martes, 1 de abril de 2014

DE CUANDO COMO CON EL AJO, NO POR MUCHO REPETIR, RESULTAS DE MÁS ALIMENTO.

Sucumbe una vez más aquél que en este caso ejerce de Hombre, a una de las más viejas pasiones, y viene a hacerlo en este caso ejerciendo de una de esas maneras que bien podríamos todos de considerar cuando menos, como poco procedente, ni con el momento, ni con el tiempo elegidos.

Es así que, como suele ocurrir a menudo con la fenomenología que atribuíos a la forma, es ésta la que se encarga de recordamos que a menudo, es la Estética si no tan importante como la Ética, sí cuando menos tan responsable como ésta a la hora de convertir en desaconsejable, y por ello en fuente de error, un comentario que ni tan siquiera a priori puede tener ni siquiera viso mínimo de razón de ser.

Porque es precisamente en tal catálogo, en el de las chanzas, en el de los jolgorios que han de ser pronunciados convenientemente cubierto por el chambergo, o simplemente en el de las maquinaciones pecaminosas no tanto por ser pensadas, cuando sí por tener la desvergüenza de ser pronunciadas en público; donde sin duda ha de ser almacenada esta perla, con la que el hoy Rouco a secas, se nos ha destapado definitivamente.

La pregunta es, a estas horas, bastante sencilla, y su respuesta no debería resultar para nada aparatosa. ¿Es ésta la postura de ROUCO, o es realmente la postura de La Iglesia Española? Pero claro, retomar esta cuestión en la actual España, (en tanto que gobernada por la Derecha digo), y hacerlo precisamente un uno de abril es, cuando menos, algo desaconsejable. ¡Miren qué curioso! ¡De nuevo la cuestión formal reluce, y no les quepa duda de que lo hace en todo su esplendor!

Porque llegados a este momento que a nadie se le escape, las formas han  vuelto a ser no solo importantes, sino abiertamente fundamentales. Porque a eso, a una mera cuestión de formas podría ser reducida la que denominaremos segunda cuestión de Rouco, de no ser porque ésta tiene lugar en mitad de su Acto de Servicio, un acto, no debemos olvidarlo, que se halla vinculado inexorablemente a una verdadera y cierta Cuestión de Estado.

Porque es ahí, ni tan siquiera en ninguna otra parte, donde habremos de buscar no tanto la importancia, como sí la manifiesta improcedencia de la afirmación rocambolesca, desdentada y ruin, con la que el personaje quiso, no sabemos si regalar los oídos a algunos (sigo dándole vueltas al hecho de que ni uno solo de los participantes en el acto, ni miembros del Gobierno, ni altos representantes del Partido Popular arrugaran ni siquiera el gesto), o ampliar, sencillamente, su ya expresamente dilatado currículum en esto de decir barrabasadas.

Sin embargo, no obstante, la calidad de la aberración, la intensidad del bramido, se me antoja de tal calibre que, con el debido respeto, dejarlo pasar aplicando la misma condescendencia que aplicamos cuando juzgamos una novatada; se me antoja un acto de una irresponsabilidad tal, que, ciertamente, me niego tan siquiera a valorar como viable.

Y no solo porque el señor no es un chiquillo, no en vano peina canas, cuando sí más bien porque este señor representa, o eso creen algunos, a una extensa comunidad de españoles los cuales han depositado, nada menos que su fe, en elementos tenedores de la catadura moral del que referimos hoy su última hazaña.

Porque por ahí es, precisamente, por donde hemos de comenzar a buscar el presunto origen racional, si es que lo tiene, o siquiera alguna vez lo tuvo, de este desvarío que viene a ser perpetrado a partir de la sinrazón que supone conciliar en un acto religioso, algo que nunca debió de escaparse a los cánones propios y preceptivos de un acto pura y sencillamente oficial.

Porque ahí es donde radica, otro de los elementos que nos llevan a convertir en casi reiterativos los esfuerzos empleados a la hora de someter a la consideración del mundo el hecho de que el propio mundo, no está compuesto, ni con mucho, solo de Católicos. Es más, tal y como cada vez queda más puesto de relevancia, cada vez su número es objeto de mayor detrimento.

Pero lejos de caer en el error de jugar a su juego, o dicho de otra manera  lejos de jugar a un juego en el que imperan los dogmas, con alguien que se muestra abierto precursor de los dogmas; lo cierto es que las palabras del Cardenal Arzobispo de Madrid son escatológicas no solo por la forma, sino es este caso incluso más, por el tiempo en el que las mencionadas han sido pronunciadas.
Así, en un ejercicio estrambótico, propiciado de manera funesta por los caprichos de Crhonos, lo cierto es que hacer coincidir en el Funeral por Adolfo Suárez, en una homilía, palabras de homenaje a la reconciliación, con un funesto mensaje apocalíptico, es algo propio tan solo de alguien genial, o en el peor de los casos de alguien que se cree verdaderamente genial, con la salvedad de que se ha olvidado de contrastar con alguien semejante hecho.

El Tiempo, propiciatorio por otra parte de grandes marcos de idoneidad, se muestra en este caso impasible a la hora de cercenar cualquier intento de dotar de plausibilidad conceptual las palabras pronunciadas por el Cardenal Arzobispo, toda vez que la gran aliada de éste, a saber la cronología, lejos  de ayudar, en este caso, no viene sino a empeorar francamente las cosas.
En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las Tropas Nacionales sus últimos objetivos militares. La Guerra, ha terminado.
Burgos, Primero de abril de 1939...Año de la Victoria.

Porque de esto es, en última instancia, de lo que se trata. De un país dividido, que no podrá unirse en tanto que no comience por reconocer la existencia tanto de la fractura, como de las causas que la precedieron.
De un país dolido, en el que el Primer Año Triunfal lo fue, pero fue sobre todo el primero de cuarenta destinados en la mayoría de los casos a cobrarse una venganza que a ojos de multitud de especialistas cuenta con multitud de consideraciones que servirían para creer firmemente en la cuestión del genocidio, en tanto que una parte del Pueblo conspiró en pos de la manifiesta desaparición del otro medio.

Y mientras, en ello, con un papel protagonista, La Iglesia. Una Iglesia que siempre estuvo del lado de los vencedores, no en vano aguantar un negocio durante más de dos mil años requiere de mucha cintura. Una Iglesia que cada día, unas veces con sus actos, otras con sus silencios estridentes, se empeña en poner de manifiesto que no es ya que sume o que reste. Es que sencillamente divide.

Es por eso por lo que si cabe, las palabras de Rouco resultan aún más improcedentes. Porque más allá de los bostezos de Posada, o de la actitud hierática de Sáenz de Santamaría, lo cierto es que no ha sido para esto para lo que se le ha dado vela en este entierro.


Luis Jonás VEGAS VELASCO.

martes, 25 de marzo de 2014

DE CERVANTES, COMO PRECURSOR.

Una vez que el personaje, aquél cuya personalidad fue tan intensa que llegó a deslumbrar incluso a su autor, se ha marchado; puede ser un buen  momento para rendir no ya merecido homenaje, cuando sí tal vez mejor cumplido trámite, en pos de lograr no ya un resarcimiento, cuando sí sencillamente una digna redistribución de las certezas.

Porque una vez que D. Quijote se ha marchado, no son ya solo Sancho y Doña Aldonza los que se quedan. Se queda Rocinante, se queda el borrico. Se queda incluso el dueño de los odres de vino acuchillados. Todos, absolutamente todos, tienen, como suele ser habitual, una parte de verdad, su verdad. Y de nuevo, tal y como insisto, solo ocurre en España, de nuevo la ausencia absoluta de capacidad para buscar la perspectiva, nos condenará, otra vez, a la indolencia de la apatía indolente con la que nuestro país honra a sus muertos.

Porque igual tratamos a los muertos que a los ídolos. Porque somos un país con Historia. Pero con una Épica rancia, atípica y reaccionaria, que nos lleva, de manera ancestral y paradójica, a matar a nuestros héroes. Y lo mejor de todo es que somos capaces de justificar tales muertes alegando defensa propia.
Por eso, auspiciando retazos de la España Profunda, tendemos a sustituir por ídolos los espacios vitales que antaño fueron ocupados por aquéllos, los héroes que, bien por homicidio, bien por autólisis, decidieron dejar de ser.

Porque fijaros bien de la poca duda que puede quedar al respecto de la grandeza sobre la que se cimenta la Historia de nuestro país, que precisamente el ejercicio de semejante acción, la de dejar de ser, cuando es efectuada de manera activa, no tiende sino a engrandecer al que la lleva a cabo. Tal vez por eso, por tratarse de una acción reservada verdaderamente a los más grandes, sea por lo que aquéllos que han mostrado la audacia de ponerla en práctica se han ganado, por sí solos, un espacio junto a los más grandes.
Historia, épica, héroes (o ausencia de éstos, para el caso da lo mismo), son conceptos que vienen por sí solos a denotar la amplitud de lo que estamos tratando de entender. Conceptos que en cualquier caso se muestran del todo eficaces a la hora de poner en evidencia los atributos de un país que convive día a día, y de manera aparentemente normal, con criterios y conductas francamente contradictorios, y que quedan especialmente puestos de relevancia cuando, por ejemplo, conviven en el mismo lugar, y en el mismo instante, elementos que por un lado subrayan la capacidad de entendimiento y negociación, a la vez que minutos después no les tiemble el pulso ni por un instante de cara a ordenar cargas policiales destinadas a mostrarse de forma contundente, para con aquéllos que por otra parte conforman la población a la que, al menos en principio, juraron defender.

Por eso, una vez asumida la importancia del personaje, y reconocida de todas todas la incapacidad para reconocer el contexto, es por lo que probamos suerte con el cúmulo que conforma la existencia del autor.

O mejor dicho, tal vez desde el mejor conocimiento del autor, podamos albergar la esperanza de acabar por conciliar nuestra predisposición con la albergada por nuestros hados, y lograr así, bien por equilibrio, o quizá por intuición, terminar por elucubrar de manera elaborada una suerte de paradoja que nos acerque en alguna medida a la verdad.

Pero como entonces, hoy es ya del todo imposible. La larga sombra de la leyenda, ha borrado ya todo atisbo de esperanza de cara a tropezar con un mero vestigio de la verdad. Como entonces, ya ni siquiera podemos afirmar sin riesgo a equivocarnos, si era la mano derecha, o por el contrario lo era la izquierda, la que contaba con la lesión prueba de un antecedente heroico.
Y es precisamente a a partir de tal conjetura, justo desde donde en cualquier otro país hubiesen comenzado los problemas, desde donde curiosamente para el caso español, no vienen sino a comenzar las soluciones. Porque tal y como anunciábamos, es a partir de ese preciso instante cuando el mito toma el relevo. Es así pues que, a partir de tal situación, ya no importará si verdad o mentira. Llegados a tal extremo, solo los que conozcan la verdad serán el último estorbo, pasando a convertirse en enemigos de la nueva verdad, cuando no en peligrosos antisistema empecinados en demoler los pilares sobre los que se sustenta todo lo que aparentemente conocíamos.

Será entonces cuando Rocinante, Doña Aldonza, el burro... Inicien despacio, apáticos y descarnados, el que bien podrá ser el último viaje. Un viaje a ninguna parte, destinado tan solo a averiguar si como se imaginan son en realidad personajes de una novela (aunque se trate de la mejor novela jamás escrita), o si por el contrario, y para su desgracia, son en realidad protagonistas de una suerte de realidad paralela, en la que por motivos que desconocemos no son efectivos ni los argumentos de la verdad, ni mucho menos las Reglas de Caballería.

Y llegados a tales extremos, ni siquiera la sombra lánguida, con atisbos de pétreo que emana de los molinos de viento, constituirá elemento al que aferrarse, cuando la verdadera sombra, la que acompaña a la certeza de que todas hieren, menos la última que mata, logre abrirse paso finalmente, poniendo con ello fin a mitos, recuerdos, certezas, e incluso a las calumnias.

Pero no olvidemos, que estamos en España. Será entonces cuando el sentido de la obligación, albergado por algunos, lleve al autor a reclamar a  Sancho los impuestos a devengar por el sueño que una vez tuvo, de ser Señor en una ínsula.



Luis Jonás VEGAS VELASCO.

lunes, 24 de marzo de 2014

LA PARTIDA DEL ÚLTIMO INGENIOSO HIDALGO.

Se nos ha marchado. Y lo ha hecho tal y como solo saben hacerlo los que tienen la extraña capacidad de darnos lo mejor que tienen, Aquello que los  posiciona como verdaderos artífices de la condición de humanidad. Los que se van haciendo gala del silencio, a saber, y a falta de mejor recurso, el mejor ejemplo de humildad.

Pero, antes de caer en el vano ejercicio de la vanagloria, citando más bien a Ortega y su famoso: ¡Dios nos libre del día de las alabanzas!, lo cierto es que, alejado en la medida de lo posible de cualquier tentación de frivolidad, y pasado ya el tiempo suficiente desde el que tuviera lugar el conocimiento del trágico desenlace de la enfermedad que durante años fue poco a poco, minando la vida de El Presidente; lo cierto es que llegado este preciso momento, necesito decir algunas cosas.

Somos un país complicado donde los haya. Acostumbrados al escepticismo  propio no del filósofo, sino rallando más cerca del albergado por el perro sarnoso que huye de toda presencia humana en un vano intento de salvar la pedrada o el palo; hacemos de nuestra Historia fuente de miserias más que de aprendizajes, constatando siempre el cómo se puede ser  un Imperio colmado de Historia, a la par que un Pueblo carente de recuerdos. Y un Pueblo carente de recuerdos es un Pueblo condenado a morir de amnesia.

Somos un país complicado donde los haya. Demasiado acostumbrado a reconciliarse con su enemigo, siempre que éste proceda del exterior, pero desconfiado del amigo, precisamente por ser tal la condición desde la que éste se expresa.

Somos, en definitiva, un país complicado donde los haya. Propenso como ningún otro a la envidia, veneno que envenena el alma, y que dispone los cuerpos de los que poco a poco contagia, para una batalla que nunca llega, porque en realidad ésta se desarrolla a diario en nuestro interior;  pero que no obstante deja, amparado en la acción del tiempo, su gran cómplice, centenares de cadáveres esparcidos por los barranco, taludes y, cómo no, por las cunetas.

Por eso, y sin duda por varios centenares de cosas más, nadie ha de sorprenderse si ya hoy, con el cadáver todavía caliente, algunos son los buitres que se rifan en macabra timba los restos del finado.

Porque más allá de su condición objetiva de Primer Presidente de la Era Democrática. Por encima de su condición y marcada categoría de Estadista, lo cierto es que se nos ha marchado alguien que, por encima de todo, veía agua allí donde otros solo veían desierto, siendo por ello capaz de ver un futuro para España, allí donde la mayoría, ¡qué paradoja! Tan solo acertaba a ver un futuro negro, lapidado cualquier atisbo de futuro por el miedo que provocaba la acumulación de niebla.

Se ha marchado el último Don Quijote. Y como el original, lo ha hecho no sin antes dejarnos una impronta forjada a base de regalarnos su capacidad  para ver horizontes más allá de donde otros solo veían muros insalvables. Lo ha hecho dándonos, como ya en su momento lo hiciera el original, convirtiendo en gesta lo que para otros no era sino una muestra de locura al fustigar a su particular Rocinante con la convicción de que no hay mayor muestra de responsabilidad que hacer todo lo que esté en manos de uno en pos de conseguir lo que otros no dudaron en declarar como imposible.

Se ha marchado el último Hidalgo. El que recorrió con prestancia firme los páramos vírgenes, aquéllos por los que ni la Democracia, ni prácticamente la Política bien entendida habían transitado por vez alguna, llevando la luz de la esperanza a los rincones y recovecos en los que viejas y nuevas alimañas se habían refugiados, temerosas, ahora ellas, de que les negaran el pan y la sal que antaño ellos sí les negaron a otros.

Ha muerto Adolfo Suárez González. Y al contrario de lo sucedido con Don Quijote, esperemos por nuestro bien que en este caso no hayan de ser las crónicas extranjeras las responsables de iluminarnos a tenor de la grandeza del que fue sin duda, uno de los más grandes.

Sin embargo, una circunstancia le aleja definitivamente de la figura del Hidalgo. La que se manifiesta de la constatación de que él, ha tenido la fortuna de morir sin recuperar la cordura.

Al menos así, todos los que hoy por hoy, y en vista de la situación de la España que nos han regalado, nos levantamos por la mañana implementando en nuestro quehacer diario la necesidad de ejercer de Sanchos, podemos acostarnos con la ilusión de que al menos tampoco hoy, nadie nos arrebatará nuestra ínsula.

Y afortunado no obstante él, que ha seguido convencido hasta el final de que no eran molinos, sino gigantes, aquéllos que con los brazos levantados venían, una vez más, corriendo hacia nosotros...

Luis Jonás VEGAS VELASCO.




martes, 11 de marzo de 2014

CUANDO ES EL NEGRO EL COLOR QUE REPRESENTA EL ABSOLUTO.

El absoluto del terror, el infinito miedo. La absoluta mediocridad, la incomprensible necesidad de la mentira. Es en definitiva el negro, el color de lo absoluto. Por ello hoy, diez años después parece imprescindible que para que unos blanqueen sus miserias, otros hayan de comenzar a sacrificar su por otro lado justificado derecho incluso a las rencillas. Rencillas a mi entender absolutamente justificadas, máxime cuando los diez años transcurridos no sirven sino para entender en muchos casos, lo incomprensible de muchas de las cosas que se han dicho, amparados de manera paradójica en otras que, siempre supuestamente, algunos han callado, cuando no maliciosamente silenciado.

Se justifica la presente reflexión en el largo proceso de maceración que desde primeras horas de hoy viene provocando en mi ánimo escuchar no tanto las continuas alusiones al X aniversario de la fatídica fecha, como sí de escuchar, una vez más, a Pilar MANJÓN. Son sus palabras una vez más motivación suficiente para hablar desde la más profunda de las admiraciones. Confieso que hablo de una de las pocas personas capaces de dejarme sin aliento, insisto, una vez más, cuando profundizando en la que sin duda debe ser una de las mayores expresiones del dolor que el Hombre puede conocer, y que se traduce en el hecho de enterrar a un hijo; no la impide, ni por un instante hilvanar no ya un discurso coherente, sino que lo hace convirtiendo de nuevo en grande el aforismo según el cual, las grandes cosas se dicen desde palabras pequeñas.

Es el suyo un discurso sereno, coherente. Lleno de verdad, y no por ello carente de emoción. Y es ahí donde gana en credibilidad, al ser capaz de aportar un plus de humanidad que sin duda, sirve para que logremos hacernos una lejana idea de la valía de una persona que, pese a haber sido golpeada de una manera violenta como pocos, sigue siendo capaz, a pesar de todo, de seguir insuflando ánimos, los cuales, quién sabe, seguro se traducen en auténticas ganas de vivir, para muchos.

Porque pequeño ha de ser, sin duda, el equipaje de aquél que sabe que ha de partir. Lo liviano de la sencillez, es el componente fundamental desde el que me atrevo a afirmar que la Sra. MANJÓN desarrolla su discurso. Y digo que de desarrolla, porque al igual que en otros lugares y ocasiones resulta sencillo diferenciar al orador que pronuncia, respecto del conferenciante que lee; el discurso de MANJÓN presenta una serie de características largas de enumerar aquí y ahora, pero que en el fondo todos conocemos, y cuya existencia todos constatamos cuando, como ocurre con la mayoría de las cosas importantes de la vida, nos damos de bruces con ellas.

Es el negro, insisto, el color del absoluto. Resultante de la acumulación de todos los colores, a medida que modificamos la longitud de onda de las luces que lo originan, vamos obteniendo, de manera natural, el resto de componentes de la gama de colores.
Puede ser por ello que, desde mi opinión, sea el negro el color que mejor describe la composición del Ser Humano; ya que solo el Hombre es capaz de albergar en su interior, en forma de potencialidad, todas y cada una de las capacidades que hemos conocido, conocemos, y sin duda seremos capaces de conocer; siendo cada uno en su proceso de vivir, el responsable de elegir no solo qué colores rechaza, dando con ello lugar al color que decide que finalmente ha de definirlo, dentro de los esquemas que estamos configurando.

Es por ello el negro, reitero, el color del absoluto. Del absoluto mal, que se alienta de manera imprescindible desde el absoluto que suponen en este caso toda forma de dogmatismo, de religión, y que alientan en este caso como ningún otro fenómeno al Ser Humano, para demostrar cómo, efectivamente, somos capaces de pintar paisajes llenos de luces acudiendo para ello tan solo a nuestro corazón, precisamente porque el mismo es igualmente capaz de albergar la más profunda de las oscuridades.
Un absoluto que solo resulta comprensible accediendo a la psique del criminal, o dando un rodeo, acudiendo a la filosofía de pensadores como Hanna ARENDT, la cual pese a ser una de las más grandes intelectuales del pasado siglo, autora de obras indescifrables tales como La banalidad del mal, se permite luego el lujo de caer en brazos de las teorías del que será su maestro y mentor, Martín HEIDEGGER el cual, como es sabido, abducido por HÍTLER, llegará a preguntar en el transcurso del juicio seguido contra EICHMANN, por la condición humana, sus contradicciones, la maldad como rutina.

Y así que, por más que la bondad innata de algunos seres, personificados en este caso en la forma y la figura de la Sra. MANJÓN, no han de despistarnos ni un solo minuto de la que a mi entender ha de ser a partir de ahora; cuando comprobamos la unificación de las víctimas, y tenemos juzgados a los responsables; la que ha de alentar con fuerza nuestra misión. A saber, evitar que muchos logren blanquear un pasado reciente, y muchas veces exitoso fraguado no obstante, como suele ser por otro lado propio en España, a costa del sufrimiento de semejantes.
Digo esto porque el ya mencionado EICHMANN llega también a teorizar entre otras cosas, en relación a lo que acontece cuando el mal se banaliza  porque está respaldado por el poder, por la ley, o sencillamente por el miedo que produce el temor a ser rechazado por la mayoría, o sencillamente porque se entiende como medio o instrumento en pos de alcanzar un fin superior. Cuando se extiende como una plaga, se cotidianiza, se diluye y finalmente, se mezcla hasta confundirse con la voluntad individual y los nobles instintos...

No pretendo obviamente erigirme, ni hoy, ni nunca, en salvador de la patria. Sin embargo no es menos cierto que, acudiendo a la constatación una vez más efectiva del que viene a suponer uno de los mayores males de España, a saber lo poco que nos queremos los españoles, lo cierto  que resulta comprobar cómo, de nuevo: “los hijos de la oscuridad, se aprovechan una vez más de los recursos que aquéllos que siempre se constituyeron como hijos de la luz.”

Me alejo así pues, para no sucumbir, a cualquier tentación en pos de sentirme más papista que el Papa, situación ésta que puede traducirse maliciosamente del hecho de que de mis palabras alguien extraiga esa desazón cuya ausencia precisamente celebro en el, no me canso de repetir, maravilloso discurso mantenido por la Sra. MANJÓN. A pesar de todo, no me duele prenda reconocer que, en lo más profundo de mí, en ese lugar al que solo llegamos cuando nos tocan muy hondo, me duele sobremanera que en España sigamos confundiendo el consabido derecho al resarcimiento, con negruras propias del afán de venganza.


LUIS JONÁS VEGAS VELASCO.


martes, 25 de febrero de 2014

DE CUANDO VERDADERAMENTE, PARECE QUE PARA ALGUNAS COSAS EL TIEMPO NO HA PASADO.

Sumido un día más en la paradoja en la que parece haberse convertido la vida, e inmerso por ende en el ejercicio diario que como tributo hay que pagar, en forma de hipocresía más o menos consciente; lo cierto es que he de confesar que, como tantos otros, hago uso y quién sabe si abuso del efecto cronología para, en este caso, redundar en el íntimo placer que se refiere de reencontrarse con Maestros como MACHADO.

Es así que, acudiendo a la glosa que del mismo hace en su momento uno de mis viejos profesores, no uno de tantos, pero sí otro de los que convirtió mi proceso formativo en una verdadera fortuna toda vez que supo insuflar en mí las escasas dosis de humildad que poseo, al convencerme mediante hechos de que de saber es de la única cosa de la que no te cansas, porque es como transitar por un pasillo cuya puerta final tan solo intuyes. Lo cierto es que, acudiendo como digo a aquella glosa, leo y casi cito la mención que al respecto de MACHADO hace, en los siguientes términos: “ Y es así que Machado conforma por convicción propia parte no ya parte de la Generación del 98, no tanto por disposición estética, afirmar tal hecho podría dar lugar a interpretaciones, sino que lo hace por compartir en su obra el sentir general de necesitar expresar de manera certera y manifiesta el desarrollo de un mundo diferente, a partir del cual, y por medio de un lenguaje refinado y elegante, lograr consolidar cuando menos la ilusión de un mundo lícito hacia el que tender, toda vez que (y aquí viene lo sorprendente) huir de la realidad que una crisis económica, histórica, pero sobre todo social, había convertido a España en un lugar irrespirable.”

¿Hace falta que lo traduzcamos? La verdad es que el desconcierto va dando, poco  a poco, eso sí, paso al desasosiego. ¿Cómo es posible que hechos acontecidos, a la para que en principio superados hace más de un siglo, sirvan en realidad para dar no ya explicación plausible, sino certeza preñada de razón, no tanto del mundo, como sí de la realidad en la que nos ha tocado vivir.

¿Acaso es que tan previsible resulta todo? Previsible, lamentable, patético. Lo cierto es que indiferente resulta a estas alturas el calificativo desde el que nos dispongamos a ensayar al respecto de tal hecho. Por rebuscadas que sean las estructuras, por exitosas que resulten las tesis al final, y como suele acontecer cuando se trafica con estos menesteres, lo cierto es que uno solo logra quedarse con la extraña sensación de que inexorablemente, alguien sabe algo que tú ignoras.

Así, cuando los MACHADO, UNAMUNO, BAROJA y compañía se dispusieron a cambiar el mundo, lo cierto es que lo hicieron desde la poderosa base de poder sublevarse contra algo sólido. Así, el ataque al Realismo del XIX que los mencionados propiciaron, y que en Europa venía reforzado por la acción de genios como PROUST, KAFKA, y otros que sin duda me dejo en el tintero, proporcionaba de partida una base más que sólida destinada a garantizar que, aunque fuera mediante la mera invocación de procedimientos de “reducción al absurdo”, lo cierto es que una mera incitación a la locura interpretada por cualquiera de los citados, presenta más visos de autoridad que cualquiera de cuantas declamaciones puedan hacer, hoy por hoy, nuestros más afamados autores.

Porque vivimos un presente ausente. Un presente que carece de visión de tiempo, en tanto que lo reduce todo a la sutil superación del instante. Vivimos pues no en la generación del eterno presente, (tal y como algunos se empeñan en afirmar, como si ello supusiera un conato de disculpa) sino más bien en la generación del no hay tiempo, porque no hay responsabilidad.

Responsabilidad, el eterno concepto, quién sabe si por formar parte del “Eterno Retorno”. La genial aportación del Maestro Alemán. Maestros, alemanes, españoles...europeos y adelantados a su época. Una época que, como hoy, expulsaba todo lo que no era capaz de digerir.

Se convierte así el tiempo en la metáfora perfecta de una digestión. Larga, pesada, insoportable a menudo (como un libro de HEGEL), pero que como en el caso de aquél, sirve para saber que no te irás a la cama sino más lleno de como te levantaste.
Una digestión en cualquier caso que, por meritoria que resulte, no sirve sino para comprender lo alejados que estamos, una vez más no ya de nuestra realidad, como sí de la verdadera realidad. Una verdadera realidad que solo podrá comenzar a ser intuida una vez que asumamos, ¡cómo no! La responsabilidad de ofrecer el respeto que se merecen opciones como la verdad, máxime cuando te exigen que la apliques a la realidad.

Llegados a este extremo, y como cansar es lo único que me preocupa, haré como los que sabiamente redundan su discusión no tanto en torno a las cuestiones filosóficas, ésas de las que como es sabido tanto disfruto, como sí más bien para retornar el discurso a la linde más procedimental, y volver la mirada, como hicieron otros, sobre si el nacimiento del Modernismo comparte o no fuentes con los movimientos simbolistas de raíz francesa toda vez que en ambos casos se persigue, cuando no se practica devota admiración, a los ideales destinados a cambiar la realidad, por la vivencia subjetiva que se hace desde la posición de los personajes.

En cualquier caso, entre Soledades y Campos de Castilla, bien cabe una vida. Tal vez la que va desde el MACHADO intimista que se conformaba con mostrarnos su mundo, hasta aquel otro que llegó a pensar que podía cambiar el mundo, llegando a ser sentencioso.


Luis Jonás VEGAS VELASCO.



martes, 18 de febrero de 2014

DEFINITIVAMENTE, PARECE UN POCO TARDE PARA EL ESTABLECIMIENTO DE CORTAFUEGOS.

Es por ello que en realidad resulte mucho más adecuado proceder directamente con la reinstauración definitiva en España de Las Hogueras. Pero no se equivoquen, no. No me refiero a aquella tradición tan maravillosa, estética, a la par que por qué habríamos de olvidarlo, práctica proposición; que en unos lugares de una manera, y en otros tal vez de otra, se denominaban en términos generales Luminarias.

Me estoy refiriendo, sin el menor atisbo de recato, y por supuesto sin el menor atisbo de pudor, a las auténticas hogueras. Aquéllas en las que los ascendientes directos de los hoy por hoy padres de derechos y democracias quemaban, unas veces libros, y otras, por qué ocultarlo, a sus autores.
Unas buenas hogueras, que vengan a sustituir a la ya en este mismo medio denunciada carencia de medios técnicos, o quién sabe si de los “reaños” para usarlo, y que motivó hace más de doscientos años que este país no pudiera librarse de las traídas y llevadas pestilencias propias de caballerías, pajares y estercoleros, las cuales luego procedieron a trasladarse a lugares más adecuados, entre los que pueden por ejemplo citarse las casas solariegas de ciertas “castellanas”, los cortijos de ciertos “señoritos andaluces” y por supuesto, los teatrillos y conventos desde los que una vez personajes como El Arcipreste de Hita hizo grande al injustamente denostado Mester de Clerecía. Lugares santos una vez, a los que hoy la actualidad ha de acudir por motivos mucho menos gratificantes.

Señoritos andaluces unos, los cuales, todo hay que decirlo, se toman la molestia de ir edulcorando su currículum, no sabemos si en beneficio propio, o sencillamente para hacer más aceptable el hecho de que, de manera ahora ya sí definitiva, nos toman abiertamente por gilipollas porque,  ¿cómo interpretar desde otra óptica el hecho de que no solo se vean en condiciones de ganar en Andalucía? Tan solo achacando sus derrotas pasadas al hecho de no haber sido capaces de hacer comprensible su mensaje de cara a los que siguen asumiendo que representan a los ya mentados, que no extintos Señoritos Andaluces. En definitiva, que nos toman por tontos.

Pero no es de Cortijos ni de Conventos de lo que hoy deseo hablar. Hoy me encuentro más motivado en pos de las grandes certezas que se encuentran apiñadas en los otrora rebosantes graneros (también de voto pepero) de las no por vetustas, menos atractivas Casas Solariegas de una Castilla, La Nueva antaño, hoy de La Mancha; desde la que una ingente a  la par que incesante (porque no para un instante) en su trajín diario: de Génova 13 a Moncloa, sin pasar por supuesto por el Parlamento Autonómico al que debe su Escaño, más que para votar por error una enmienda, o con menos error una modificación legislativa una implica un aumento de las suyas, aunque sin duda ya de por sí elevadas remuneraciones.

Es de esa señora, de Dª María Dolores de Cospedal, a la sazón otro cadáver político, en este caso el que le corresponde al Partido Popular, de quien me apetece en realidad hablar.
Una Sra. de Cospedal que hace tiempo que no anda, sino que más bien deambula, una vez que la larga, maratoniana y a la sazón siempre mortal Travesía del Desierto, ha comenzado definitivamente.
Lo que empezó como una epístola (porque al menos aparentaba contenido), ha terminado como un glosario (porque solo la decadencia es capaz de aportar un contexto mínimamente creíble.)
Allí donde algunos vieron una carrera destinada al éxito, otros no nos cansamos ni un instante en recordar que las tierras manchegas han sido para el Partido Popular, territorio propenso al experimento. ¿Tengo que recordarles a algunos el experimento A. Suárez junior?

Pero más allá de recuerdos, los cuales inexorablemente están ligados al pasado; prefiero hablar de presente, o mejor aún de futuro. Un futuro en para el que no solo no estamos preparados, sino que sin necesidad alguna de llevar a cabo ejercicios de política ficción, podemos llegar a comprender de manera tan sutil como gráfica que en Política nada es gratis.

Tal y como citara aquél otro, éste sí gran castellano, Alonso Quijano: “Recuerda Sancho, que no se mueve árbol sin la voluntad del Señor”, es sin duda desde la óptica desde la que podemos replantear la epistemología  que habrá de definir la manera mediante la que la ya aludida pronuncie sus últimos estertores. La pregunta no es ya si la susodicha está o no acabada. La cuestión pasa, hoy por hoy, por llevar a cabo no de manera certera, sino más bien con la suficiente antelación, el número y volumen de las piezas que derribará en su caída.

Es así que si las afirmaciones vertidas hasta el momento ya resultan severas, qué decir al respecto del grado que las mismas habrán de ocupar una vez nos hayamos tomado el tiempo suficiente para analizar la procedencia de las mismas. ¡El Partido Popular! ¡Los adalides de la Libertad! ¡Los salvadores de la Patria! ¿Qué digo salvadores? ¡Sus legítimos propietarios! Sumidos ahora en algo que es poco menos que una lucha sanguinaria (lo sería sin el menor género de dudas de estar produciéndose en cualquier otro partido) Digo esto porque como defensores del dogma católico, creen fervientemente en el poder revocador del Agua Bendita.

Y es así que son estos mismos señores, y como hemos dicho, señoras, los mismos que están dispuestos a incendiar España con tal de esconder tras el poder limpiador del fuego hechos como “El Caso Bárcenas”, a estas alturas ya descaradamente “Caso Partido Popular”; u otras consideraciones no por menos sucias, menos importantes, tales como  reformas legales como las que nos retrotraen a los años cincuenta, en donde ellos se mueven como pez en el agua.

Y luego se enfadan si cito a Jardiel Poncela, de cuya muerte se cumplen precisamente hoy sesenta y dos años; trayendo en este caso a colación la ingente obra “La Tournée de Dios”. En la misma, Dios decide fijar como lugar para proceder a su Segunda Venida, nada menos que España. Y como no podía ser de otra manera, será Madrid, concretamente  la colina donde radica La Cruz de los Caídos, el lugar expreso designado para tomar tierra. ¿Pueden acompañarme en el esfuerzo que supone hacernos a la idea de lo bien que quedarían las peinetas en algunas cabezas que hoy por hoy han sucumbido a la moda del moño?

De “La Hoguera” publicada en 1925, y en la que predice con éxito hechos que luego serán de famélica actualidad, mejor no hablamos.



Luis Jonás VEGAS VELASCO.

martes, 11 de febrero de 2014

CUANDO UN ÁRBOL CAE EN UN BOSQUE SOLITARIO, ¿HACE RUIDO?

En similares términos, obviamente con sus peculiaridades y por ende vicisitudes, cabría de ser expresada la que es expresión fehaciente de la serie de circunstancias que vienen rodeando el que ha pasado a ser “El Caso de los Borbones”.

El árbol caído en este caso ha sido, en contra de lo que pueda parecer, no tanto la Corona, como sí por el contrario el mito que le ha sido propio durante tantos y tantos años.
Tanto ha sido así, que de un tiempo a esta parte en España hemos pasado, rozando el límite de la impertinencia diría yo, a ver no ya el resurgir de grupúsculos pidiendo el armagedom (lo que vendría a ser la III República vamos); sino a escuchar de manera alta y clara a personalidades para nada sospechosas, como es el caso de conocidos editorialistas de ABC, llegar a preconizar la más que evidente necesidad de que LA INFANTA se retire a un discreto segundo plano renunciando, como es evidente, a todos sus derechos incluyendo, como es obvio, aquéllos que tienen que ver con la Sucesión.

En un país como el nuestro, en el que el patriotismo no es un concepto sino más bien una forma de vida (si bien muchos la traducen, cuando no la matizan encaramando “el toro y la flamenca” encima de la pantalla de plasma); lo cierto es que cada vez resulta más complicado lograr abstraerse de ciertos debates.
Y no porque los mismos sean complicados, ni mucho menos porque de la argumentación que pueda ser propia de los mismos se pueda derivar un potencial cambio de postura (al tratarse de temas tan cercanos a lo divino, lo cierto es que la tendencia al dogma impide cualquier tratamiento mínimamente serio de las cuestiones primordiales). El problema subyace en que, precisamente de denotar la imposibilidad de retrotraernos en el procedimiento, resulta  del todo imposible cualquier posibilidad de esperanza a la hora de llegar a un acuerdo.

Por ello y en esencia, sin llegar a KANT, no podemos ni debemos dejar pasar la oportunidad de volver a citar a MIRABHAUT el cual muy acertadamente vino a recordarnos en su obra “Derechos Naturales”, que: “...así este país (España), hace tiempo que perdió su ocasión de librarse de las pestilencias que emanan de sus establos, guillotinando a unos pocos de sus propios, librándose a su vez de la presión que suscita su excesiva dependencia del rigor que imponen por un lado las rígidas sotanas de unos, y los encorsetados uniformes de otros...”

Y es así no ya en un país como el nuestro, sino más bien debido a un tiempo como el que nos ha tocado vivir, que “la bailaora y el toro” han de hacer malabarismos sobre la cuerda floja en la que se ha convertido la delgada línea que supone la pantalla de plasma.
Es así que la metáfora que pasado y presente representan en tal consideración, se materializa ante nosotros haciendo estragos, no tanto por el calado de las consideraciones que de radicar en un país serio habrían de ser propias, como más bien de comprobar lo mal que una vez más en España llevamos aquello de las digestiones pesadas. Y es que resulta evidente que en un país en en el que desde lo de la “LA PEPA”, algunos no han vuelto a ver ni nieve, ni un verdadero atisbo de lealtad a cualquier cosa que escape a cuanto puedan ver desde su más que evidente miopía.

Pero si malas son las digestiones pesadas, qué decir del efecto de las velocidades excesivas. Es así España, todavía un Imperio. Se mueve pues, a su ritmo. De manera lenta, pero constante. Con rigor, pero sin azares. Que tiene su propia inercia vamos. Inercia que, volviendo a la paradoja, no  puede verse alterada, ni con toneladas de sal de frutas.
Y es así pues que, desde semejante tesitura, que podemos plantear el shock que para muchos supone el pasar de las Instituciones Inamovibles, al  tragicómico espectáculo de ver a Dª Cristina de Borbón imputada. Y todo cuando como digo, algunos siguen anclados en la ya para otros trasnochada etapa del “Juancarlismo”. Qué dudamos pues de la “Europa de las dos velocidades”, cuando en España somos un país de “dos etapas”.

Y es entonces que el empacho, es inevitable. No ya tanto por la inoperancia de los profesionales asignados al respecto, de la que tan abiertamente unos y otros han dado cumplida muestra para qué vamos a negarlo; como si más bien de algo que en emergencias conocemos como la indulgencia para aquéllos que manejan una situación para cuyo tratamiento no existen ni tan siquiera modelos de predicción.

Porque digamos lo que digamos, no voy a decir pese a quien pese porque tanto los que lo disfrutaron, como los que lo denostaron; pocos son a día de hoy los que nos acompañan; el modelo republicano poco o nada a significado para España. ¡Pero si hasta “tuvieron que salir corriendo” hasta Saboya en busca de un heredero porque una vez más las prisas de curas y militares se tradujeron en el esperpento que tumbó el primer ensayo!

Y es que ése, que no otro, es el espíritu que preside el ánimo de muchos de los que observan con sorpresa y no sin cierto pavor no tanto el espectáculo que da toda una Infanta de España; como sí más bien el hecho de presagiar que sus leyendas, que sus mitos, no solo no son ciertos, sino que son realmente falsos.

Constituye a menudo la verdad, la más increíble de las mentiras. Por ello, acudir hoy con un mínimo de respeto histórico al perfil de presente que atesora España, induce una sensación para la que, verdaderamente, hay que estar preparado.
Desde aquella Reina Costurera (a la sazón la esposa de aquél frustrado Rey secuestrado de su tierra en Saboya), hasta la mismísima María de las Mercedes del “dónde vas triste de tí” lo cierto es que nuestro país ha ido acumulando una serie no tanto de desaciertos, como sí más bien de incompetencias gestoras que tienen hoy por hoy su colofón, a la hora de ver a una Grande de España por excelencia no tanto sometida al escarnio público, como sí más bien provocando ella misma el derrubio de muchas de las instituciones que supuestamente juraron defender, máxime porque tal enconada defensa parece constituir la única justificación a su cada vez más complicada existencia.

Abogados que acaban en prisión. Fiscales que no acusan. Jueces que tienen que exiliarse para cantarnos las verdades del barquero, vienen a conformar una certera, a la par que tétrica radiografía de un país que inexorablemente llega a su fin, toda vez que las falacias, como las mentiras, tienen las patas muy cortas, de ahí que cada vez resulte más difícil mantener unidas las costuras de un entramado que hace años vio como expiraba la fecha de consumo aconsejado, sin que por ello unos ni otros se preocuparan por tomar medidas. Total... ¿Para qué? ¿Acaso Dios y la Monarquía no están unidos por el principio de eternidad?

Y es así, de manera similar al ataque de pánico con el que el niño se despierta tras una pesadilla, que nuestro país no ha terminado de despertar de su pesadilla. Una pesadilla que procede, como diría DESCARTES, de no ser capaz de diferenciar con precisión los estados omníricos, de aquéllos que son propios de  la vigilia.

La pena es que en este caso no habrá brazos reconfortantes de mamá que vengan a abrazarnos cuando la cruda realidad venga a cobrarse su tributo.



Luis Jonás VEGAS VELASCO.