condenados al ostracismo.

Ha sido el monstruo latente, El Capitalismo, por medio de su largo brazo, la especulación, el que los ha hecho resurgir de las cenizas conceptuales que supone inexorablemente la inclusión en un temario de Historia.

El Despotismo Ilustrado ha vuelto, y lo ha hecho para quedarse. Para estos bueyes no hacían falta alforjas.

Luis Jonás VEGAS VELASCO.



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