martes, 22 de enero de 2013

CON PASO INFATIGABLE, HACIA LA PROFUNDIDAD DE APLASTAMIENTO.


Se define la profundidad de aplastamiento, como el máximo nivel al que una nave puede disponerse a descender en un fluido, antes de que el peso de la columna de éste provoque su implosión.
Como podemos percibir sin demasiado esfuerzo, se trata innegablemente de un término náutico, mas evidentemente por una mera cuestión de discordancia temporal, el magnífico Jorge Juan de SANTACILIA no pudo ni tan siquiera aproximarse a él. Sencillamente porque entre el marino e ingeniero, y el mencionado concepto, sólo Julio VERNE fue capaz de aproximarse, antes de la invención como tal de la primera nave con capacidad autónoma para la inmersión.

Y será mejor que, antes de que alguien se nos ahogue definitivamente, que proceda con las merecidas aclaraciones las cuales nos permitan si no establecer, sí al menos intuir, las múltiples a mi entender vinculaciones que podemos establecer entre aquellos tiempos, y estos, tan tumultuosos y tormentosos que nos ha tocado vivir.

Nos hundimos. Eso es, a estas alturas, una certeza matemática. A estas alturas, tan solo nuestro orgullo humano, el mismo que por otra parte nos ha llevado a construir un edificio social que a todas luces es incapaz de sostenerse por sí mismo; es el mismo que pueda acompañar las prosaicas tesis de aquéllos que se nieguen a compartir tal aseveración.
En consecuencia, y una vez superado el shock inicial ligado a la comprensión de la noticia, la única acción responsable pasa por iniciar las acciones que tengan como resultado la detención del hundimiento para, una vez alcanzado tal hecho, se puedan iniciar las acciones de reflotamiento.

Siguiendo con la paradoja, si no abiertamente con la metáfora; la primera acción, de obligado cumplimiento, pasa por tratar de localizar el punto en el que se encuentra la vía de agua. Una vez localizada, habrá que ver la gravedad de la misma, y finalmente verificar la afección total de la nave, y en su caso verificar la estabilidad de la misma. Dicho de otra manera, especular sobre la capacidad o no del sumergible para volver a navegar.

Pero además, tan importante como todo lo expuesto, o tal vez más, sea el someter a suficiente grado de comprensión el hecho de que la nave está compuesta por mucho más que los elementos mecánicos. La nave se constituye en pos, por y para servir a una tripulación, personas en definitiva, que a su vez se dividen por cuestiones obvias en dos grandes estamentos, tropa y oficialidad.
La tropa responde abiertamente con su conducta y competencia, del correcto funcionamiento de la nave y sus componentes.
La oficialidad asume la función de coordinación adecuada de los esfuerzos de la mencionada tropa, poniendo especial énfasis en la optimización del esfuerzo desarrollado por aquéllos, el cual redundará definitivamente en el bien común.

A nadie se le ha de escapar a estas alturas que el pegamento que mantiene unido tan delicado equilibrio, es el de la responsabilidad. Una responsabilidad que hace comprensible aspectos tan aparentemente complicado a la hora de tratar de entenderlo sin la posesión de las variables internas, como el apresamiento de las relaciones que se materializan en el binomio administración-administrado. Una relación que es incomprensible si no asumimos de parte aspectos absolutamente contingente como pueden ser la cesión voluntaria de poderes que se encuentra en la base del Sistema Representativo que nos rige.

Porque dando por explicadas un montón de variables de parte, y dando por sentada la aceptación de otras muchas; a lo único a lo que indefectiblemente llegaremos una vez sometido al correspondiente análisis estructural de la mayoría de componentes sobre los que no ya se sustenta, sino abiertamente se apoya nuestro supuestamente insumergible Sistema, es aquélla que pasa por comprender que todo, absolutamente todo, funciona por una a veces indescifrable ecuación de competencia, buen hacer, confianza y buena fe, de las que participan según su condición una vez los administradores, y otra vez los administrados.

Y en la base, como siempre, la responsabilidad.

Es la responsabilidad uno de los términos más hermosos que existe. Ya sea en su carácter reflexivo, o en su vertiente recíproca, la responsabilidad puede convertir a los hombres en dioses; así ante determinadas circunstancias, cualquiera puede hacer como el dios Chronos, y literalmente ponerse el mundo sobre sus hombros. A la vez, en caso de acudir a la vertiente recíproca, la responsabilidad puede convertirse en un lamentable conato de excusas, propia no ya de dioses, sino de plañideras circunspectas en un funeral de la Sevilla del XIX.

¿Qué nos lleva entonces a ser capaces de diferenciar una responsabilidad de la otra? Pues como suele ocurrir en todas las grandes ocasiones, la incorporación de otro ingrediente. De un catalizador en este caso, por ser más cuidadoso.
Entra entonces en juego el respeto. Pero no un respeto cualquiera. Se trata sin lugar a dudas del mejor de ellos, al menos en lo que concierne a conductas sociales. Se trata del Respeto Kantiano.

Se trata el respeto kantiano, de aquél que se hace presente respecto de las cosas, en tanto que tal, esto es, sin necesidad de esperar al desarrollo de consecuencias, o a la espera de resultados. Es el respeto en sí mismo, en estado puro. El respeto que se merecen las cosas en si mismas, por el mero hecho de ser, de acaecer, o de materializarse.
Es el respeto inherente. El que corresponde a las cosas por el mero hecho de estar, el que se debe a las personas por el mero hecho de existir como tales, o sea, viviendo en consonancia con tal condición.

Es un concepto que se comprende por aplicación mejor que por definición. Así, el respeto kantiano se da en el escritor no que escribe para vivir, sino que vive para escribir. Así, aplicado a los políticos, alcanzará su máximo desarrollo en el ejercicio de aquél político que comprende desde el primer momento, engrandeciéndolo pues a cada instante con su quehacer, que él es tan solo; nada más y nada menos, que un servidor público, que se engrandece a sí mismo y engrandece a los demás cada vez que su voluntad de servicio renueva el sacrificio que da vertebración a nuestro tejido representativo.

Por ello, retomando la dinámica, algo se me remueve irreversiblemente por dentro cuando observo y escucho atentamente al Sr. FLORIANO, elemento activamente perteneciente al partido que ostenta hoy el Poder en España; adjudicarse el rasero moral que puede mantener, o por el contrario sacrificar, la estabilidad de la Democracia en España.
Así, cuando en el siguiente fotograma veo a BÁRCENAS proclamar su inocencia; o en el siguiente a RUBALCABA atribuyéndose la autoría de los protocolos que en principio han de activar a la ¿Justicia? En pos de tales señores, es cuando de verdad comprendo el grado de ficción al que, irrefutablemente, hemos sido trasladados.

Un grado de ficción que acaba convirtiéndose en adusto temor, cuando verifico, presa del frenesí, que a lo más a lo que podemos aspirar los que componemos la tropa, es a que estos que se llaman a sí mismos oficialidad, vuelvan a perdonarnos la vida, decidiendo no para nosotros, sino más bien a pesar nuestro, ¿Recuerdan el Despotismo Ilustrado? Todo para el Pueblo, pero sin el Pueblo.

Por ello, sin que se me malinterprete, les ruego me permitan poner mis esperanzas en La Ilustración, o en personas como Baltasar Melchor Gaspar de Jove Llanos y Ramírez; quien a ojos del ingente ensayo publicado por Julián MARÍAS en 1962, “…no es ya el último kantiano que se ha permitido España. Tal vez haya sido el único”

¿Buscamos entonces nuestra salvación en el futuro, o tal vez la hallemos indagando en nuestro pasado?

Luis Jonás VEGAS VELASCO.


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