lunes, 19 de septiembre de 2016

DE DEMOCRACIA, BOTELLAS DE LECHE, Y OTROS CONCEPTOS ESTRUCTURALES.

Se atribuye a W. CHURCHILL la afirmación en base a la cual: la Democracia está lo suficientemente asentada en un Pueblo cuando al escuchar que llaman a la puerta a las ocho de la mañana, no necesitas abrir para saber que se trata del lechero.

Inmersos en un aquí y un ahora deprimente, constituye lo que bien podríamos denominar la nueva Cuestión Política  uno de esos feudos en los que, al contrario de lo que pasa con la mayoría de las cuestiones trascendentales, el paso del tiempo no ha hecho sino contribuir de manera definitiva al asentamiento de las tesis en base a las cuales cualquier tiempo pasado fue mejor.
Siguiendo cuando no reforzando esta premisa, y revitalizando todos los miedos y sinsabores que a la misma se unen bien podríamos decir que de manera inexorable, no solo la confusión generada por el triunfo de la premisa en base a la cual el mero pasar  del tiempo puede asociarse con lo que genéricamente entendemos por progreso, sino más bien el imperdonable relajamiento que del mismo puede devengarse en las estructuras sociales, especialmente en las vinculadas al mantenimiento y las mejoras de las que bien podríamos denominar estructuras imperiosamente vinculadas al sostenimiento de la realidad; se muestran no solo debilitadas, sino que las carencias de las que adolecen, ya sea de manera factual (poniendo de manifiesto los resultados de tales carencias); o potencial (relatando de manera imperturbable los procederes cuyo desarrollo conducirán de manera igualmente inexorable a un franco declive al que habrá de hacerse frente dentro de un periodo de tiempo más o menos razonable), se acumulan como pruebas irrefutables de la constatación manifiesta de las tesis largamente defendidas en base a las cuales no podemos seguir así.

Retornando a nuestro aquí y a nuestro ahora, parecido si no el mismo proceso que sirve para explicar por qué en España nunca ha triunfado el sistema de reparto de leche puerta a puerta, bien puede ser el que empleemos a la hora de explicar de manera definitiva por qué en España, en realidad, la Democracia no solo no ha terminado nunca de estar lo suficientemente asentada sino que más bien, tal y como los hechos parecen empeñados en demostrar que en realidad, ésta se halla permanentemente cuestionada.
Así, al igual que en España nunca hemos terminado de creernos eso de que un señor pasea por las calles de Londres surtiendo de leche a sus conciudadanos; no podemos llegar a creernos que, precisamente en el mismo lugar, pueda existir un lugar que, como símbolo de lo que ellos han dado en llamar Democracia Parlamentaria, justifique o tenga indiscutible cabida una forma de hacer Política en la que no solo las formas, sino el fondo como traducción indiscutible de éstas, arrojen unos resultados inconcebibles, cuando no francamente imposibles de aceptar, a la hora de evaluar por métodos comparativos la eficacia de lo que llamaríamos su forma de hacer Política, frente a nuestra forma de hacer Política.

Pero puestos a elucubrar, yo no he visto en ninguna parte suerte alguna de ley, norma o siquiera enunciado, que determine como impracticable, siquiera a medio o largo plazo, el establecimiento de una industria vinculada a la comercialización de leche puerta a puerta que, si bien asuma pérdidas digamos a corto plazo toda vez que muchas son las barreras que ha de salvar, algunas francamente complicadas; no esté dispuesta a establecer una estructura solvente con visos a desarrollarse y disfrutar las mieles del éxito a largo plazo.

Y si en el proceder privado cabe tal esperanza. ¿De verdad hemos de renunciar a las satisfacciones futuras vinculadas al éxito de la Democracia, simplemente porque la misma se halla condicionada por su inherente constitución pública?

Así, al igual que en nuestro ejemplo de la industria lechera sus promotores habrán de asumir pérdidas incipientes en forma de rotura o desaparición de los cascos, con el tiempo, la concienciación basada en la paulatina demostración de que el servicio constituye una mejora para la calidad de vida de los usuarios, se traducirá en la implementación de una serie de procederes cuya traducción será la supervivencia del servicio ligada a sus propios medios.
De parecida manera, el correcto asentamiento de la Democracia, o si se prefiere, el triunfo de lo público como concepto, no solo no ha de correr peor suerte, sino que más bien, y al contrario, parece llamado a erigirse en apuesta ganadora sobre todo si tenemos en cuenta que el Sistema tiene a su favor la baza de la Educación.

De esta manera, aunque los que integramos la presente generación no creo que podamos aceptar lo de la leche en la puerta, sí que alimentamos desde lo más profundo de nuestras conciencias la esperanza de que las generaciones futuras crezcan libres de los peligros que sujetos como Rita BARBERÁ, Luis de GUINDOS, o el Ex-Ministro SORIA, constituyen.
Peligros que lo son no tanto por el daño objetivo que pueden llegar a hacer, y que se traduce en lo que llamaríamos proceder cuantitativo, como sí más bien por la traslación de la sensación subjetiva cuya verdadera rememoración pertenece al cuadro subjetivo, ese cuya valoración es definitivamente personal, y que resume los daños en lo más peligroso a lo que un Sistema Democrático se puede enfrentar y que se resumen en el paulatino crecer de la certeza de que los sacrificios que inherentemente van ligados al proceder democrático son en realidad inútiles, bien por afectar siempre a los mismos, las clases bajas, o lo que es peor, por obedecer en el fondo a una estrategia destinada a mantener a esas mimas clases bajas sublimadas por el efecto anestésico producido por éxito de la enésima falacia.

A título de conclusión, las teorías deL Capital Humano demuestran las dificultades para formar buenos estadistas. La realidad actual se empeña en poner de manifiesto las dificultades que hoy por hoy tenemos en España para encontrar buenos estadistas. ¿Habremos de poner nuestras esperanzas en la presencia de botellas de leche en la puerta de nuestras casas?


Luis Jonás VEGAS VELASCO.

martes, 30 de agosto de 2016

DEFINITIVAMENTE: NO.

Veo a Mariano en la pantalla de mi televisor, y durante unos instantes dedico mi tiempo a desarrollar una indagación destinada a tratar de atisbar en el silencio conceptual al que se reduce su perorata, una suerte de inconsciente que me ayude a salvar el pánico que me produce constatar la certeza del que desde hace unos segundos se manifiesta como el mayor de mis miedos; el que pasa por la comprensión, en forma de epifanía reveladora, de que efectivamente es neta y absolutamente consciente de todo lo que está haciendo y diciendo; y es aún más consciente de todo lo que no deja hacer, de todo lo que nos obliga a ignorar.

Redundando por enésima vez en la constatación de que no es sino el cúmulo de dudas que me regala el vivir diario lo que me arroja de manera inexorable en brazos de las certezas procedentes del conocer la Historia; es por lo que un día más vengo a refrendar la tesis por la cual, probablemente, una forma responsable de entender el presente, pase sencillamente por otorgar al pasado el valor que se merece.

La idea me gusta, mas para mi desgracia Mariano ha logrado despertar en el auditorio una suerte de hilaridad procedente de un comentario, no sé si improvisado (¿Improvisado digo? Eso es imposible. Seguro que en la Lógica Mariana no cabe una improvisación en mitad de un Discurso de Investidura, aunque ésta vaya a ser fallida). La respuesta se desliza hasta mí con suavidad, pues el nombre de Pedro SÁNCHEZ acaba de aparecer, y ello pone fin a cualquier concesión a la inteligencia, por más que ésta fuese a hacer acto de presencia por medio de una improvisación.

Inteligencia, concepto, fallido… ¡Solo los Clásicos pueden ayudarme!

Busco Política, y encuentro rápido una aseveración: Es la Política el Ejercicio natural al que tienden los Hombres, en la medida en que vivir organizados es la máxima expresión en la que redunda el proceder llamado a permitirles alcanzar el máximo desarrollo de sus facultades.
Es pues la Política un acto de necesidad, y la Demagogia se erige nada menos que en su proceder degenerativo, en la medida en que la Demagogia encierra solo proceder dentro de la esencia destinada a subrayar conceptos allí donde éstos están por existir.

Se abandona así pues Mariano al bello aunque infructuoso arte de pasear a lomos del caballo de la Demagogia. Mas el demagogo, al igual que el niño caprichoso, hacen causa común en el hecho de ser incapaces de ser conscientes de la naturaleza del mal que les alienta en sus correrías. Y ay de aquel que ose despertarles de su sueño.

Por eso no es lo malo que Mariano espere que raudos le acompañemos en su devaneo. No contento con eso, pronto mostrará sus verdaderas intenciones, intenciones que se materializarán en forma de tributo, tributo consistente en la obligación de ver tal y como él lo ve, la composición de todos y cada uno de los paisajes llamados a componer este el escenario al que de manera sorprendente, nos ha conducido.

Pero no todo está perdido. Existen cuestiones, las llamadas sin duda Grandes Cuestiones, que si merecen tal mención es precisamente porque su presencia o la  de sus consecuencias se intuyen en todos y cada uno de los procederes en los que la huella del Hombre esté presente, ya sea en el presente, y qué decir si el menester se hunde en el pasado. Y una de éstas es, sin duda, la procedente de los análisis que al respecto de las mismas se atribuyen al ejercicio de la responsabilidad.
Es la consecuencia el resultado práctico del quehacer metafísico en el que más pronto que tarde acaba por redundar el conocido concepto de la responsabilidad. Pero así como no todos estamos capacitados para entender las consecuencias, a pesar de su condición directa y material; ¿Qué esperar de la capacidad de comprensión del proceder vinculado al ejercicio de la responsabilidad, cuya naturaleza responde a condicionantes estrictamente metafísicos?

Encuentro así pues que no es sino a través del dislate en el que me sume la escucha parcial de las divagaciones a las que me condena el Discurso de Investidura fallida de Mariano; el medio por el que acabaré por entender, quién sabe si definitivamente, la regla llamada a vislumbrar la incógnita del proceso por el que según el Clásico Griego La Degeneración Lógica a la que tiende La Política es, sin duda La Demagogia.

¿Significa que Mariano es un demagogo? En absoluto. O al menos no él solo. Requiere el correcto desarrollo del quehacer demagógico un escenario global perfectamente definido. Actores, secundarios, incluso los paisajes, todo, ha de estar perfectamente definido pues, en contra de lo que pueda parecer, la dosis de improvisación que a priori se puede esperar de la práctica lícita de La Política no tiene aquí cabida pues la condición de artificial del proceder demagógico anula toda expectativa lógica.

Es por ello que si identificamos en la Demagogia el hilo conductor del proceder destinado a explicar la suerte de coherencia llamada a aportar orden dentro del desbarajuste al que parece tender la actividad Política en nuestro país; indirectamente habremos de asumir que es esta mima Demagogia la llamada a instruirnos en el proceder de todos y cada uno de los protagonistas del paisaje refrendando. Y esta afirmación incluye especialmente al Sr. SÁNCHEZ, incluyendo su supuesto no porque no.

Es la Política mucho más que una forma de entender la Vida. Podremos decir de hecho que la Política es en sí misma, una determinada forma de vivir. Por ello, cuando la Política cambia, cuando la forma de hacer Política cambia (cuando triunfa la Demagogia), el verdadero problema no es sino la aceptación de que es la Vida la que verdaderamente ha cambiado.

Es entonces cuando llega el momento de comprende que no es sino asumir, lo llamado a convertirse en el nuevo quehacer del Hombre. Asumir que no vivimos, que, a lo sumo, aspiramos. Aspiramos a ser, a sentir, a indagar. Y aquellos afortunados, los llamados a saber que saben, pueden hacer de su Vida un eterno retorno, pues sabedores de los sinsabores a los que el saber les condena, se erigen en único dueños de la Vida, separando la certeza del rayo de la incógnita nebulosa del trueno…
Para los llamados a necesitar de un ejemplo, tal vez una metáfora humana les baste: Don Quijote, sabía.

Pero saber no es fácil. Para ser más exacto, vivir sabiendo no resulta en absoluto sencillo. Es más, a menudo, si no estás preparado, la acción continua de saber, redunda con su perturbador eco en la a menudo acción pasiva de vivir. Es así que para vivir basta. Basta con respirar, con dejar pasar. Incluso con soportar. Por el contrario, vivir sabiendo exige de una toma de postura, es en sí misma una cuestión proactiva. Una cuestión que redunda de manera natural en el desarrollo de efectos, efectos que tienen sus causas en los que viven sabiendo.

Y Don Quijote sabía. Su ¡…que no son molinos Sancho, que son gigantes! Encerraba muchas y muy variadas cuestiones. Cuestiones tan variadas, y a la vez tan importantes, que han sido objeto del interés ya fuera éste consciente o inconsciente de autores posteriores. Así lo desvela la oscuridad de Ferdinand LaSalle cuando la frustración motivada por el Hombre le lleva a afirmar: No nos señaléis el fin sin los medios, pues medios y fines se hallan de tal modo ligados en este mundo que si cambian los unos cambian los otros, y cada senda distinta tiene otros fines.

Así que, Mariano, de la lectura atenta no tanto de tus palabras, sino más bien de tus silencios; obtengo, supongo que muy a tu pesar, la certeza de que no ya el Sr. Sánchez, como sí más bien su “No”, no es que estén acertados, sino que encierran en sí mismos la única opción posible. Todo lo demás no es sino Demagogia, o como dice Maquiavelo en Instrucciones a Rafaello Girolami: “A veces las palabras han de servir para disfrazar los hechos. Pero esto se debe hacer de tal manera que nadie se dé cuenta; o, si se notase, es preciso tener dispuestas las disculpas para poderlas interponer inmediatamente.”

Así pues, Sr. Sánchez, le queda la labor más difícil. La que pasa por constatar que la Demagogia no ha triunfado del todo. La que pasa por constatar que aún hay espacio para la Política. Curiosamente a partir de algo tan aparentemente restrictivo como es un “no”, habrá de erigirse la mayor fuente de afirmaciones que existe, la que procede del noble arte del ejercicio de la Política.

Pero recuerde Sr. Sánchez. No puede traicionarnos. De hecho, llevamos siglos vigilantes, pues siglos lleva el camino marcado:

Que vuestra palabra sea sí, sí, no, no; lo que se añade es espacio para la maldad.
Mateo 5:37


Luis Jonás VEGAS VELASCO.

martes, 7 de junio de 2016

EL PRESENTE VACUO. EN REALIDAD UNA RENUNCIA VINCULADA AL FUTURO.

Abrumados por los profetas de la sinrazón, postergados en nuestras catastrofistas reflexiones no ya tanto por los que postulan un desatino en lo que habrá de venir, como sí más bien por los que se empecinan en distraernos de nuestra primera y básica obligación, a saber la que pasa por saber transitable no tanto la travesía que habrá de venir, como sí más bien la que hace referencia a la superación de la corriente que ahora mismo amenaza con arrastrarnos con su impetuosa fuerza; es cuando al contrario de lo que parece ser lo comúnmente expuesto que yo voto por pararnos, valorar y, si no supone un esfuerzo demasiado grande (en realidad si no es así es porque no merecerá realmente la pena), reflexionar en pos de encontrar no tanto respuesta a lo que parece está por venir, sino más bien a lo que constituye ya en sí mismo una realidad clara y distinta. Pese a quien pese, hoy por hoy, la única realidad.

Inmerso en un proceso de permanente evolución, el Hombre Moderno, o por ser más concisos, la idea de que de sí mismo éste tiene, transita por un proceso que se inicia con su propia superación, para terminar alcanzando una suerte de clímax al que se llega cuando en principio no ya él mismo, sino más bien el análisis pormenorizado de las circunstancias en las que incurre su devenir, arrojan sobre él la conclusión de su preponderancia, amparada en una suerte de exclusiva consideración.

Abrumado entonces por abrumarse, el Hombre Moderno sufre una catarsis. Es entonces cuando, teniendo claro quién sabe si por primera vez la dirección en la que ha de encauzarse la búsqueda de sus principios, toma las primeras decisiones las cuales no por viscerales, apuntan a tener consecuencias menos estructurales.

Así que de manera parecida a cuando Saulo se cayó del caballo, la realidad, o al menos la interpretación que de la misma estamos capacitados para hacernos, surge de manera aparentemente clara y distinta, conciliando no tanto en torno a sí misma, cuando sí más bien en torno al especial modo de acceder a la misma; alimentando de manera evidente una suerte de consideración amparada en la especulación, que hará de la persecución del futuro no ya la más adecuada, a saber la única disposición hacia la que habrá de tender el Hombre.

Se suprime pues la conversación, para abandonarnos a los deseos. Se renuncia al valor absoluto de lo que es, para apostar por la inseguridad de aquello que puede, o no, llegar a ser. El presente queda reducido a un testimonio, el futuro es en sí mismo el único tiempo verbal en el que se permite conjugar la vida.

Así y solo así, desde las consideraciones propias de un mundo real, que parece más bien de Ciencia Ficción podemos, de alguna manera, aspirar no ya a vivir de manera coherente, lo que hoy resulta toda una utopía; como sí más bien a convertir en transitable un presente que está lleno de obstáculos, la mayoría de los cuales han sido puestos por los mismos que hoy aspiran, otra vez, a erigirse en los capitanes que habrán de llevar a puerto el barco en el que todos nos hallamos.

Y en medio de la chanza, como prueba máxima y a la sazón evidente de la perversión en la que nos encontramos instalados, la prestidigitación se abre paso como mecánica competente para desentrañar el último de los misterios, el destinado a explicarnos la última estafa. La que pasa por constatar como nos han robado el presente, a base de prometernos el futuro.

De la ilusión no como posibilidad premonitoria, sino como falacia especulativa.


Luis Jonás VEGAS VELASCO,

martes, 26 de abril de 2016

FELICIDADES, A QUIEN CORRESPONDA.

Referido a los últimos acontecimientos, y vinculado quién sabe si al debate que en muchas ocasiones se pone de manifiesto al tener que diferenciar entre lo justo, y lo verdaderamente adecuado; lo cierto es que a la vista de la necesidad de tener que decidir sobre la conveniencia o no de la ya a estas horas, nueva cita electoral, bien podríamos decir, sin ánimo de caer en lo superficial, que como Jack NICHOLSON le dice  Tom CRUISE en “Algunos Hombres Buenos”: “…Hoy puedes creer que tus actos son correctos, pero solo el tiempo demostrará el verdadero daño que le has inflingido a esta nación.”

Lejos de entrar siquiera de pasada en debates tales como si la nueva cita electoral constituirá o no en sí misma una muestra del éxito dentro de la larga y prometedora carrera en la que se encuentra inmerso nuestro “Modelo Democrático”, no me abstendré en absoluto de decir que por encima de otras consideraciones de carácter en sí mismo necesario, la clara consideración  contingencia a la que a partir de este momento habrá de enfrentarse el que muchos tienen ya asumido como un largo talante democrático, tan largo que como hemos de recordar no han dudado en exportarlo por todo el mundo, en ocasiones incluso por medio de las Fuerzas Armadas; ha sufrido hoy un más que duro revés.

Así, solo el tiempo podrá dilucidar no ya quién ha ganado, a lo sumo quién ha perdido menos, a partir de las consideraciones que necesariamente habrán de extraerse del hecho tal como es el de contrastar la veracidad de la que la realidad es mordaz resumen a saber, que después de cuatro meses sin Gobierno, y tras sufrir un más que largo, agotador proceso del que sin duda las más profundas estructuras del Estado acabarán por mostrar su deterioro en cuanto tengamos un instante para escucharlas; este país, o más concretamente sus representantes, se han mostrado no ya incapaces, yo diría mejor abiertamente inútiles, para llevar a cabo no ya su trabajo, a mi no me gusta reducirlo a tal; como sí más bien su función.

Es por ello que antes de pasar a las cuestiones de carácter más cuantitativo, como son las propias de buscar no ya culpables, sino abiertamente alguien sobre quien cebar las culpas; si que me gustaría llamar la atención sobre una cuestión que por abstracta, sin duda que pronto pasará desapercibida, toda vez que en la vorágine que seguro a partir de mañana se orquestará, ya nadie se pondrá en disposición de valorar.
Esa cuestión no es otra que la que parte de tratar no ya de averiguar, a lo sumo de percibir, la magnitud del daño que se le ha causado al sueño de modelo de estado sobre el que muchos depositan todas sus esperanzas, en tanto que de verdad, llevan años creyendo firmemente que de verdad es éste un país moderno, verdaderamente asentado sobre sólidas estructuras democráticas, de las cuales ciertamente cabe esperar serán capaces por sí solas de articular toda suerte de procederes destinadas, como buen analgésico, a paliar cualquier dolor procedente de algún traumatismo inducido por los malos, en alguna muestra de sus continuos ataques.

Será precisamente a esos, mis queridos políticos, a los que habréis de dirigir la mirada sin tardar mucho, probablemente a partir de mañana mismo, una vez vuestra ceguera mercantilista os ponga ya en modo electoral, y tal disposición se traduzca en la superación de los mensajes de frustración hasta hace unas horas imbricados, para pasar, sin solución de continuidad, a los mensajes/falacia a los que para nuestra desgracia nos tenéis acostumbrados.

Porque muy probablemente lo que subyace a esa condición de costumbre en la que digo navega la voluntad del electorado, sea precisamente el hecho de que entre mentira y mentira habrían de discurrir, al menos hasta ahora, cuatro largos años. Sin embargo, en este caso, apenas habrán transcurrido seis meses.
Una cuestión se presenta entonces como única consideración inquisitiva, la que pasa por verificar quién de los implicados será más rápido a la hora en este caso no tanto de promover sus promesas, como sí de borrar sus huellas.
¿Cuánto tiempo le llevará a Pablo IGLESIAS borrar los efectos de la cal?
¿Será capaz el Sr. SÁNCHEZ de salir indemne de la infección programática a la que le ha conducido sin duda el revolcón dado con CIUDADANOS?
¿Cómo llevará el Sr, RIVERA pasar del posado en pelotas, a tener por fin que claudicar al traje y la corbata, sin duda azules?
Del Sr. GARZÓN ni hablo. Observo solo como se diluye…

Y en medio de todo, y lo peor de todo, que ejerciendo de convidados de piedra, la población española; asistiendo en silencio, por incredulidad más que por convicción, a un espectáculo que no por esperado, resulta menos patético.
Un espectáculo que, no lo dudemos, tendrá consecuencias. Unas consecuencias cuya magnitud, o por ser más exactos, por el contraste que se da entre esa magnitud, y la laxitud de los protagonistas, a saber nuestros políticos, solo podrá ser asumida que no medida, cuando el paso del tiempo revierta sobre nosotros, como el mal con los cadáveres, todas las consecuencias de carácter estructural.

Porque si de algo no debemos olvidarnos, es de que así como la Política es el reflejo de una Sociedad, aquéllos llamados a representarnos en el ejercicio de la misma, son por procedimiento nuestro reflejo. Por ello su fracaso es nuestro fracaso, no el de la Política, pues ésta, como abstracción, resulta inabarcable, sobre todo para agredirla con semejante menosprecio.

Preguntémonos pues qué hemos podido hacer para merecer no ya una representación tan mediocre, como sí más bien tan alienada, carácter que adquiere toda su dimensión si lo asumimos desde el punto de vista del evidente distanciamiento que actualmente existe entre el político, y la realidad de la calle a la que no lo olvidemos, en algún momento creyó representar.

Veamos qué podemos responder a tamaña cuestión, y decidamos después si nuestro papel en el espectáculo es como pensamos de meros espectadores, o por el contrario estamos dentro del listado de personajes principales.


Luis Jonás VEGAS VELASCO.


martes, 5 de abril de 2016

ESPAÑA UN PAÍS GENEROSO.

Es España, sin duda, un país generoso. No ya la frase, probablemente ni la opinión, son en el fondo mías. No ya responden, son extracción directa, de una entrevista que en su momento Dª. Pilar DE BORBÓN concedió a Antena 3 Televisión.

Corrían sin duda otros tiempos. Tiempos en los que no ya D. Juan Carlos, sino más bien la Corona, se sentían intocables. Eran aquellos tiempos en los que todos creíamos volar, aunque luego la realidad se encargara de demostrar que solo unos pocos volaban más alto y más lejos que otros. Tiempos en los que en mayor medida, muchos eran los que se conducían como auténticos pájaros.

Pero nuestro aquí y nuestro ahora, más que haber cambiado, no hace sino poner de manifiesto lo mucho que nos perturba el no haber sido partícipes a título personal de las esencias que tras ese cambio se oculta. Así, el deseo de ser palomas ha evolucionado hacia la voluntad de ser halcones. Y al final nos despertamos con la resaca que depara el saber que no somos, a lo sumo, más que meros y soeces buitres.

Amanezco pues con nada más que con el baño de realidad que la actualidad me depara, y es que me encuentro arrinconado con el recurrente deseo que acudir al nihilismo me  produce cuando veo a la Infanta mayor (sí, el todavía hoy Rey honorífico también tiene hermanas, y por cierto, tenía hermano), decir que efectivamente, España es un país generoso. Así cuando le pides, da.
Se trataba sin duda, de otros tiempos. Los tiempos en los que si bien España como institución aún recordaba las pesadillas con las que su Historia le atormentaba por las noches; los españoles parecían haber firmado un pacto no ya de silencio, más exacto sería decir de ficción pues las bases en las que el mismo se sustentaban parecían arte y objeto del guionista de Juego de Tronos.
Y como parte especialmente vinculante de tamaña ficción, la relación que cada español mantenía no ya con su institución, cabría mejor decir con su Rey, resultaba especialmente vinculante.

Hablo de aquellos tiempos que se resumían en el conocido lema: “España puede que no sea monárquica, pero es sin duda Juancarlista”.

Es por ello que una vez caído hoy por hoy el telón, el velo que algunos dirían, que han quedado desvelados muchos, por no decir todos, de los espectáculos que durante años han acompañado a nuestra Historia. Espectáculos de los que en su mayor parte no es que sean responsables sus auténticos protagonistas en tanto que agentes activos; como sí más bien lo hemos sido quienes lo hemos permitido, o en mayor o menor medida consentido, toda vez que con el silencio cómplice lo hemos justificado.

Porque si en algo tenía razón el otro día la Infanta era, precisamente, en lo generosos que los españoles hemos sido con Los Borbones.
Generosos en este caso, no tanto en relación a lo que les hemos dado, como sí más bien diría yo en lo que hemos preferido guardarnos. Porque curiosamente si de algo podemos estar orgullosos los españoles en lo que concierne a nuestra relación para con la Institución Monárquica, ése algo no estriba precisamente en lo que les hemos dado, pues todo aquello que pensaba les pertenecía, se apropiaban ellos de motu propio. Habrá pues que buscar el motivo de nuestro orgullo precisamente en lo que nos hemos contenido, en lo que hemos preferido guardarnos.

Por ello, Dª Pilar, fíjese si somos generosos en España que, como ya hicimos con la familia del Dictador, no solo no consideramos necesaria su expulsión, sino que más bien, quién sabe si como castigo, obligamos a todos sus integrantes a imbuirse en el seno de la chusma, obligándoles a confundirse  con la esencia de todos aquellos a los que durante decenios despreciaron; participando, aunque solo fuera de oídas y por un instante, de las emociones vitales que conforman el devenir de los que estaban llamados a ser, como mucho, Siervos de la Gleba.

Por ello hoy, Dª Pilar, asistimos a un espectáculo tan bochornoso, que ni tan siquiera de su debatirse puede extraerse ni promesa de satisfacción. Así, la abdicación no es que removiera conciencias, más bien puso de manifiesto que de tales no andábamos lo que se dice muy sobrados. Así, D. Juan Carlos y sus acciones, y quién sabe si sus dejaciones, mataron al Juancarlismo.

Por ello, Dª Pilar, que usted espere poder ocultar las miserias que personifica, y que precisamente por su cargo a usted sola no pertenecen, no hace sino poner de manifiesto lo generoso que efectivamente es este país. Un país que ha pasado de no dejar al heredero casarse con la hija de una divorciada, a presenciar hoy mismo como una Reina, divorciada ella, se pone en ridículo al montar una escenita a un vasallo que no solo no le estaba sacando una foto, sino que ni siquiera le estaba prestando la ¿debida atención?

Por ello fíjense si somos generosos, que les dejamos seguir, haciendo buenos a sus antepasados, a la vista de la calidad de los actos de los actuales.


Luis Jonás VEGAS VELASCO.

jueves, 24 de marzo de 2016

ESTAMOS NUEVAMENTE A OSCURAS.

Vivimos en un mundo en silencio, a pesar de que ahora más que nunca, sobran motivos para gritar. Vivimos en un mundo a oscuras, precisamente ahora que pensamos nos envuelve la luz. Vivimos en un mundo que no vive, precisamente ahora que creemos firmemente estar rodeados de vida por todas partes.

Entonces, una única pregunta parece no ya emerger, como sí más bien atrapar a todas cuantas podamos llegar a hacernos: ¿En qué medida estamos realmente vivos?

En un aquí y en un ahora imperturbables; en tanto que nunca como ahora el Hombre se ha creído dueño de sí mismo, lo único que paradójicamente parece envolvernos a todos es la única certeza que no subyace sino en la sempiterna duda, la que se esconde tras la problemática que supone llegar a averiguar en vida si realmente se ha vivido, si se ha vivido correctamente.
Mas  esa respuesta, tal y como suele ocurrir con la mayoría de las cosas realmente importantes, nos está vedada. O tal vez por ser más precisos, habría que señalar la imposibilidad de llegar a ella por medios propios es decir, por uno mismo. Más bien al contrario, el valiente que desarrolle la osadía de plantearse abiertamente la cuestión, habrá de seguir profundizando en la oscuridad propia de los caminos insondables, para terminar por concluir que los actos no son, en tanto que no producen; y la capacidad para valorar la adecuación de lo producido es algo siempre exógeno al agente instigador. Por ello, la capacidad para valorar convenientemente los actos es algo que se encuentra siempre en los demás.

Construimos pues un código de actos, y de la comparación que establecemos entre éstos, y el más parecido a nuestra acción, extraemos una suerte de paralelismo dentro del cual iniciamos la burda ilusión de pensar que efectivamente podemos llegar a considerar por nosotros mismos la valía de un acto que efectivamente ha sido llevado a cabo por nosotros mismos.

En la constatación de ésta, y de otras parecidas aberraciones, se basa el principio por el que podemos definitivamente aceptar la prescripción definitiva de los parámetros en los que hasta relativamente poco se asentaba la certeza en base a la cual vivíamos en lo que podría haberse denominado el Gran Momento de la Historia.

Sin embargo, ha sido dejar que el Hombre tomara conciencia de tal hecho, y comprobar sin el menor género de dudas el inicio de una alocada carrera cuyo destino parece ser, ahora más que nunca, lograr de manera rápida, y con la mayor eficacia posible, la total y absoluta destrucción del Ser Humano.

Lograr la absoluta erradicación del Ser Humano. ¿Acaso alguien duda de que solo el propio Ser Humano es hoy por hoy el dotado para lograrlo?

Desde los ancestrales tiempos en los que iniciamos el camino pasando De el Mito al Logos; hasta el día en el que Copérnico renunció a la publicación de su Obra porque hubo de reconocer que No es el orden sino la presunción de la ausencia del Caos, y tal hecho es por naturaleza ajeno al Hombre; múltiples han sido los procesos a los que el Hombre se ha sometido, ya fuera de manera consciente o inconsciente. Pero todos ellos tenían un denominador común, el que pasaba por aceptar la predisposición para aceptar el error, inmersa la tal predisposición en la certeza inconsciente de que siempre habría un mañana, identificando como tal el tiempo y el espacio destinado a erigirse en el nuevo escenario a partir del cual sería posible llevar a cabo la reconstrucción de un nuevo devenir.

Sin embargo, si algo define con precisión la postura desde la que se puede identificar cómodamente a cualquier individuo del Siglo XX, postura que se ha agudizado en este principio del Siglo XXI, es la que pasa por constatar hasta qué punto el Hombre se ha creído cada vez más cerca de la Verdad. Y esta ¿certeza? ha redundado en una pérdida de humildad cuya máxima revisión pasa por la no aceptación del error como una opción. De ahí que no haya espacio para las segundas oportunidades.

Conciliamos con ello poco a poco la respuesta a la mayor de las preguntas que hoy podemos hacernos: ¿Por qué al Hombre Actual le cuesta tanto vivir con sus semejantes? Tal vez porque realmente cada vez estamos más lejos de considerar al otro como nuestro verdadero semejante.

¡Pero tal consideración es absurda! Dirán ahora muchos. Y una visión del mundo actual no parecerá sino darles la razón. Sin embargo bastará retornar de nuevo con esa misma visión, bastará con darle un poco más de perspectiva, para comprobar hasta qué punto nunca como ahora hemos sido tan conscientes, y lo que es peor, nos hemos esforzado tanto, en poner de manifiesto esas que hemos llamado pequeñas diferencias, que en realidad nos resultan imprescindibles no tanto para diferenciarnos de los demás, como sí más bien para podernos recordar a nosotros mismos cada día quiénes somos realmente.

Instalamos pues en el reconocimiento de la diferencia la identificación de nuestra esencia. Lo hicimos primero cuando comenzamos a decir quiénes somos, partiendo precisamente de las diferencias que encontramos para con el resto de animales. Asentamos así pues nuestra identidad, y cuando el espacio que este concepto ocupaba fue demasiado extenso, toda vez que dejó de encontrar satisfacción postergando su actividad respecto de los animales; fue cuando comenzó a devorar a su creador, pues pronto las diferencias que permiten erigir la esencia de la identidad dejaron de surgir de la comparación entre los animales y el Hombre, para pasar a estar entre los Hombres “en tanto que tal”.

A partir de ahí, el camino ya no es que sea sencillo de identificar, es que se transita por sí mismo. Aceptada la alusión a la diferencia, comienza de manera inexorable la categorización de los sujetos adscritos a la acción proclive a la misma. ¿Cómo? Acudiendo ahora de manera más soez que nunca a esa Tabla de clasificación antes mencionada. Una tabla de clasificación que denominaremos Moral, o antes incluso Religión, en un vano intento de envolver en perfume lo que de por sí no expele sino el fétido aroma en el que es fácilmente reconocible la corrupción.
Porque de eso se trata, de la pestilencia de la corrupción. Una corrupción que realmente lleva largo tiempo inmersa en nosotros, en tanto que dio sus primeros pasos al abrigo de los nuestros. Una corrupción que por ser plenamente identificable en nosotros, hace imposible la ubicación siquiera excepcional de un solo hombre del todo libre de la misma, pues la mera aceptación de la carencia de humildad, hecho implícito en la misma acción, implica ya corrupción como tal.

A partir de ahí, las conclusiones son evidentes. El aquí y el ahora que al menos en apariencia, nos ha tocado vivir; lleva aparejado una suerte de desinencia que manifiesta su disconformidad en la permanente puesta de manifiesto de procederes del todo inconexos, cuando no abiertamente incoherentes; el mayor de todos los cuales parece resumirse en una frase: ¿Por qué si precisamente parece que vivimos en el mejor de los momentos posibles, la certeza nos demuestra que el Hombre no ha sido nunca más infeliz que ahora?

Como es de suponer, no tenemos respuesta a tamaña cuestión. Lo único de lo que estamos seguros es de que una vez más, el tiempo se nos acaba. ¿Por qué? Pues porque de constatar por la experiencia que la Historia nos proporciona que el Hombre ha retomado la senda de la autodestrucción por la que en anteriores ocasiones ya ha transitado; lo que en este caso hace más llamativo ese tránsito es la certeza de que hoy como nunca antes el Hombre ha dispuesto de la capacidad de destrucción suficiente como para lograr la en principio deseada aniquilación de su propio ser, comenzando por su propia identidad.

A partir de ahí, habría que reconsiderar la cuestión: ¿En qué medida no estamos realmente muertos?


Luis Jonás VEGAS VELASCO.


martes, 1 de marzo de 2016

CUANDO ACEPTAMOS QUE NO HA GANADO NADIE…

Asumimos entonces que hemos perdido todos.

Aceptémoslo, en esta sociedad neoliberal, en la que todo es postureno cuando no chovinismo;  nada puede sonar más tétrico, o si se prefiere más lamentable, de lo que ha hecho el discurso de ¿investidura? Pronunciado hoy por el Sr. Sánchez.

Así como sonaba el florero de mamá al romperse, en los tiempos en los que todavía creías podías esconderte detrás de las vanas excusas. Así como sonó el primer retrovisor de coche que sucumbió ante aquel terrible balonazo destinado a convertirte quién sabe si en máximo realizador de la liga de primera división; así ha sonado el discurso del Sr. Sánchez.
Sin embargo, lo cierto es que pecaría de injusto en el caso de seguir empecinado en comparar aquel tremendo zurdazo, con la farsa de tiro con marcado efecto a la derecha  en la que unos y otros se han empeñado en convertir el espectáculo al que hemos asistido en la tarde de hoy.

Alguien dijo que aceptar una injusticia era como hacerles trampas al destino. Asumiendo que el destino puede ser el resultado de responder de manera ordenada a la suerte de preguntas que la realidad te impone; bien podríamos decir que lo de hoy no ha sido sino la conculcación no ya de una serie de normas y valores (lo cual podría resultar hasta excitante en la medida en que podría suponer el principio de una suerte de revolución), sino la consagración definitiva de algo que algunos llevan tiempo anunciando. Algo en cualquier caso mucho menos Romántico, mucho menos Noble.

Escuchar hoy el monólogo al que la ordenación de procederes ha tenido a bien reducir el Debate de Investidura da lugar, o al menos debería hacerlo, a muchas conclusiones. Una de ellas, no sé si la primera, pero tal vez sí la más importante, ha de pasar necesariamente por la constatación de que ya definitivamente, tal y como nuestros representantes nos demuestran, parece normalmente aceptado el hecho de que definitivamente hemos cambiado el modelo desde el que damos validez cuando no importancia, a las cosas.
Semejante cambio, implementado obviamente a partir de la aceptación de que el anterior modelo ha sido superado, cuando no ha fracasado directamente; se muestra ante nosotros de manera clara y distinta precisamente a partir de la toma en consideración de algunas de las cosas dichas, cuando no mencionadas por el Sr. Sánchez.

Así, haciendo buenas las afirmaciones que aquí llevamos tiempo vertiendo, la certeza de que la Ideología es un fenómeno que en Política es exigible tan solo a los militantes, para los cuales se erige en refugio; en tanto que para los representantes y líderes la exigencia de tal Ideología, lo que convencionalmente se resume en coherencia, acaba dando lugar a un obstáculo tan grande que acaba por convertirse en insuperable; es algo que hoy ha quedado netamente patente.

Porque entre metáforas culinarias, guiños al destino (el cual hoy ha tenido a bien personarse bajo la forma de alguna sonrisa sardónica); y ostensible citas con el futuro reducido éste a una semana; lo que el Sr. Sánchez ha deslizado no es sino una bomba de relojería. Una bomba de relojería cuyo detonador pasa por aceptar que, efectivamente, la sostenibilidad de la Ideología no es sino el principio del fin.

Desde la luz que proporciona esta nueva perspectiva, afirmaciones como las emitidas por el Sr. Sánchez en base a las cuales ·”resulta comprensible hoy en día que la Economía determine la Política…” adquieren visos no ya de ser comprensibles, sino que yendo si cabe un poco más allá, nos permiten incluso hacernos una idea de quién es verdaderamente el Sr. Sánchez. O por ser más justos tal vez sería más adecuado decir que afirmaciones como éstas nos permiten saber con mayor certeza en qué lugar de la Política moderna se encuentra hoy el Sr. Sánchez.

Que nadie se confunda, decir esto no significa, ni remotamente, que el discurso pronunciado hoy por el Sr. Sánchez haya de servir ni para describir política alguna, ni mucho menos para orientar ningún cambio en la misma que pueda optar en convertirse en algo digamos remotamente digno de ser tenido en consideración.

Más bien al contrario, el discurso que hoy ha pronunciado el Sr. Sánchez ha sonado más bien a epitafio. Un epitafio que habrá de identificar la tumba no ya de una Política, cuando sí más bien de un Sistema. Porque solo desde la comprensión de la frustración que embargaba hoy al Sr. Sánchez, podríamos llegar  a intuir siquiera vagamente la dramática certeza de la que el se cree único conocedor. Una certeza que pasa por asumir que tanto lo cánones como por supuesto los esquemas que hasta el momento se habían mostrado eficaces para interpretar la realidad, se revelan ahora como absolutamente inútiles.

Llegados a este momento, en el que las pinturas que decoran los pasillos otrora tan transitados hoy ya no nos son reconocibles. En un momento en el que incluso los espejos parecen haber iniciado un cruel sueño, toda vez que no nos reconocemos en la imagen que nos devuelven;  es cuando de manera tan instantánea como dramática, topamos con la cruel realidad. Una realidad que pasa por asumir, ya no vale con constatar, que los tiempos del cambiemos unas pocas cosas para que al final no cambie nada; ya no es que no sirva, es que caer en ello como recurso conlleva tu inmediata expulsión de la partida.

Os tratáis pues, Sr, de un jugador viejo. Tal vez vuestra edad apunte lo contrario, mas vuestras formas os delatan. Y las formas son en Política, como ha quedado ahora de manifiesto, algo más que un ingrediente.

Por ello, tal vez por ello, que ni una sola vez os he llamado Candidato a la Presidencia. A lo sumo, Sr. Sánchez.


Luis Jonás VEGAS VELASCO.