martes, 7 de junio de 2016

EL PRESENTE VACUO. EN REALIDAD UNA RENUNCIA VINCULADA AL FUTURO.

Abrumados por los profetas de la sinrazón, postergados en nuestras catastrofistas reflexiones no ya tanto por los que postulan un desatino en lo que habrá de venir, como sí más bien por los que se empecinan en distraernos de nuestra primera y básica obligación, a saber la que pasa por saber transitable no tanto la travesía que habrá de venir, como sí más bien la que hace referencia a la superación de la corriente que ahora mismo amenaza con arrastrarnos con su impetuosa fuerza; es cuando al contrario de lo que parece ser lo comúnmente expuesto que yo voto por pararnos, valorar y, si no supone un esfuerzo demasiado grande (en realidad si no es así es porque no merecerá realmente la pena), reflexionar en pos de encontrar no tanto respuesta a lo que parece está por venir, sino más bien a lo que constituye ya en sí mismo una realidad clara y distinta. Pese a quien pese, hoy por hoy, la única realidad.

Inmerso en un proceso de permanente evolución, el Hombre Moderno, o por ser más concisos, la idea de que de sí mismo éste tiene, transita por un proceso que se inicia con su propia superación, para terminar alcanzando una suerte de clímax al que se llega cuando en principio no ya él mismo, sino más bien el análisis pormenorizado de las circunstancias en las que incurre su devenir, arrojan sobre él la conclusión de su preponderancia, amparada en una suerte de exclusiva consideración.

Abrumado entonces por abrumarse, el Hombre Moderno sufre una catarsis. Es entonces cuando, teniendo claro quién sabe si por primera vez la dirección en la que ha de encauzarse la búsqueda de sus principios, toma las primeras decisiones las cuales no por viscerales, apuntan a tener consecuencias menos estructurales.

Así que de manera parecida a cuando Saulo se cayó del caballo, la realidad, o al menos la interpretación que de la misma estamos capacitados para hacernos, surge de manera aparentemente clara y distinta, conciliando no tanto en torno a sí misma, cuando sí más bien en torno al especial modo de acceder a la misma; alimentando de manera evidente una suerte de consideración amparada en la especulación, que hará de la persecución del futuro no ya la más adecuada, a saber la única disposición hacia la que habrá de tender el Hombre.

Se suprime pues la conversación, para abandonarnos a los deseos. Se renuncia al valor absoluto de lo que es, para apostar por la inseguridad de aquello que puede, o no, llegar a ser. El presente queda reducido a un testimonio, el futuro es en sí mismo el único tiempo verbal en el que se permite conjugar la vida.

Así y solo así, desde las consideraciones propias de un mundo real, que parece más bien de Ciencia Ficción podemos, de alguna manera, aspirar no ya a vivir de manera coherente, lo que hoy resulta toda una utopía; como sí más bien a convertir en transitable un presente que está lleno de obstáculos, la mayoría de los cuales han sido puestos por los mismos que hoy aspiran, otra vez, a erigirse en los capitanes que habrán de llevar a puerto el barco en el que todos nos hallamos.

Y en medio de la chanza, como prueba máxima y a la sazón evidente de la perversión en la que nos encontramos instalados, la prestidigitación se abre paso como mecánica competente para desentrañar el último de los misterios, el destinado a explicarnos la última estafa. La que pasa por constatar como nos han robado el presente, a base de prometernos el futuro.

De la ilusión no como posibilidad premonitoria, sino como falacia especulativa.


Luis Jonás VEGAS VELASCO,

martes, 26 de abril de 2016

FELICIDADES, A QUIEN CORRESPONDA.

Referido a los últimos acontecimientos, y vinculado quién sabe si al debate que en muchas ocasiones se pone de manifiesto al tener que diferenciar entre lo justo, y lo verdaderamente adecuado; lo cierto es que a la vista de la necesidad de tener que decidir sobre la conveniencia o no de la ya a estas horas, nueva cita electoral, bien podríamos decir, sin ánimo de caer en lo superficial, que como Jack NICHOLSON le dice  Tom CRUISE en “Algunos Hombres Buenos”: “…Hoy puedes creer que tus actos son correctos, pero solo el tiempo demostrará el verdadero daño que le has inflingido a esta nación.”

Lejos de entrar siquiera de pasada en debates tales como si la nueva cita electoral constituirá o no en sí misma una muestra del éxito dentro de la larga y prometedora carrera en la que se encuentra inmerso nuestro “Modelo Democrático”, no me abstendré en absoluto de decir que por encima de otras consideraciones de carácter en sí mismo necesario, la clara consideración  contingencia a la que a partir de este momento habrá de enfrentarse el que muchos tienen ya asumido como un largo talante democrático, tan largo que como hemos de recordar no han dudado en exportarlo por todo el mundo, en ocasiones incluso por medio de las Fuerzas Armadas; ha sufrido hoy un más que duro revés.

Así, solo el tiempo podrá dilucidar no ya quién ha ganado, a lo sumo quién ha perdido menos, a partir de las consideraciones que necesariamente habrán de extraerse del hecho tal como es el de contrastar la veracidad de la que la realidad es mordaz resumen a saber, que después de cuatro meses sin Gobierno, y tras sufrir un más que largo, agotador proceso del que sin duda las más profundas estructuras del Estado acabarán por mostrar su deterioro en cuanto tengamos un instante para escucharlas; este país, o más concretamente sus representantes, se han mostrado no ya incapaces, yo diría mejor abiertamente inútiles, para llevar a cabo no ya su trabajo, a mi no me gusta reducirlo a tal; como sí más bien su función.

Es por ello que antes de pasar a las cuestiones de carácter más cuantitativo, como son las propias de buscar no ya culpables, sino abiertamente alguien sobre quien cebar las culpas; si que me gustaría llamar la atención sobre una cuestión que por abstracta, sin duda que pronto pasará desapercibida, toda vez que en la vorágine que seguro a partir de mañana se orquestará, ya nadie se pondrá en disposición de valorar.
Esa cuestión no es otra que la que parte de tratar no ya de averiguar, a lo sumo de percibir, la magnitud del daño que se le ha causado al sueño de modelo de estado sobre el que muchos depositan todas sus esperanzas, en tanto que de verdad, llevan años creyendo firmemente que de verdad es éste un país moderno, verdaderamente asentado sobre sólidas estructuras democráticas, de las cuales ciertamente cabe esperar serán capaces por sí solas de articular toda suerte de procederes destinadas, como buen analgésico, a paliar cualquier dolor procedente de algún traumatismo inducido por los malos, en alguna muestra de sus continuos ataques.

Será precisamente a esos, mis queridos políticos, a los que habréis de dirigir la mirada sin tardar mucho, probablemente a partir de mañana mismo, una vez vuestra ceguera mercantilista os ponga ya en modo electoral, y tal disposición se traduzca en la superación de los mensajes de frustración hasta hace unas horas imbricados, para pasar, sin solución de continuidad, a los mensajes/falacia a los que para nuestra desgracia nos tenéis acostumbrados.

Porque muy probablemente lo que subyace a esa condición de costumbre en la que digo navega la voluntad del electorado, sea precisamente el hecho de que entre mentira y mentira habrían de discurrir, al menos hasta ahora, cuatro largos años. Sin embargo, en este caso, apenas habrán transcurrido seis meses.
Una cuestión se presenta entonces como única consideración inquisitiva, la que pasa por verificar quién de los implicados será más rápido a la hora en este caso no tanto de promover sus promesas, como sí de borrar sus huellas.
¿Cuánto tiempo le llevará a Pablo IGLESIAS borrar los efectos de la cal?
¿Será capaz el Sr. SÁNCHEZ de salir indemne de la infección programática a la que le ha conducido sin duda el revolcón dado con CIUDADANOS?
¿Cómo llevará el Sr, RIVERA pasar del posado en pelotas, a tener por fin que claudicar al traje y la corbata, sin duda azules?
Del Sr. GARZÓN ni hablo. Observo solo como se diluye…

Y en medio de todo, y lo peor de todo, que ejerciendo de convidados de piedra, la población española; asistiendo en silencio, por incredulidad más que por convicción, a un espectáculo que no por esperado, resulta menos patético.
Un espectáculo que, no lo dudemos, tendrá consecuencias. Unas consecuencias cuya magnitud, o por ser más exactos, por el contraste que se da entre esa magnitud, y la laxitud de los protagonistas, a saber nuestros políticos, solo podrá ser asumida que no medida, cuando el paso del tiempo revierta sobre nosotros, como el mal con los cadáveres, todas las consecuencias de carácter estructural.

Porque si de algo no debemos olvidarnos, es de que así como la Política es el reflejo de una Sociedad, aquéllos llamados a representarnos en el ejercicio de la misma, son por procedimiento nuestro reflejo. Por ello su fracaso es nuestro fracaso, no el de la Política, pues ésta, como abstracción, resulta inabarcable, sobre todo para agredirla con semejante menosprecio.

Preguntémonos pues qué hemos podido hacer para merecer no ya una representación tan mediocre, como sí más bien tan alienada, carácter que adquiere toda su dimensión si lo asumimos desde el punto de vista del evidente distanciamiento que actualmente existe entre el político, y la realidad de la calle a la que no lo olvidemos, en algún momento creyó representar.

Veamos qué podemos responder a tamaña cuestión, y decidamos después si nuestro papel en el espectáculo es como pensamos de meros espectadores, o por el contrario estamos dentro del listado de personajes principales.


Luis Jonás VEGAS VELASCO.


martes, 5 de abril de 2016

ESPAÑA UN PAÍS GENEROSO.

Es España, sin duda, un país generoso. No ya la frase, probablemente ni la opinión, son en el fondo mías. No ya responden, son extracción directa, de una entrevista que en su momento Dª. Pilar DE BORBÓN concedió a Antena 3 Televisión.

Corrían sin duda otros tiempos. Tiempos en los que no ya D. Juan Carlos, sino más bien la Corona, se sentían intocables. Eran aquellos tiempos en los que todos creíamos volar, aunque luego la realidad se encargara de demostrar que solo unos pocos volaban más alto y más lejos que otros. Tiempos en los que en mayor medida, muchos eran los que se conducían como auténticos pájaros.

Pero nuestro aquí y nuestro ahora, más que haber cambiado, no hace sino poner de manifiesto lo mucho que nos perturba el no haber sido partícipes a título personal de las esencias que tras ese cambio se oculta. Así, el deseo de ser palomas ha evolucionado hacia la voluntad de ser halcones. Y al final nos despertamos con la resaca que depara el saber que no somos, a lo sumo, más que meros y soeces buitres.

Amanezco pues con nada más que con el baño de realidad que la actualidad me depara, y es que me encuentro arrinconado con el recurrente deseo que acudir al nihilismo me  produce cuando veo a la Infanta mayor (sí, el todavía hoy Rey honorífico también tiene hermanas, y por cierto, tenía hermano), decir que efectivamente, España es un país generoso. Así cuando le pides, da.
Se trataba sin duda, de otros tiempos. Los tiempos en los que si bien España como institución aún recordaba las pesadillas con las que su Historia le atormentaba por las noches; los españoles parecían haber firmado un pacto no ya de silencio, más exacto sería decir de ficción pues las bases en las que el mismo se sustentaban parecían arte y objeto del guionista de Juego de Tronos.
Y como parte especialmente vinculante de tamaña ficción, la relación que cada español mantenía no ya con su institución, cabría mejor decir con su Rey, resultaba especialmente vinculante.

Hablo de aquellos tiempos que se resumían en el conocido lema: “España puede que no sea monárquica, pero es sin duda Juancarlista”.

Es por ello que una vez caído hoy por hoy el telón, el velo que algunos dirían, que han quedado desvelados muchos, por no decir todos, de los espectáculos que durante años han acompañado a nuestra Historia. Espectáculos de los que en su mayor parte no es que sean responsables sus auténticos protagonistas en tanto que agentes activos; como sí más bien lo hemos sido quienes lo hemos permitido, o en mayor o menor medida consentido, toda vez que con el silencio cómplice lo hemos justificado.

Porque si en algo tenía razón el otro día la Infanta era, precisamente, en lo generosos que los españoles hemos sido con Los Borbones.
Generosos en este caso, no tanto en relación a lo que les hemos dado, como sí más bien diría yo en lo que hemos preferido guardarnos. Porque curiosamente si de algo podemos estar orgullosos los españoles en lo que concierne a nuestra relación para con la Institución Monárquica, ése algo no estriba precisamente en lo que les hemos dado, pues todo aquello que pensaba les pertenecía, se apropiaban ellos de motu propio. Habrá pues que buscar el motivo de nuestro orgullo precisamente en lo que nos hemos contenido, en lo que hemos preferido guardarnos.

Por ello, Dª Pilar, fíjese si somos generosos en España que, como ya hicimos con la familia del Dictador, no solo no consideramos necesaria su expulsión, sino que más bien, quién sabe si como castigo, obligamos a todos sus integrantes a imbuirse en el seno de la chusma, obligándoles a confundirse  con la esencia de todos aquellos a los que durante decenios despreciaron; participando, aunque solo fuera de oídas y por un instante, de las emociones vitales que conforman el devenir de los que estaban llamados a ser, como mucho, Siervos de la Gleba.

Por ello hoy, Dª Pilar, asistimos a un espectáculo tan bochornoso, que ni tan siquiera de su debatirse puede extraerse ni promesa de satisfacción. Así, la abdicación no es que removiera conciencias, más bien puso de manifiesto que de tales no andábamos lo que se dice muy sobrados. Así, D. Juan Carlos y sus acciones, y quién sabe si sus dejaciones, mataron al Juancarlismo.

Por ello, Dª Pilar, que usted espere poder ocultar las miserias que personifica, y que precisamente por su cargo a usted sola no pertenecen, no hace sino poner de manifiesto lo generoso que efectivamente es este país. Un país que ha pasado de no dejar al heredero casarse con la hija de una divorciada, a presenciar hoy mismo como una Reina, divorciada ella, se pone en ridículo al montar una escenita a un vasallo que no solo no le estaba sacando una foto, sino que ni siquiera le estaba prestando la ¿debida atención?

Por ello fíjense si somos generosos, que les dejamos seguir, haciendo buenos a sus antepasados, a la vista de la calidad de los actos de los actuales.


Luis Jonás VEGAS VELASCO.

jueves, 24 de marzo de 2016

ESTAMOS NUEVAMENTE A OSCURAS.

Vivimos en un mundo en silencio, a pesar de que ahora más que nunca, sobran motivos para gritar. Vivimos en un mundo a oscuras, precisamente ahora que pensamos nos envuelve la luz. Vivimos en un mundo que no vive, precisamente ahora que creemos firmemente estar rodeados de vida por todas partes.

Entonces, una única pregunta parece no ya emerger, como sí más bien atrapar a todas cuantas podamos llegar a hacernos: ¿En qué medida estamos realmente vivos?

En un aquí y en un ahora imperturbables; en tanto que nunca como ahora el Hombre se ha creído dueño de sí mismo, lo único que paradójicamente parece envolvernos a todos es la única certeza que no subyace sino en la sempiterna duda, la que se esconde tras la problemática que supone llegar a averiguar en vida si realmente se ha vivido, si se ha vivido correctamente.
Mas  esa respuesta, tal y como suele ocurrir con la mayoría de las cosas realmente importantes, nos está vedada. O tal vez por ser más precisos, habría que señalar la imposibilidad de llegar a ella por medios propios es decir, por uno mismo. Más bien al contrario, el valiente que desarrolle la osadía de plantearse abiertamente la cuestión, habrá de seguir profundizando en la oscuridad propia de los caminos insondables, para terminar por concluir que los actos no son, en tanto que no producen; y la capacidad para valorar la adecuación de lo producido es algo siempre exógeno al agente instigador. Por ello, la capacidad para valorar convenientemente los actos es algo que se encuentra siempre en los demás.

Construimos pues un código de actos, y de la comparación que establecemos entre éstos, y el más parecido a nuestra acción, extraemos una suerte de paralelismo dentro del cual iniciamos la burda ilusión de pensar que efectivamente podemos llegar a considerar por nosotros mismos la valía de un acto que efectivamente ha sido llevado a cabo por nosotros mismos.

En la constatación de ésta, y de otras parecidas aberraciones, se basa el principio por el que podemos definitivamente aceptar la prescripción definitiva de los parámetros en los que hasta relativamente poco se asentaba la certeza en base a la cual vivíamos en lo que podría haberse denominado el Gran Momento de la Historia.

Sin embargo, ha sido dejar que el Hombre tomara conciencia de tal hecho, y comprobar sin el menor género de dudas el inicio de una alocada carrera cuyo destino parece ser, ahora más que nunca, lograr de manera rápida, y con la mayor eficacia posible, la total y absoluta destrucción del Ser Humano.

Lograr la absoluta erradicación del Ser Humano. ¿Acaso alguien duda de que solo el propio Ser Humano es hoy por hoy el dotado para lograrlo?

Desde los ancestrales tiempos en los que iniciamos el camino pasando De el Mito al Logos; hasta el día en el que Copérnico renunció a la publicación de su Obra porque hubo de reconocer que No es el orden sino la presunción de la ausencia del Caos, y tal hecho es por naturaleza ajeno al Hombre; múltiples han sido los procesos a los que el Hombre se ha sometido, ya fuera de manera consciente o inconsciente. Pero todos ellos tenían un denominador común, el que pasaba por aceptar la predisposición para aceptar el error, inmersa la tal predisposición en la certeza inconsciente de que siempre habría un mañana, identificando como tal el tiempo y el espacio destinado a erigirse en el nuevo escenario a partir del cual sería posible llevar a cabo la reconstrucción de un nuevo devenir.

Sin embargo, si algo define con precisión la postura desde la que se puede identificar cómodamente a cualquier individuo del Siglo XX, postura que se ha agudizado en este principio del Siglo XXI, es la que pasa por constatar hasta qué punto el Hombre se ha creído cada vez más cerca de la Verdad. Y esta ¿certeza? ha redundado en una pérdida de humildad cuya máxima revisión pasa por la no aceptación del error como una opción. De ahí que no haya espacio para las segundas oportunidades.

Conciliamos con ello poco a poco la respuesta a la mayor de las preguntas que hoy podemos hacernos: ¿Por qué al Hombre Actual le cuesta tanto vivir con sus semejantes? Tal vez porque realmente cada vez estamos más lejos de considerar al otro como nuestro verdadero semejante.

¡Pero tal consideración es absurda! Dirán ahora muchos. Y una visión del mundo actual no parecerá sino darles la razón. Sin embargo bastará retornar de nuevo con esa misma visión, bastará con darle un poco más de perspectiva, para comprobar hasta qué punto nunca como ahora hemos sido tan conscientes, y lo que es peor, nos hemos esforzado tanto, en poner de manifiesto esas que hemos llamado pequeñas diferencias, que en realidad nos resultan imprescindibles no tanto para diferenciarnos de los demás, como sí más bien para podernos recordar a nosotros mismos cada día quiénes somos realmente.

Instalamos pues en el reconocimiento de la diferencia la identificación de nuestra esencia. Lo hicimos primero cuando comenzamos a decir quiénes somos, partiendo precisamente de las diferencias que encontramos para con el resto de animales. Asentamos así pues nuestra identidad, y cuando el espacio que este concepto ocupaba fue demasiado extenso, toda vez que dejó de encontrar satisfacción postergando su actividad respecto de los animales; fue cuando comenzó a devorar a su creador, pues pronto las diferencias que permiten erigir la esencia de la identidad dejaron de surgir de la comparación entre los animales y el Hombre, para pasar a estar entre los Hombres “en tanto que tal”.

A partir de ahí, el camino ya no es que sea sencillo de identificar, es que se transita por sí mismo. Aceptada la alusión a la diferencia, comienza de manera inexorable la categorización de los sujetos adscritos a la acción proclive a la misma. ¿Cómo? Acudiendo ahora de manera más soez que nunca a esa Tabla de clasificación antes mencionada. Una tabla de clasificación que denominaremos Moral, o antes incluso Religión, en un vano intento de envolver en perfume lo que de por sí no expele sino el fétido aroma en el que es fácilmente reconocible la corrupción.
Porque de eso se trata, de la pestilencia de la corrupción. Una corrupción que realmente lleva largo tiempo inmersa en nosotros, en tanto que dio sus primeros pasos al abrigo de los nuestros. Una corrupción que por ser plenamente identificable en nosotros, hace imposible la ubicación siquiera excepcional de un solo hombre del todo libre de la misma, pues la mera aceptación de la carencia de humildad, hecho implícito en la misma acción, implica ya corrupción como tal.

A partir de ahí, las conclusiones son evidentes. El aquí y el ahora que al menos en apariencia, nos ha tocado vivir; lleva aparejado una suerte de desinencia que manifiesta su disconformidad en la permanente puesta de manifiesto de procederes del todo inconexos, cuando no abiertamente incoherentes; el mayor de todos los cuales parece resumirse en una frase: ¿Por qué si precisamente parece que vivimos en el mejor de los momentos posibles, la certeza nos demuestra que el Hombre no ha sido nunca más infeliz que ahora?

Como es de suponer, no tenemos respuesta a tamaña cuestión. Lo único de lo que estamos seguros es de que una vez más, el tiempo se nos acaba. ¿Por qué? Pues porque de constatar por la experiencia que la Historia nos proporciona que el Hombre ha retomado la senda de la autodestrucción por la que en anteriores ocasiones ya ha transitado; lo que en este caso hace más llamativo ese tránsito es la certeza de que hoy como nunca antes el Hombre ha dispuesto de la capacidad de destrucción suficiente como para lograr la en principio deseada aniquilación de su propio ser, comenzando por su propia identidad.

A partir de ahí, habría que reconsiderar la cuestión: ¿En qué medida no estamos realmente muertos?


Luis Jonás VEGAS VELASCO.


martes, 1 de marzo de 2016

CUANDO ACEPTAMOS QUE NO HA GANADO NADIE…

Asumimos entonces que hemos perdido todos.

Aceptémoslo, en esta sociedad neoliberal, en la que todo es postureno cuando no chovinismo;  nada puede sonar más tétrico, o si se prefiere más lamentable, de lo que ha hecho el discurso de ¿investidura? Pronunciado hoy por el Sr. Sánchez.

Así como sonaba el florero de mamá al romperse, en los tiempos en los que todavía creías podías esconderte detrás de las vanas excusas. Así como sonó el primer retrovisor de coche que sucumbió ante aquel terrible balonazo destinado a convertirte quién sabe si en máximo realizador de la liga de primera división; así ha sonado el discurso del Sr. Sánchez.
Sin embargo, lo cierto es que pecaría de injusto en el caso de seguir empecinado en comparar aquel tremendo zurdazo, con la farsa de tiro con marcado efecto a la derecha  en la que unos y otros se han empeñado en convertir el espectáculo al que hemos asistido en la tarde de hoy.

Alguien dijo que aceptar una injusticia era como hacerles trampas al destino. Asumiendo que el destino puede ser el resultado de responder de manera ordenada a la suerte de preguntas que la realidad te impone; bien podríamos decir que lo de hoy no ha sido sino la conculcación no ya de una serie de normas y valores (lo cual podría resultar hasta excitante en la medida en que podría suponer el principio de una suerte de revolución), sino la consagración definitiva de algo que algunos llevan tiempo anunciando. Algo en cualquier caso mucho menos Romántico, mucho menos Noble.

Escuchar hoy el monólogo al que la ordenación de procederes ha tenido a bien reducir el Debate de Investidura da lugar, o al menos debería hacerlo, a muchas conclusiones. Una de ellas, no sé si la primera, pero tal vez sí la más importante, ha de pasar necesariamente por la constatación de que ya definitivamente, tal y como nuestros representantes nos demuestran, parece normalmente aceptado el hecho de que definitivamente hemos cambiado el modelo desde el que damos validez cuando no importancia, a las cosas.
Semejante cambio, implementado obviamente a partir de la aceptación de que el anterior modelo ha sido superado, cuando no ha fracasado directamente; se muestra ante nosotros de manera clara y distinta precisamente a partir de la toma en consideración de algunas de las cosas dichas, cuando no mencionadas por el Sr. Sánchez.

Así, haciendo buenas las afirmaciones que aquí llevamos tiempo vertiendo, la certeza de que la Ideología es un fenómeno que en Política es exigible tan solo a los militantes, para los cuales se erige en refugio; en tanto que para los representantes y líderes la exigencia de tal Ideología, lo que convencionalmente se resume en coherencia, acaba dando lugar a un obstáculo tan grande que acaba por convertirse en insuperable; es algo que hoy ha quedado netamente patente.

Porque entre metáforas culinarias, guiños al destino (el cual hoy ha tenido a bien personarse bajo la forma de alguna sonrisa sardónica); y ostensible citas con el futuro reducido éste a una semana; lo que el Sr. Sánchez ha deslizado no es sino una bomba de relojería. Una bomba de relojería cuyo detonador pasa por aceptar que, efectivamente, la sostenibilidad de la Ideología no es sino el principio del fin.

Desde la luz que proporciona esta nueva perspectiva, afirmaciones como las emitidas por el Sr. Sánchez en base a las cuales ·”resulta comprensible hoy en día que la Economía determine la Política…” adquieren visos no ya de ser comprensibles, sino que yendo si cabe un poco más allá, nos permiten incluso hacernos una idea de quién es verdaderamente el Sr. Sánchez. O por ser más justos tal vez sería más adecuado decir que afirmaciones como éstas nos permiten saber con mayor certeza en qué lugar de la Política moderna se encuentra hoy el Sr. Sánchez.

Que nadie se confunda, decir esto no significa, ni remotamente, que el discurso pronunciado hoy por el Sr. Sánchez haya de servir ni para describir política alguna, ni mucho menos para orientar ningún cambio en la misma que pueda optar en convertirse en algo digamos remotamente digno de ser tenido en consideración.

Más bien al contrario, el discurso que hoy ha pronunciado el Sr. Sánchez ha sonado más bien a epitafio. Un epitafio que habrá de identificar la tumba no ya de una Política, cuando sí más bien de un Sistema. Porque solo desde la comprensión de la frustración que embargaba hoy al Sr. Sánchez, podríamos llegar  a intuir siquiera vagamente la dramática certeza de la que el se cree único conocedor. Una certeza que pasa por asumir que tanto lo cánones como por supuesto los esquemas que hasta el momento se habían mostrado eficaces para interpretar la realidad, se revelan ahora como absolutamente inútiles.

Llegados a este momento, en el que las pinturas que decoran los pasillos otrora tan transitados hoy ya no nos son reconocibles. En un momento en el que incluso los espejos parecen haber iniciado un cruel sueño, toda vez que no nos reconocemos en la imagen que nos devuelven;  es cuando de manera tan instantánea como dramática, topamos con la cruel realidad. Una realidad que pasa por asumir, ya no vale con constatar, que los tiempos del cambiemos unas pocas cosas para que al final no cambie nada; ya no es que no sirva, es que caer en ello como recurso conlleva tu inmediata expulsión de la partida.

Os tratáis pues, Sr, de un jugador viejo. Tal vez vuestra edad apunte lo contrario, mas vuestras formas os delatan. Y las formas son en Política, como ha quedado ahora de manifiesto, algo más que un ingrediente.

Por ello, tal vez por ello, que ni una sola vez os he llamado Candidato a la Presidencia. A lo sumo, Sr. Sánchez.


Luis Jonás VEGAS VELASCO.

martes, 2 de febrero de 2016

DE CUANDO UNA VEZ MÁS, NOS HAN QUITADO MÁS DE LO QUE REALMENTE NOS HAN DADO.

Aplicado sobradamente el catalizador de perspectiva en el que muy a menudo o casi siempre se convierte el Tiempo, lo que se traduce en que tal y como ocurría en nuestra infancia, he dejado pasar más de dos horas entre la comida y el baño; lo cierto es que como ya por entonces pasaba, la realidad se impone, y vengo a constatar que ni para lo uno ni para lo otro, el tiempo es en sí mismo solución.
Por ello que retomando la línea en este caso tan procedimental como semántica, vengo a poner de manifiesto como en tantas otras ocasiones lo que no viene a ser sino mi opinión; una opinión que no necesita ser escuchada, una opinión que no aspira a ser participada. En definitiva una opinión que, como suele ocurrir en la mayoría de ocasiones, viene a poner de manifiesto muchas, quizá demasiadas cosas, atinentes no solo al tema sobre el que específicamente ésta se vierte, sino más ampliamente en relación a la forma de pensar en general de aquél que lo escribe. ¿Significa tamaña apreciación que ha llegado la hora de los valientes? En absoluto, en vista de lo que ocurre, pero sobre todo en vista de cómo ocurre, lo que creo llegado es el final de el tiempo de los cobardes.
Por todo ello, cuando esta tarde me topo con la noticia en forma de rueda de prensan del Sr. Pedro Sánchez por la que como digo tomo conciencia de que Felipe VI ha cedido, y encarga finalmente formar Gobierno en la persona del ya mencionado Sr. Sánchez; muchas por no decir innumerables son las sensaciones que acuden a mi mente. Y lo peor de todo, que se resumen en una sensación que como tal, escapa al ejercicio de la Razón. La sensación de que nos han robado.
Llegado este momento, confieso que me cuesta horrores no ya hacerme a la idea, tan siquiera imaginarme, el escenario conceptual desde el que el adalid de lo patrio plantaba no ya su convicción, en este caso creo más acertado decir su cuajo, y por segunda vez en menos de dos semanas dejaba plantado al Jefe del Estado, que se quedaba de nuevo solo en el uso y ejercicio de sus convicciones.
Cuando hoy Mariano Rajoy ha ido a Palacio, no ha ido a entrevistarse con el Rey de España. Ha ido seria y conscientemente a reírse de todos los españoles. Y lo que es peor, Felipe VI se lo ha permitido.
Por todo ello, hoy creo hallarme en el uso no solo del derecho, como sí más bien de la convicción, de que efectivamente hoy los españoles hemos sido convocados para ser víctimas de un hurto. ¿Qué por qué de un hurto y no de un robo? Porque una de las diferencias semánticas entre lo uno y lo otro pasa por saber que para ser objeto de un robo, hay que ser consciente al menos de la valía de lo que te ha sido robado. Y si algo tengo claro llegado este momento, es que en España somos incapaces de hacernos siquiera una idea del valor en términos de responsabilidad que tienen tanto las acciones, como en este caso las omisiones, que quedan inexorablemente vinculadas al hecho de aceptar o no determinados encargos o nombramientos.
Por ello, cuando como digo esta noche me entero no ya de que Rajoy ha renunciado, sino de que El Rey ha declinado designarle, una oleada de indignación ha recorrido mi cuerpo. Una oleada comparable tan solo a la que te recorre cuando como decía, eres consciente de que has sido víctima de un hurto.
¿Qué es lo que nos han hurtado? Sencillamente el derecho a ver cómo las nefastas políticas desarrolladas por el Partido Popular, o más concretamente los efectos que éstas han causado en la mayoría de la población de este país, se confabulaban para arrojar definitivamente a la diáspora a un presidente que, a estas alturas, es incapaz de entender que el pasado 20 de diciembre, más que votar lo que queremos, los españoles coincidimos en una amplia mayoría para decir lo que no queríamos.
Por eso creo que hoy Felipe VI nos ha hecho un flaco favor, impidiéndonos que el que sin duda es un nuevo ciclo, continuara con el devenir que parece le ha sido encomendado, regalándonos el por qué no decirlo, grato placer de inaugurar el fenómeno de ver al primer aspirante a presidente que pierde su debate de investidura.
Como digo, es algo que no ha ocurrido con anterioridad. Por ello nadie podrá sinceramente decirme que me equivoco si digo que muy probablemente Mariano Rajoy no hubiera podido reponerse de tamaño varapalo. ¿Podemos estar pues detrás de una suerte de maniobra de protección?
De ser así, España dejará de estar gobernado por un mediocre probado, para pasar a estarlo por un zorro en potencia. Dicho de otra manera, al salir hoy impune, Mariano Rajoy se reserva una segunda opción. La que ‘pasa por esperar nada más y nada menos que al descalabro de las opciones de gobierno de Pedro Sánchez (opción ésta dicho sea de paso más que probable al albor de la Aritmética, así como de ciertas declaraciones), sea el propio Rajoy el que desde una posición no solo inimaginable, tal vez incluso inmejorable, a la hora de envolverse en la bandera y erigirse otra vez en salvador de la Patria, decida jugar entonces sí la baza de gobernar. Él no ha renunciado a tal opción, recordemos que sigue presidiendo la que ha sido la opción más votada.
De ser así, de tener que enfrentarnos una vez más con la terrible certeza de constatar que nos han tomado el pelo; este país, o por ser más exactos aquéllos que del mismo formamos parte, deberíamos comenzar a pensar el grado de connivencia que pensamos practicar con los que una vez más se muestran empeñados no ya en decirnos que seguimos siendo menores de edad, empeñados además por medio de sus actos en demostrárnoslo.
¿Estamos siendo testigos de la segunda vez en la que los españoles nos topamos con la verdadera respuesta a la pregunta de para qué sirve realmente la Corona?


Luis Jonás VEGAS VELASCO.

martes, 12 de enero de 2016

DE PÁTIMAS, PELAJES Y ¿CÓMO NO? DE OTRAS FACHA”DAS”.

Decía NOVARA, el aspirante a conspirador que se movía en, o más bien contra, la “Corte” de los emergentes el la incipiente Italia de un más incipiente Renacimiento; que efectivamente podríamos definir el hecho de haber caído en desgracia una vez que pudiéramos constatar con absoluta certeza que el vínculo que une todas las cosas se ha roto, y si tal cosa ocurriera no dudéis ni por un instante que es por voluntad de Dios.

Enterrado Novara, y con ello sus especulaciones astronómicas con las que quiso poner coto a Ptolomeo, una vez desaparecidas sus elucubraciones con las que deseó poner coto al mismísimo Sumo Pontífice de Roma, anticipándose con ello al proceso que terminaría con inmolar a todo aquel que osara tomar parte en los procesos destinados a designar a ser una de las personas más poderosas del mundo conocido, tal y como se denota de ser encumbrado a los altares de la tierra como máximo exponente y dignatario del Sacro Imperio Romano Germánico; lo cierto es que lo vislumbrado por aquellos bellos conspiradores, entre los que cómo no, se hallaba un poeta, era el flagrante peligro que para las personas de bien suponían no tanto las instituciones por entonces aún incipientes, como sí más bien la acumulación de poder que de las mismas se difería.

En un presente, el nuestro, en el que si difícil resulta ubicar a Novara, qué decir de Luca Guarico (el poeta); un ejercicio de humildad requeriría el constatar no ya en la astronomía ni en la lírica, sino en la política, la certeza de las palabras que por entonces ya sancionaron el devenir de unos tiempos cuya realidad, hermética para una mayoría, no hacía sino moverse por derroteros netamente previsibles para otros, tal y como una vez más ha quedado suficientemente demostrado.

Caen pues de nuevo los mitos y, de parecida manera a como sucede en la mañana de año nuevo, cuando el anfitrión de la fiesta ha de enfrentarse a la ímproba labor de recoger y deshacerse de los restos dejados por la orgía de la noche anterior; así es como la nueva falacia datada en lo que va a hacer ahora cuarenta años, revela poco a poco no tanto sus puntos flacos, como sí más bien los vacíos multidisciplinares; síntomas a su vez de la operación fallida que ha resultado ser la España supuestamente constituida a partir de aquella cada vez más evidentemente fallida transición.

Porque al igual que una herida mal curada supura, así como una fractura mal colocada funde en falso; así es como este país tiene que empezar a asumir que lo que llevan años vendiéndonos como un supuesto cuento de hadas, se parece en realidad más a un episodio de la saga de Freddy.

Puestos a hacer un análisis de lo que han supuesto los últimos cuarenta años de historia en España; o por ser más precisos, de los esfuerzos que han sido necesarios para tratar no tanto de explicar los acontecimientos, como sí más bien para hacerlos comprensibles; terminaremos por concretar si no un principio de acuerdo, sí la certeza según la cual lo más parecido es lo que ocurre cuando en una familia ni el padre ni la madre ven nunca el día propicio para sentarse a dialogar con su hijo, y reconocerle que efectivamente es adoptado. Dejan pues el tiempo pasar y claro, la tragedia se desencadena cuando el niño accede a tal información por fuentes que no son las adecuadas. Si es que, ¡ay que ver qué malos son los niños! ¡Qué capacidad para hacer el mal!

Algo parecido sentimos la mayoría de españoles cuando en la mañana del pasado lunes la señora Ripoll, a la sazón abogada que ejerce la representación del Estado en el juicio en el que está imputada, cuando menos de momento, la Señora Cristina Federica de Borbón; nos espetaba a la cara que eso de que Hacienda somos todos, no es más que un slogan publicitario o sea, algo que desde luego carece de la fuerza suficiente como para impulsar, y mucho menos sustentar, una acusación penal.

A mediados de aquel mes de julio Alfonso duque de Bisceglie, el marido de Lucrecia Borgia, fue salvajemente atacado en las escaleras de la catedral de San Pedro. Según decían era César el causante de tamaña afrenta. Y los rumores, lejos de cesar se acrecentaron, cuando don Michelotto, el hombre il Valentino irrumpió en las habitaciones del Vaticano donde éste convalecía y lo estranguló.
Y sin embargo Italia no solo sobrevivió, sino que se convirtió en testigo de excepción de El Renacimiento a la sazón, que nadie lo dude, el auténtico Ley Motive de todo este protocolo. Que por qué sobrevivió, por dos motivos fundamentales. El primero es curioso, la ausencia de pasado se traduce en carencia de cualquier tipo de lastres. El segundo, íntimamente ligado al primero, es todavía más hermoso, la desmedida apuesta por el futuro ubicaba en el pasado cualquier conducta procelosa o a la sazón, poco práctica.

Sin embargo y por contraste, la paliza que en este caso la Sra. Ripoll ha inflingido a la idea de España ha sido de tal consideración, que no sería exagerado ni mucho menos desmedido afirmar que duramente se restablecerá de sus efectos.
Porque si bien la Corona es un símbolo, resulta lícito suponer que lo representado por la misma, su significado, ha de ser, en tanto que merecedor de ser representado, mucho más importante que lo representado. Mas al contrario cuando el Estado necesita atacarse a sí mismo para mantener supuestamente intacta, la dignidad de aquello que es por naturaleza un símbolo, está condenando indefectiblemente la condición de lo en sí mismo representado.
De esta manera, así como Michelotto empleó sus manos para quitar la vida a Alfonso convencido de que un sacrificio resultaba imprescindible para garantizar la prevalencia de los modelos existentes; es como queda constituido el contexto actual en el que  el desenfreno con el que el propio Estado se practica la autolisis en forma de esa frase: “Hacienda somos todos” se corresponde a lo sumo con un slogan publicitario de los años noventa, solo puede identificarse con los efectos que una intoxicación  produce en las mentes de quienes una vez perdida la noción de su presente, no dudan en sacrificar el destino de su futuro.

En consecuencia, el grado de desafección desde el que unos y otros, en especial quienes tienen porque siempre han tenido algo que decir, contemplan todo lo que está ocurriendo; me conduce a poder afirmar a ciencia cierta que algo realmente gordo está a punto de ocurrir. Tal vez y en realidad tratar de identificar la naturaleza de lo que está por venir resulta algo tendencioso. Sin embargo a lo que sí que estoy dispuesto a jugarme mis últimos euros es a que de lo que hoy por hoy constituye nuestro presente, en menos tiempo del que podemos llegar a imaginar no quedará ni el polvo…


Luis Jonás VEGAS VELASCO.