martes, 18 de agosto de 2015

DE LAS MÚLTIPLES FORMAS DE “HACER EL AGOSTO”.

Definitivamente, las cosas están cambiando aunque, nada parece indicar que necesariamente para mejor. Y es que más allá de postureos, conductas artificiosas, silencios forzados y otra multitud de enmiendas a la totalidad dirigidas contra lo que podríamos denominar forma convencional de hacer y entender la Política, los recién llegados, revolucionarios según la versión que aportan unos, advenedizos si es a otros a los que preguntáis; sin duda alguna que han venido si no para quedarse, cuando menos sí para demostrar que otras formas eran y son, posibles.

De hecho y aunque pueda parecer anecdótico, (ha quedado demostrado que a menudo la concatenación de anécdotas acaba por convertirse en lo más revelador de las intenciones perseguidas por un determinado grupo social); lo cierto es que la experiencia innovadora que resulta de apreciar cómo la luz puede salir del Congreso de los Diputados en pleno mes de agosto sin que de ello haya de desprenderse necesariamente la existencia de ninguna forma de enfermedad, ya sea ésta o no de carácter infecto-contagioso que ahora o en un futuro próximo pueda afectar a nuestros queridos representantes, constituye, en sí mismo, sin duda toda una innovación.

Mas una vez superados los efectos relajantes que se derivan de la contemplación hoy en día de un hecho que no te provoca arcadas o te da grima, lo cierto es que siguiendo, que no por ello alardeando, de protocolo conceptual, bien haríamos en tratar de averiguar las causas que de una u otra manera, promueven, cuando no justifican, tamaña e informal conductas.
Es entonces cuando una vez desplegadas las estructuras destinadas no tanto a protegernos de las posibles infecciones anteriormente aludidas, como sí más bien a tratar de indagar en la especial naturaleza de tamaño proceder, que comenzamos a hacernos una idea del tamaño del gol que una vez más nuestros queridos representantes, y lo que es peor, en el ejercicio de las funciones para las que legítimamente han sido investidos, pretenden colarnos.

De entrada, hoy mismo, ha comenzado a desarrollarse la falacia mediante la cual la Cámara Baja, además de abrir en agosto, lo hace convertida en un circo. Un circo en el que los que otrora se comportaban como fieras (véase la ferocidad con la que un león llamado de Guindos azuzaba semanas atrás a quienes deseaban por entonces ayudar ya in extremis a Grecia convencidos de que toda ayuda entonces además de más eficaz, sería mejor aprovechada); ve ahora reducido su papel al de clown toda vez que hoy sí que podemos, es más, debemos aprobar de manera indiscutible el paquete de medidas de cuyo ejercicio redundará el uso de los diez mil millones de euros que vienen a resumir el papel de España en el nuevo rescate a Europa.
Definitivamente, y para que nadie se llame a engaño, digo que de Guindos ejerce de clown no por un motivo eufemístico. Es que sencillamente el papel de payaso ya estaba cogido, a propósito por otro Ministro del Ramo que por estar suficientemente equipado trae hasta la risita histérica de serie.

Para aquéllos que no le encuentren la gracia, me atribuyo una vez más toda la culpa. El motivo, no me muevo con solvencia en los delicados recovecos reservados al humor. Sin embargo, a título de concreción, ahí va una pregunta dotada digamos, de retranca: Si para aprobar el “rescate” a Grecia hay que escenificar una suerte de juerga en la que la Democracia, lejos de salir airosa no hace sino salir renqueante… ¿Por qué no se ejerció semejante suerte de acción cuando los rescatados fuimos nosotros?

Superados una vez más las sutilezas, y lejos por supuesto de caer en conductas puntillistas, lo cierto es que cada vez resulta más complicado encontrar en las acciones de nuestro Gobierno una línea cuando no coherente, si al menos competente para dotar de cierta dosis de previsión con las que investir los modus operandi que a medio o a largo plazo estén llamados a convertirse en los paradigmas en los que redunde el futuro del país.
Una vez comprobada la inexistencia de tales recursos, y lejos no obstante de desesperar toda vez que,  no lo olvidemos ¡Esto es España!, nos vemos sorprendidos por el que a la larga se convierte no tanto en el ingrediente fundamental, como si más bien en el imprescindible para comprender la naturaleza de la reacción química que preside, hoy por hoy, la cabeza de los que no lo olvidemos fueron llamados a hacer grandes cosas mediante el legítimo voto de los que les votaran.

Es entonces cuando jugando el papel de catalizador químico una vez más, aparece el ingrediente mágico a saber, la presencia en el horizonte de una cita con las urnas que sin duda, no dejará a nadie indiferente.
Porque sea de una u otra manera, de lo que a estas alturas todos estamos absolutamente de acuerdo es en el incuestionable hecho según el cual, todo el mundo va a tener algo que decir, y la mayoría de los implicados lo van a hacer bien alto.
Porque sin duda que entre las múltiples habilidades de las que Rajoy y los suyos han hecho gala, sin duda aquélla que con mayor deleite han practicado es la de cabrear a todo el mundo, por igual, y por doquier. Y claro, semejante escenario, a 120 días vista de la cita electoral no se configura, seguramente, como el más deseado por los integrantes de un Gobierno que, aunque parezca mentira, se siente legitimado no tanto obviamente para presentarse, como sí más bien para resultar reelegido.

La verdad es que así mirado, ahora no me cabe la menor duda de lo adecuado que resulta que trabajen en agosto, en septiembre, en octubre, en noviembre, ¿en diciembre? No, más no.



Luis Jonás VEGAS VELASCO.

martes, 4 de agosto de 2015

EL CONDUCTOR NO TIENE LA LLAVE. O DE CONSTATAR HASTA QUÉ PUNTO TAN SOLO DE LA PARADOJA PODEMOS ESPERAR ALGO.

Porque tal vez, en esencia, de eso se trate, de esperar. O cuando menos de tener esperanza (ahora que parecía que comenzábamos a librarnos de ella).

Hago memoria recurriendo al absurdo, tal vez porque solo ubicado en tales terrenos definimos espacios que resulten coherentes a los que hoy constituyen el contexto de lo que hemos asumido como nuestra realidad, pueda, aunque sea por casualidad toparme con algún procedimiento compatible con lo que ha acabado por configurarse como tal. Es entonces que de manera contumaz y repetitiva, como ocurre con la melodía cutre de la canción del verano, que  me topo con el mensaje que figuraba pegado en las cajas fuertes de los vehículos que en mis tiempos de infancia y juventud, hacían entre otros los repartos de alimentos tales como los yogures, o incluso la pastelería industrial: “Vehículo dotado con caja fuerte. El conductor no tiene la llave”.

Semanas y meses confabulados en pos de alcanzar con un mínimo de soltura una palabra, cuando menos una frase que contribuyera a arrojar algo de luz sobre los cánones si no los procedimientos a partir de los cuales nuestro Presidente considera no ya como bien gobernado, sino a lo sumo gobernable el actual modelo no ya de país nefasto, cuando sí más bien de Estado Fallido; y resultó que como en tantas otras ocasiones la respuesta siempre estuvo allí, esperando quién sabe si que los que componemos la otra parte del país, a saber aquéllos antipatriotas que hoy por hoy aún no somos competentes para detectar “el círculo virtuoso en el que este país se ha sumido”, adoptemos al postura, (más bien modifiquemos nuestra actitud), quién sabe si para poder recibir la luz que promoverá en nosotros la tan ansiada catarsis. Al final va a ser verdad que tal y como recordarán los que se identifican con mi generación: La Verdad está ahí fuera.

Desde la franqueza de ánimo de aglutinar conceptos, y siempre convencido de que el éxito del relativismo tiene como contrapartida lo funesto que a veces resultan los desarrollos que le son propios; procedemos a ubicar no tanto el orden de los factores, como sí más bien la naturaleza de los factores en sí mismos.
Así, en un delicado ejercicio metafórico, un juego de dulzura me atrevería a decir yo, es que navegando entre “Tigretones” y “Phoskytos”, y ¿por qué negarlo? añorando los verdaderos “Donuts glaseados” (ya sabéis, aquéllos en los que el azúcar verdaderamente se deshacía en los dedos), es que identifico a Mariano Rajoy con ese conductor anodino, si bien tal vez por ello para nada inocente, que se jactaba de su aparente incompetencia para, entre otras cosas poder rechazar la indiscutible parte de responsabilidad que inexorablemente ha de operar en la ética de todo el que lleva a cabo cualquier acción, sea cual sea ésta, si de la misma se esperan consideraciones que pueden (y en este caso deben), tener consecuencias sobre los demás. Ya sea ésta conducir un camión, o conducir un país.

Se van así poco a poco desvelando las consignas, van poco a poca cayendo los velos, y es entonces cuando con toda la violencia que la palabra es capaz de concebir, emerge ante nosotros la certeza de que la debacle no está tanto en que nuestro particular camión de chuches lleve casi un decenio sin renovar el género. Lo que verdaderamente causa desazón es comprobar hasta qué punto aquél que desgraciadamente sí que tiene la llave, la llave de nuestros designios como ciudadanos de España, no solo ha renunciado a hacer uso de la misma, sino que además amenaza con quemar el camión si alguien o algo se erigen en amenaza capaz de poner en peligro su particular visión de la realidad.

Aunque de verdad, solo por ser justos, esto es, superando aunque solo sea someramente la tesis según la cual las penas diluidas entre la multitud resultan menos penas: ¿Quién es más culpable el loco, o los que le seguimos?

Es la locura un estado de percepción. Una forma de inferir la necesidad de modificar la realidad toda vez que la visión de ésta resulta para el protagonista sencillamente insoportable. Redunda pues de la misma cierta suerte de pasión, lo que relega pues a la locura a un estado inaccesible a la hora de erigirse como una de las posibles consideraciones desde las que pautar el estado de Rajoy. La causa es evidente: la pasión requiere de sentimientos…y éstos hace años que se perdieron en el acervo de nuestro Presidente, en un momento que sin duda se ubica entre el instante en el que ganó su primer sueldo, y cuando comenzó a intuir que para pasar desapercibido dentro de la marabunta ideológica que conforma el Partido Popular habría de casarse, y a ser posible con una mujer.

Descartada la locura, nos queda la maldad. Pero es la maldad en realidad un estado demasiado reflexivo. Se le supone al que ejerce de malo, una determinación moral, intención, y cierto pensamiento.
Por el contrario, y por seguir explorando, se abre ante nosotros el otrora denostado mundo de los imbéciles. Es el imbécil, siempre dentro de los cánones de la Literatura Médica al uso, el espécimen ubicado a modo de primo del idiota, hermano del cretino.
Resulta el imbécil o cafre, aquél del que no resulta óptimo esperar una suerte de razonamiento. No se para a pensar, ni mucho menos a razonar. Actúa netamente por instinto, como bestia de establo, convencido de que hace el bien, de que siempre tiene la razón, orgulloso por ende de ir jodiendo, con perdón, a todo aquel que se le antoja diferente a él mismo, ya identifique la diferencia en el color, el idioma, la creencia, o en este caso especial en una Ideología de la que por su propio bien (de el de la Ideología digo) hasta él se va, poco a poco, separando.

Cerramos así pues, nuestra hoy tal vez más irreverente aunque no por ello menos reflexiva reflexión, constatando una paradoja que comenzó a gestarse este domingo, en una interesante conversación en la que como alguien tal vez (o no), recuerde, acabamos por constatar que “Lo que hace falta en este país es más gente mala de verdad. Para ser bueno vale cualquiera, para ser malo resultan indispensables grandes dosis de inteligencia las cuales alejan para siempre a los fantasmas que nos golpean a diario bajo las más diversas formas, entre las que destaca el Cazurro Limítrofe”.


Luis Jonás VEGAS VELASCO.

martes, 16 de junio de 2015

DEINITIVAMENTE, ESTAMOS FALTOS DE HÉROES.

Que en qué se nota tal hecho, que en qué me apoyo para emitir tan contundente afirmación, pues precisamente en el hecho de constatar el apabullante ascenso que la mediocridad ha experimentado a nuestro alrededor,

La constatación efectiva de que una Sociedad tiene problemas bien puede pasar por comprobar hasta qué punto ésta se demuestra incompetente para definir incluso los aspectos básicos de aquellos conceptos que bien deberían estar dirigidos a conformar el que sin duda denominaríamos su esqueleto esto es, el armazón propiciado para hacer las veces de sostén a partir del cual erigir en cuestiones pragmáticas lo que hasta ese momento bien podría haber estado destinado a permanecer para siempre sometido a los delirios del infinito, preso cuando no de los quereres de la Razón en tanto que precursora y almacén de los por siempre reductos irrealizables.
Es, siguiendo esta lógica a la sazón para nada extraña, que bien podemos comprobar el grado de putrefacción que definitivamente ha logrado hacer mella en una Sociedad que, incapaz de definir la Virtud, privando a sus miembros del modelo hacia el cual libremente podrían tender; lo que hacen en realidad es abrir la puerta al Vicio el cual, como el ladrón en la noche aprovecha los vacíos que la oscuridad denota para, colarse raudo en la estancia, tratando de sembrar confusión convencido de que la aparente voluntad que refuerza sus conductas servirá para disfrazar lo que no es sino falacia, demagogia.

Es así que definitivamente podemos extraer que de la falta de héroes, se derive sin duda la incapacidad para identificar a los villanos. La cuestión, aparentemente vana, redunda no obstante en otra si cabe de mayor importancia y que, redundando en lo anterior, nos conduce quién sabe si a la constatación de que, efectivamente, lo problemático no redunde en la incapacidad demostrada para identificar al agente de los hechos, cuando sí más bien en la incapacidad existente para aislar convenientemente el hecho del contexto en pos de garantizar la solvencia en pos de certificar que los hechos se juzgan efectivamente, en sí mismos.

Cierto es que lo expuesto hasta el momento es, por definición, utópico. Nada, más allá de lo expuesto en el Procedimiento Analítico del Racionalismo Cartesiano, puede aspirar, ni con mucho, a poder ser juzgado atendiendo no ya solo a los parámetros que específicamente le afectan, ni esperar siquiera que solo se tomen en consideración aquellos añadidos que tengan que ver cuando no con el contexto estrictamente vinculado. Más bien, cuando no al contrario, el sujeto hoy por hoy, máxime si como ha quedado demostrado, pertenece o desea pertenecer a alguna estructura política, máxime si ésta no pertenece a la preponderante en el momento que sea de ser considerado en el tempo versado; se verá si procede linchado por la acción de dispersión o de concentración, según proceda (o interese), fajando con ello a la Justicia no ya de cualquier responsabilidad, sirva de cualquier atisbo de esperanza, si con ello salvaguarda no tanto los valores en defensa de los cuales fue investida, cuando sí más bien los deseos de preponderancia de aquéllos al servicio de los cuales bien pudo jurar ponerse una vez éstos garantizaron su nombramiento.

A estas alturas, necesito ayuda para decidir qué es lo que resulta más peligroso, que no queden en la Polis ciudadanos justos para investir como héroe a Leónidas, o que no haya Justicia para hacer caer sobre él todo el peso al traidor Efialtes.
Que nadie se engañe, la mediocridad es el medio natural en el que se alimenta y prospera la chusma. Al contrario de lo que ocurre con todo lo vinculado a los conceptos ligados a la aptitud, a nadie se le puede reprochar el hecho de hallarse inmerso en los mismos. Sin embargo lo que realmente resulta desdeñoso es la demostrada tendencia a permanecer bajo el influjo de los mismos, de parecida manera a como no podemos castigar a los cerdos por pacer comiendo flores con la misma fruición con la que degluten hierba, sí no obstante que podemos mostrar nuestra desazón cuando éstos insisten en revolcarse una y otra vez en el barro.

Ya no quedan, en definitiva, héroes. Pero lo que realmente resulta peligroso es que con su ausencia desaparecen también los esquemas a partir de los cuales identificar a los que con tamaña disposición, puedan mañana llegar. Y lo que es peor, si nos sabemos incapaces para identificar al héroe, ¿cómo esperamos identificar al villano?
Ha pasado demasiado tiempo. Tiempo sin batallas, tiempo sin elegías, tiempo perdido en consecuencia. Extinguidos ya los ecos de la última égloga, solo el recuerdo tergiversado, y por ello si cabe más peligroso, de las últimas canciones, inflama el pecho de unos jóvenes que, encargados una vez más de inaugurar la nueva generación destinada ¿cómo no? a reinstaurar los errores de sus padres; ven aproximarse peligrosamente el momento de ver con su cuerpo lanceado, riega de sangre una tierra nunca ahíta de su tributo periódico.

Ya no quedan héroes, ya no quedan villanos. Ajenos pues a los deseos de Virtud, a los rencores de propiciatorios del Vicio, ¿Qué Esperanza, entendida ésta como lo que puede ser esperado, le cabe a ésta y a las generaciones que están por venir?
Son, la Virtud y el Vicio, respectivamente luces encaminadas a alumbrar el progreso del Hombre. Acertadas o equivocadas, nadie determinó  a tales efectos la naturaleza de la antorcha que ayudó a salir de la Caverna al Hombre, precisamente en el Mito. De una u otra manera, el peligro no reside tanto en la naturaleza de la luz que alumbra el camino, como sí más bien en la ausencia de ésta.

Es precisamente en la constatación de la existencia de extremos, donde más feliz se muestra la mediocridad. Solo puede ésta, por definición, perseverar en medios en los que la ausencia de los anteriores sea pública y notoria.
En contra de lo que pueda parecer, constituye la mediocridad la más contumaz de las disquisiciones a las que se puede enfrentar el Hombre. La causa es evidente, en una Sociedad que solo se concibe desde la elucubración del equilibrio, el cual al menos en apariencia redunda del enfrentamiento dialéctico al que se rinden los contrarios; la mediocridad, ante su aparente condición implícita, queda exonerada de tamaña atribución simplemente porque su naturalmente centrada posición, convierte en inverosímil la localización de un elemento extremo a lo que por naturaleza está centrado

Constatamos así pues que es la nuestra una Sociedad en absoluto democrática, en tanto que se ha vendido a los efluvios de la tiranía que procede de saberse incapaz para separar el bien del mal, inútil pues para discernir valoración axiológica alguna.
Es por ello que un neófito concejal ha de dimitir antes que un experimentado ministro; 140 caracteres hacen correr más tinta que los miles de folios que componen los sumarios de ciertas tramas y lo que es peor, los que alrededor de todo pacemos, ya estamos del todo inhabilitados para diferenciar la belleza de una amapola que valiente crece en el campo, respecto de los recelos que despierta un cardo que se ha hecho viejo a base de acartonarse.

Será entonces que ha llegado el momento de dejar de buscar los horizontes que Herodoto nos regala, de dejar de soñar, en una palabra; para pasar a buscar en un mapa topográfico dónde se encuentra la charca más cercana.


Luis Jonás VEGAS VELASCO.

martes, 9 de junio de 2015

DE EL FINAL DE LA CUENTA ATRÁS

En el 40º aniversario del estreno de la película Tiburón, la cual como por todos es sabido, acabó por convertirse no ya en un éxito, habrá que decir más bien que en un título de culto, cierto es que como en ese mismo caso, no estaría de más poner de manifiesto los trucos a los cuales fue imprescindible recurrir en pos no tanto de promover el resultado, que por inesperado se hacía imposible de promover de una u otra manera, lo que obligaba de una u otra manera a adoptar una postura digamos más conservadora, esto es, más sosegada.
De entrada, cómo no, se apostó por lo que hoy tacharíamos de proceso de maquillaje. Así de entrada su título “Jaws” (mandíbulas), sonaba demasiado agresivo, cuando no resultaba demasiado descriptivo a la par que peligroso toda vez que podía herir la sensibilidad de una sociedad, no lo olvidemos, la española, que por entonces aún balbuceaba (sobre todo cuando nos referimos a la interpretación de ciertos dialectos o lenguas).
Viene todo esto a colación de que precisamente son las mandíbulas las responsables de regular la acción no ya solo de algunos de los músculos más fuertes del cuerpo humano, sino que a la vez las encargadas de impedir que éstos puedan, en el ejercicio de su labor cuando la misma pueda llevarse a cabo de manera descontrolada, provocar graves detrimentos que pueden ir desde los mesurables en términos físico, los cuales pueden medir sus consecuencias en términos de tensión, como el conocido rechinar nervioso de dientes; o traducir sus resultados en campos mucho más lascivos como pueden ser aquellos que traducidos a la susceptibilidad pueden llevar a alguno a morir envenenado fruto simplemente de haber cometido el terrible error de haberse mordido su propia lengua.
Traducido todo lo anterior desde el campo de la emotividad desde el que viene originado, a otros campos digamos más meridianos, y por ende más propensos a resultar comprensibles; añadimos el indefectible aporte que en esta ocasión aporta el contexto para comprender que en una atmósfera viciada como la que hoy por hoy pergeña nuestra realidad, presente e instantánea qué duda puede presentarse; lo único no ya acertado, basta con catalogarlo como de sincero, pasa por considerar como de incontestable cualquier análisis que tenga la valentía de incluir en sus conclusiones, por supuesto sin maquillar, el efecto que los consabidos pactos, y en especial las consecuencias que de cara a las futuras citas electorales éstos tengan; no como una forma residual, cuando sí más bien yo me atrevería a decir que incuestionable a la par que imprescindible, de cara a entender, o al menos intentarlo, el revuelto incomible que en algunos sitios, no lo olvidemos a causa de algunos, se están sin duda a estas horas preparando.
Porque es que llegados a estas alturas no tanto por la celebración del partido cuando sí más bien por la ausencia del mismo, que hemos de conformarnos con las crónicas que del mismo se nos proporcionan. Crónicas intoxicadas por proceder en la mayoría de los casos de fuentes obviamente interesadas cuyo interés no ya tanto en que ganen lo demás, como sí más bien en que bajo ningún concepto puedan ganar los demás; parece más que obvio, descarado.
Constatamos así una situación que si bien no es nueva en España, sí contiene un ingrediente que la vuelve digamos original. La incorporación de lo que podríamos catalogar no ya solo como de nuevos jugadores cuando sí más bien de alumnos aventajados, introduce en lo que insistimos, se trataba de un viejo conocido en España esto es, la consabida subasta de poder para con los Nacionalismos; en una madeja inaccesible a cuya esencia ni el mismísimo Teseo podría acceder, quedando con ello encerrado en éste que podríamos denominar, el nuevo Laberinto del Minotauro.
Pero si los viejos entes, propensos si se quiere al Mito, parecen tener sus días contados; no resulta menos cierto afirmar que los Nuevos Ídolos, estén en verdadera condición de ofrecernos mucho más.
Así de no ser por apelación a lo que libremente denominaremos Tacticismo Político que yo no puedo entender, y me consta que habrá de esforzarse mucho para hacérselo comprender a sus votantes, que la Sra. Responsable de PODEMOS en Andalucía, va a tener que esforzarse mucho para hacer digerible una situación en base a la cual de la lectura primigenia no se decida que ha sido su incompetencia humana, traducida a ineptitud política, la que ha llevado a Susana DÍAZ a defender hace unos minutos y con toda la razón, que los que se dicen de Izquierda votan juntos y junto al Partido Popular para impedir su nombramiento…mientras otros (esto sí de mi cosecha) pese a parecer de Derechas van a propiciar un Gobierno del PSOE en Andalucía.
¿Estaremos pues ante un caso propio de ésos en los que somos incapaces de tragar todo lo que hemos mordido?
¿Se trata más bien de un claro caso del mal que persigue a los niños, y que nuestras madres resumían en el consabido: “llena más la tripa que el ojo”?
O por el contrario se trata de algo mucho más peligroso y terrible. ¿Estamos constatando desgraciadamente demasiado pronto que dónde algunos creían poder en realidad no podemos tanto?


Luis Jonás VEGAS VELASCO.

martes, 2 de junio de 2015

DE LA DIFERENCIA ENTRE VIVIR Y SOBREVIVIR…

…O por ser si fuera posible más precisos, de los últimos reductos donde todavía se esconden las últimas esencias, a la sazón, quién sabe, si los últimos resquicios desde los cuales afianzarnos, albergando a través de ellos la digna necesidad de diferenciarnos de los animales.

Podemos así pues decir sin miedo a equivocarnos, que vivir es en sí mismo un privilegio, un hecho necesario si se prefiere, acudiendo a las categorías filosóficas, a partir de las cuales se convierte en una exigencia, erradicando con ello toda tentación de albergar cualquier intención de inducir componentes ruines o de dispersión; el poder establecer de modo totalmente nítido, aunque insistimos no por ello excluyente, la línea donde acaba lo general, lo accidental o si prefiere el perímetro capaz de albergar todo lo propenso al azar y a la evolución vinculada a la mera adaptación cuando no a la supervivencia del más fuerte; para dar paso a esa reconstrucción de valores éticos y morales cuya lúcida concurrencia cooperan para dar paso cuando no carta de naturaleza a lo que si se apura ha dejado de ser el Hombre, para dar paso, probando el término en sí mismo que no renegamos de la conciencia evolutiva, al Ciudadano, al Político.

Obedece así pues una vez más nuestra exposición al proceso por el cual desde la propuesta de una aparente realidad, se promueven líneas de confrontación que, lejos de redundar en lo que cabría expresarse en los términos propios de una conclusión cerrada, no vienen en realidad sino a promover el debate, cuando no la franca discusión, toda vez que ésta se encuentra dignamente justificada en lo abierto de los conceptos, como del procedimiento en sí mismo.

Sea como fuere esta abstracción, lejos de erigirse en una dificultad, se convierte en sí misma, o así sucede atendiendo a nuestras consideraciones, en una fuente de solución al permitir desgranar desde su aparente ambigüedad, un retortero de posibilidades la mayoría de las cuales serían del todo improbables, cuando no a veces francamente incompatibles con la realidad, en el caso de haber procedido desde una perspectiva que podríamos catalogar de reduccionista por lo breve.

Es con ello que en pos de ir definiendo los componentes que habrán de configurar una verdadera conducta humana, o si se prefiere empezando por determinar con franqueza la diferencia entre animales y hombres, convendría sin duda esgrimir abiertamente cuál es, o a lo sumo dónde reside la cualidad que más allá de su naturaleza humana, redunde en realidad en su condición de exclusiva a la hora de mostrar tal acepción en su comparativa en este caso para nada escueta, y que habrá de darse entre animales y hombres.

Nos damos así pues de bruces con la realidad, máxime cuando comprobamos la paradoja de intuir que ya en el condicionante expreso de la propia formulación de la pregunta, reside la condición de la respuesta. Volviendo pues y con una intención para nada negligente, comprobamos que el mero hecho de preguntarnos por la vida, más allá de sus consideraciones, incluso de sus expresiones, supone en sí mismo aceptar que el Hombre es capaz de diferenciar entre la presencia y la ausencia de Vida, esto es, el Hombre es el único lúcidamente competente para identificar la presencia o la ausencia de vida.

Lejos de caer en el burdo ejercicio de reducir la Vida a la ausencia de Muerte, lo que en realidad queremos decir es que se puede estar vivo, y no por ello vivir. Dicho de otra manera no todos los que se creen vivos son capaces de vivir la vida, o son en realidad capaces de vivirla digamos plenamente.

Porque de la misma manera que ha quedado demostrado que en base a cuestiones referidas a la aptitud no solo no somos iguales, sino que abiertamente bendecimos la existencia de tales diferencias, es que podemos determinar que no todas las formas de vivir son iguales es más, algunas son manifiestamente incongruentes con el o los criterios en torno a los cuales parecen ceñirse las disposiciones en torno a las cuales se determinan los parámetros aceptados como congruentes en pos de determinar lo que denominaríamos vida conforme.

Iniciado así pues un proceso interesado casi más en la eliminación de las contingencias, que en la rememoración de las necesidades; más pronto que tarde acabaremos por atribuir el éxito de nuestro ejercicio a la localización, cuando no al análisis, de ese ingente grupo de capacidades de entre las cuales solo los consabidos aunque no por ello garantes de la certeza, debates, acaben por arrojar una suerte de ganador en este aparente concurso de la mejor virtud, cuando no de la virtud más humana.

Con todo y con ello, o tal vez a pesar de ello, que lejos de despistarnos de lo que podríamos denominar como catálogo de procederes desde los cuales encomendar o definir nuestro proceder, a lo que inequívocamente nos conduce todo lo hasta ahora esgrimido es a depositar una vez más en la dignidad todos y cada uno de cuantos parámetros, conceptos o procederes ayer, hoy o mañana podamos definir como imprescindibles de considerar a la hora de garantizar la correcta identificación, ahora sí por ende excluyente, de todo aquel que ose ser considerado como integrante del Grupo de los Hombres.

Notoriedad pues la dignidad aparentemente intrínseca a la condición de Hombre, que lejos de enclaustrarlo o mucho menos limitarlo, se muestra más bien como el elemento encargado de proyectarlo hacia delante de manera tan impresionante como eficaz promoviendo el ejercicio de la conducta que le es propia, a saber, la del sentido común implementado en la responsabilidad.

Se erige pues la responsabilidad como el reducto en el que se reafirman las tendencias gregarias del Hombre. Catalizador de las Reacciones Sociales, es por medio de la responsabilidad que el Hombre alcanza su enésimo estado, a saber el más perfecto de cuantos ha conocido hasta el momento, sencillamente porque es el que más lejos le ha permitido llegar hasta el momento.

Es el Estado de Ciudadano el propio del Hombre superado. Pero superado en el tono de desbordado, mejorado, perfeccionado. El Hombre regido por las conductas reduccionistas que se esperan de la Ética, se subroga a las consideraciones deductivas que se ofrecen tras el desarrollo de la conducta Moral.
El grupo supera al individuo, y es entonces cuando la Polis se erige en conducta natural, superando con ello a la Akhrópolis, cuyas consideraciones obedecen a criterios someramente beligerantes, defensivos a lo sumo.

Surge entonces La Política como expresión firme de las conductas más propias que se esperan del Hombre ascendido a Ciudadano a saber, aquellas que son propias de elevar al Ciudadano por encima de sus propios límites, haciéndonos albergar esperanzas de que de sus conductas se extraiga mayor satisfacción no tanto por la satisfacción del bien propio, como sí por la obtención del bien común.

Es así pues que paralelo a la transición del animal al hombre, corre la que lleva del hombre al ciudadano. Como catalizadores extremos, la dignidad como virtud, la responsabilidad como procedimiento.
Una forma de evaluar el grado de cumplimiento de lo demandado, el que pasa por la implementación de una nueva forma de parnasianismo a saber, la capacidad para interpretar al Hombre en si mismo, sin necesidad de tener que recurrir a sus expresiones, sin duda manipuladas por el ambiente, determinadas por el contexto.

En definitiva, reconozcamos que la utilidad bien podría estar sobrevalorada. Recuperemos pues la condición Romántica visible en la capacidad de disfrutar del Arte en tanto que tal es decir, por lo que significa, sin más.


Luis Jonás VEGAS.


jueves, 28 de mayo de 2015

PARADOJICAMENTE, LO ÚNICO SEGURO ES EL RIESGO.

Una vez soslayados los condicionantes genéticos, esto es una vez subrayados aquéllos que afectan más concisamente a los achacables a parámetros más sociales, más antropológicos si se desea; lo cierto es que la aparición del excedente, y por ende de la actividad económica directamente a él ligado, vienen a determinar como ningún otro los paradigmas a partir de los que desde entonces habrán de desarrollarse los protocolos que, en contra de lo que pueda parecer, lejos de limitar al Hombre, no hacen sino acrecentar sus diferencias para con el resto  de entidades con las que por entonces comparte este todavía incipiente mundo, participando así pues de manera obvia en su definitiva instauración al frente del mundo.

Tenemos así que, de manera absolutamente complementaria, y por ello para nada excluyente, las formas de comercio, que pronto se implementaron entre todas las unidades humanas que se hallaban ya desarrolladas por el mundo, no vinieron a contravenir, cuando sí más bien a ampliar y acelerar, los protocolos de desarrollo que las mejoras alcanzadas en agricultura y ganadería que vendrían por ejemplo a facultar el cambo de periodo, pasando del Paleolítico al Neolítico, se vieran definitivamente ensalzadas, a la par que definitivamente consagradas.

Sin obviar por un solo instante los logros consolidados a partir de las mencionadas mejoras en agricultura y ganadería; las cuales se traducen por ejemplo en el escalar que se observa al conciliar que solo el aumento de población ligado a la mejora de la producción que se traduce en un notable incremento tanto en la calidad como en la cantidad de los alimentos, puede explicar el aumento de la población a nivel mundial; lo cierto es que quedaría vinculado poco menos que a la nada, de no ser por el impacto que el comercio, como generador de riquezas, con todas las consecuencias que esto trae aparejado, provocan a nivel social.

La agricultura y la ganadería parecen seguir criterios que en términos de justicia aparentemente vinculados a lo que muchos siglos después, siglo XIX, podríamos definir como propios de los esquemas en los que se mueve la categoría de disposición distributiva. Así, todos los esfuerzos, por acertados o equivocados que puedan llegar a ser o parecer, quedan supeditados a la acción de fuerzas ajenas al control del propio hombre, lo que hace que el control sea solo una mera ilusión, quedando la realidad vinculada a consideraciones de carácter notoriamente ajenos al control.
De esta manera, la existencia de la amenaza potencial parece actuar de regulador que alienta, al menos en principio, un cierto principio de justicia igualitaria.

Sin embargo, no ya tanto la aparición del excedente, como sí la solución elegida para su gestión, conduce primero a una especialización del trabajo que pronto se traduce en un surgimiento de las diferencias sociales, que definitivamente se hace patente a partir del momento en el que un grupo se inicia como verdadero acaparador.
De esas diferencias, a priori ligadas a los vínculos internos de las comunidades que poco a poco pero de manera ya imparable se han ido creando; surgirán las necesidades de gestar un primer modelo de oligarquías destinadas primero a defender, para luego aumentar, precisamente esas diferencias en pos llegados ya este momento de establecerlas como normales, implementándolas incluso luego en pos de generalizarlas hacia o para con las comunidades foráneas, que han seguido esquemas paralelos.

Nos hemos situado así pues en los territorios propios del Milenio Cuarto antes de Cristo. Babilonia, Antigua China; y por supuesto luego Grecia y Roma. Territorios, épocas y a la sazón momentos en los que encontramos ya modalidades que encierran muchos puntos en común para con el seguro moderno.

Porque insistimos, ligado al comercio, mecha y canal incipiente de la evolución humana, al menos en su faceta social, aparece inexorablemente ligado el riesgo, convirtiendo por ello en imperativo que el Hombre arbitrara uno o varios procederes encaminados a obviar tal combinación procelosa, en tanto que puede poner en riesgo un camino cuyo transitar es ya del todo inevitable.

Es así que el vínculo comercio-desarrollo humano comienza a dibujarse. Y paralelo, aunque más bien como interferencia a tal dibujo, la aparición del fenómeno riesgo bien puede ponerlo en peligro.
Desde el momento en el que el Homo Comerciante toma conciencia del fenómeno del riesgo, será que habilite de manera en pos consciente toda una batería de medidas destinadas a erradicar en la medida de lo posible los efectos de una realidad con la que no puede más que darse por enterado.

A medida que, ya en la Edad Media, el mar se convierte en el verdadero poseedor de las riquezas, al contemplar el permanente tránsito de las riquezas de todo el mundo; será que los comerciantes asociarán a tal hecho la certeza de tener que asegurar sobre todo tal contingencia.
Será así que 1347, y precisamente para salvaguardar los intereses de un tránsito marítimo que habrá de comunicar Génova con Menorca, vendrá a constituir la primera póliza de seguro de la que tenemos constancia escrita.

A la vista de la imperiosa relación que existe entre seguros y navegación, es de buen suponer que el desarrollo de esta imperiosa industria, haya de correr paralelo a la suerte de los estados que en este caso más riesgos asuman en materia de navegación. Es así pues casi de lógica que, tal y como se constata, sean los Territorios Italianos, así como España, los encargados de promover el auge y desarrollo de las incipientes estructuras aseguradoras que con el tiempo darán lugar a las grandes entidades.
Estas estructuras, se verán en un primer momento configuradas a partir de la acción que los propios consejos de navegación, sobre todo una vez habilitadas las rutas comerciales con el Nuevo Mundo, llevarán a cabo por medio de los conocidos como Contratos de Mutua Confianza. Se trataba tal y como de su nombre se puede deducir, de Pactos entre Caballeros que se establecían entre varios de los integrantes de los respectivos miembros del Gremio de Navegantes, que hacían de todos y cada uno de ellos jueces y parte, toda vez que las mercancías y medios asegurados resultaban en prenda, de todos los integrantes. De esta manera todos respondían ante todos los demás tanto como fiadores, como a modo de asegurados, lo que obviamente daba lugar a situaciones de muy difícil solución.

Tal era así, que en las primeras ordenanzas promulgadas en España, las cuales proceden de la Barcelona de 1435, las atinentes a lo que dará lugar al Derecho Marítimo, implícito en el Llibre de Consolat del Mar de Barcelona de 1494; se definen y escrutan pertinentemente las condiciones de establecimiento de un seguro, habilitando ya incluso capítulos en pos de anular los fraudes.
Las ordenanzas vienen a impedir que se contrate un seguro por el total del montante del riesgo. E incluso, se limita y determinan la naturaleza de riesgos que son, naturalmente, imposibles de asegurar. De esta manera, podemos comprender por qué resultará del todo imposible para Felipe II contratar seguros que cubran sus riesgos contra la acción de piratas y corsarios, no teniendo problema alguno para asegurar encomiendas de cara a ataques de Turcos o Sarracenos.

Será así pues que 1538 verá nacer el que supone en primer verdadero cuerpo legislativo vinculado al comercio y al seguro. Se trata de las Ordenanzas de Burgos, las cuales serán prácticamente en su totalidad refrendadas por el Rey Carlos I, actualizándose y adecuándose a la realidad en 1572.

Todo dará un giro radical con el establecimiento de las rutas comerciales con América. Las peculiaridades de las mismas, relacionadas como todo en este caso al arbitrio ejercido por la Casa de Contratación de Sevilla, dejarán el mundo de los seguros vinculado como no puede ser de otra manera a la mencionada Casa de Contratación. Desde ella se promulgarán en 1552 las denominadas Ordenanzas del Monzón que vienen a hacer sobre todo hincapié en este caso en los efectos, naturaleza y consecuencia de los por entonces aún incipientes Viajes de Exploración.

De una envergadura física y metafísica similar a los mencionados viajes de exploración, hemos de ubicar los efectos, desarrollos y consecuencias de la actividad marítima y comercial implementada en pos del nuevo periodo definido ya dentro de los marcos del nuevo paradigma de La Ilustración.
Inevitablemente ligado a los preceptos del elemento Ilustrado por antonomasia, a saber El Humanismo, lo cierto es que el comercio, vinculado ya al Hombre como una actividad liberadora, interior, más que como un acto económico, exacerba hasta la extenuación la puesta en práctica y desarrollo de estrategias destinadas a poner de manifiesto los esfuerzos que el Nuevo Hombre lleva a cabo para liberarse de las ataduras que La Religión imponía a modo de cadenas metafísicas en el Hombre Viejo, a saber el Hombre de la Edad Media.
De esta manera la apuesta decidida que por el Comercio llevan a cabo países menos vinculados al Cristianismo, como es el caso de Holanda, y por qué no, la misma Gran Bretaña, hacen de estos países los nuevos dominadores de todos los escenarios, especialmente los comerciales, a lo largo de los siglos XVII y especialmente XVIII.

De igual manera, el interés por el ya inmejorable negocio que a efectos privado ofrece el mercado del Seguro, gira su importancia hasta esos mismos países, de manera que hasta 1689 no tenemos constancia de la primera asociación privada que con fines de aseguradora se forma en España. Será, como es de suponer de capital catalán, y está integrada por Amador Dalmau, Francesc Lleonart y Jaume Circums.

Con posterioridad, la legislación promovida por Carlos III revolucionará los conceptos. El siglo XIX y la Guerra de Independencia traerá marcos nuevos…

Pero se trata de otra historia.



Luis Jonás VEGAS VELASCO.

martes, 28 de abril de 2015

DE CUANDO HACEMOS DE LO INMORAL UNA FORMA DE VIDA.

Prisioneros de nuestra propia falacia, víctimas propiciatorias de nuestra propia deslealtad hacia lo que debería constituir nuestra máxima obligación, a saber la que se conforma de aplicar el orden natural a ciertas cuestiones por otro lado primarias, de las que se desprende lo que una vez conocimos como la manera lógica de entender la vida; naufragamos hoy una vez más, y sin duda no será la última, en la vorágine en la que se ha convertido no tanto el vivir, como sí más bien el ser capaces de dar sentido a nuestra propia vida. Un sentido que paradójicamente, como tantas otras cosas, no procede del en sí mismo de las cosas, como sí más bien de la interpretación que para el mismo seamos capaces de confeccionar.

Es así como entre paradojas y sutilezas, donde muchos no vemos sino la enésima forma de flirteo para con la hipocresía, poco a poco acaban por filtrarse los efectos, cuando no los procesos en sí mismos, a partir de los cuales adquieren sentido no tanto los hechos que en sí mismo constituyen la Realidad (el acceso a los mismos hace mucho tiempo que nos está vetado) cuando sí más bien lo hacen los procesos a partir de los cuales podemos intuir, nunca comprender, el contexto que acaba por conformar el actual presagio de realidad, dentro del cual queda más o menos delimitado el contexto espacio-temporal que nos ha sido asignado, en el cual recocemos lo que más o menos nos ha sido dado en llamar lo propio.

Es así que por no ser un mundo real, a lo sumo una vaga intuición conformada a partir de la suma de retazos de recuerdos la mayoría de los cuales ni siquiera podemos reconocer como propios, que podemos observar sin el menor síntoma de estupefacción cómo cuestiones que otrora era de inferencia indiscutible, como podría ser la Ley de la Gravedad en el caso de un mundo vinculado esencialmente a lo físico, son en este caso no solo obviados, sino manifiestamente vituperados,  sumiendo en una especie de sopor, en una suerte de dulce sueño a todos cuantos formamos parte del mismo, ya sea de manera consciente, o incluso como por otro lado ocurre en la mayoría de los casos, inconsciente. De hecho, vivir en la ignorancia y estar muerto se parecen en que nadie que lo sufre lo sabe, si bien en ambos casos el dolor que causan a quienes comparten el hecho es enorme.

Es así que dentro de esos mundos de Yuppie, o más concretamente a tenor de la filosofía que de los mismos ha de elaborarse en pos de contar con una suerte de criterio que se traduzca primero en una Tradición, destinada a parir con el tiempo una suerte de valía moral que actúe como justificación; la paradoja, lejos de extinguirse, acaba más bien por erigirse en patente de corso, destinada como aquéllos a robar en nombre de otros, lo que en realidad nunca fue suyo en base al buen derecho.

Es así como encontramos por ejemplo que donde otrora veíamos actos innobles, carentes pues de resonancia ética, propensos por ende a ser reconocidos y tachados por ello de inmorales, hemos ahora de, en un misterioso giro del destino, tragarnos los que por entonces fueron procederes antagónicos, para asumir ahora su nueva condición de precursores.
Nos burlábamos de los países que no tenían Historia. Perseguíamos hasta la extenuación a los tiranos cuando no reyezuelos que envidiosos, ponían precio a nuestra rica y extensa Cultura (de ser hoy el precio lo pondríamos nosotros mismos) capaces entonces de mirar por encima del hombro a casi cualquiera que se nos pusiera por delante (o por detrás) víctimas cuando no verdugos de una manera de entender la vida que entonces por poco adecuada, no sería hoy de mejor gusto.

Y es entonces que hoy hemos de enfrentarnos con nuestro presente, herido quién sabe si de muerte. Nos reímos una vez del pasado de otros. Pisoteamos no solo con indolencia, sin dudarlo con franca soberbia el pasado que constituía el marco de actuación de otros, y todo tan solo para comprobar como ha cambiado el cuento. Un cuento que ha degenerado en drama, el que se constituye cuando un Pueblo no es capaz de reconocerse en su presente. Quién sabe si porque solo reconoce en el peso de su Historia, la mediocridad de un presente lapso.

Ex-ministros de pacotilla. Ídolos con los pies de barro. Ex-presidentes ga-ga´s. Dirigentes que se jactan de su mediocridad amparados ellos en la beligerancia propia del que incapaz de responder a su oponente, ha de vituperarle. En definitiva, un suma y sigue cuya continuidad amenaza con hacer saltar por los aires cualquier vestigio de sentido que le quede al presente, cualquier recaudo que a la lógica le quede, en pos con ello de convencernos de que finalmente ya nada queda por hacer, y todo porque siguiendo la vieja ecuación con la que los listos manejan a los idiotas: Tú no pienses, que ya pienso yo por ti.

Nerón dotó de privilegios a su caballo. Intuir las consecuencias de tamaño hecho nos sobrecoge. Sin embargo, ser testigos de procesos carentes del menor sentido común, cuando no del menor viso de humanidad, como pueden ser la venta de preferentes, o la manipulación voluntaria de cláusulas suelos en pos de facilitar desahucios que han terminado por traducirse en el nuevo ejercicio de la especulación, lejos de sorprendernos, vuelve a despertar en nosotros un tufillo ya casi olvidado, en el que se reconocen tonos cercanos a los de la admiración.

Al final, incapaces no ya de reconocer nuestra imagen en el espejo cuando sí más bien de generar en nuestra mente el simbolismo propio competente para reconocernos en el mismo; que hemos de asumir como una derrota lo que jamás habrá de pasar a la Historia como la victoria de otros. Sencillamente porque algunos hechos son tan repulsivos, que no resulta lícito que sean investidos con la pátina de victoria. Sencillamente porque tal hecho arrebataría la lícita sensación de victoria que algún día esperemos, nuestros actos puedan volver a ser llamados a protagonizar.

Hoy, mientras tanto, sintámonos orgullosos de ver en la oscuridad que ya nos envuelve, la constatación fehaciente de que hemos sobrevivido a la que hoy es la más dura de las pruebas, la que ante nosotros se presenta cada nuevo día.


Luis Jonás VEGAS VELASCO.