martes, 16 de abril de 2013

DE LAS CUESTIONES LATENTES, DEL MIEDO QUE SUSCITAN. DE LA SEGUNDA REPÚBLICA, Y LA CUESTIÓN DE LA TIERRA.


Las últimas campanadas han teñido ya de adiós las últimas luces de la tarde. Anochece. Y no lo hace tanto porque el sol haya abandonado ya, con la cadencia de la letanía, como por el hecho de que un día más, el silencio se ha adueñado de todo, incluso de los rincones que sin ir más lejos esta misma mañana, se veían azotados por las voces calamitosas de unos y otros, convencidos todos de que a su manera, pueden no ya contribuir, sino resolver por sí solos las carencias de un sistema que, hoy por hoy, se revela completa y absolutamente agotado.

Es así que precisamente desde tal postura, la que convierte al silencio en el mejor de los amigos, y a la prudencia en la mejor de las consejeras, es precisamente desde donde queremos conciliar hoy, la que probablemente constituya la última reflexión del día.
Es así que una vez comprobado como de nuevo el frescor del rocío de la mañana es capaz de sofocar el que se rebelaba como el más tórrido de los silencios; es desde donde hoy, cuando los ecos de los homenajes, y lo burdo de las críticas, han seguido todos el mismo camino, el del silencio; es cuando yo considero llegado el mejor momento para hablar del fenómeno republicano.

Como ni puede ni necesito sea de otra manera, es que una vez más me haré acompañar de cerca por la Historia. Luego que cada cual se encargue de interpretarla, lo que no deja de ser aplicar el tamiz fino de la autocomplacencia.

Cuando en 1902 Alfonso XIII alcanza la mayoría de edad, comprueba que el aroma de los manjares destinados a celebrar semejante acontecimiento, difícilmente llegan para disimular la pestilencia que como Estado, desprende España.
Dos son los parámetros desde los que hemos de analizar las consecuencias ulteriores de semejante afirmación.
El primero, de carácter cuasi metafísico, se sintetiza a la vez que gana en sencillez si aplicamos el prisma sobre el compendio de traumas que destila una España triste no tanto por lo que fue perdido; como en realidad por comprobar la grandeza que en realidad no fue disfrutada.
Así el monarca habrá de enfrentarse a la temible labor de hacer comprender algo que en realidad ni él mismo entiende. Como es posible que el Imperio Español que disfrutó Felipe IV, doscientos años atrás, se ha visto en su tiempo resumido a la expresión que él habrá de gobernar.

A partir de ahí, resulta no ya sencillo, sino que lo convierte en una misión casi de ir rellenando los huecos, el describir la España a la que más que gestionar, Alfonso XIII habrá de enfrentarse.

Siguiendo por parecidos derroteros, podemos decir sin mucho miedo a equivocarnos, que la España que ve comenzar la centuria del 1900, es una España que por primera vez no es que se haya quedado arcaica, es que verdaderamente es obsoleta.
Debido a cuestiones muchas veces incomprensibles, y otras por causas solo achacables al egocentrismo ético que durante años habrá todavía de presidir este país, la Revolución Industrial no es que efectivamente no haya llegado. Lo que es peor, la mayoría de los que opinan, o mejor dicho la mayoría de aquellos que tienen poder para hacerlo; consideran abiertamente que es mejor que así sea.
Tal desmesura se traduce, en entre otras cosas la consolidación desestructurada de un país que no es solo que carezca del menor atisbo de mecanización. Es que yendo más allá, comprobamos como la práctica totalidad de las estructuras destinadas a la generación de productividad, se encuentran inmersas en los procedimientos primarios, o dicho de otra manera, formando parte de realidades exclusivamente ligadas al campo.

Pero es que, tal y como era de esperar, la escasa o nula renovación que en lo concerniente a criterios productivos se ha llevado a cabo, tiene su reflejo en lo concerniente a la evolución de los protocolos destinados a verificar la evolución de los marcos que regulan las relaciones entre terrateniente y trabajador.
En las mencionadas, el grado de anquilose puesto de  manifiesto a nivel teórico, alcanza su grado sumo a la hora de comprobar la incapacidad que estos terrenos tienen de cara a desarrollar cualquier actitud productiva considerable como mínimamente seria, o lo que es peor, digna.
Más bien al contrario, la aptitud manifestada por los mencionados terratenientes, hace gala de un sentido netamente contrario a cualquiera de los métodos que la incipiente realidad económica canoniza como adecuados. Al contrario de lo dictado por tales procederes, y siempre desde la actitud preconcebida pero ridícula de enfrentarse no ya a la Corona, sino a la idea misma de estado toda vez que dificultan su desarrollo, la nueva nobleza, se empecina en adoptar unas medidas de organización del trabajo que, basadas en la premura desde el trabajo mecánico de braceros que de descoyuntad a base de trabado pechero, no solo no logran obtener resultados mínimamente lícitos, sino que lastran para muchas generaciones la posibilidad de que el campo español alcance un mínimo grado de desarrollo cuando no de competitividad.

Más bien al contrario, la baja capacidad productora del campo español se traduce de manera efectiva en una imperiosa necesidad de acudir al mercado exterior, el cual se encuentra colapsado toda vez que la carestía del grano, fruto de la redefinición que los mercados internacionales sufren a raíz del desencadenamiento de la I Guerra Mundial, dibuja un escenario complicado toda vez que la carestía de hoy,  es hambre para mañana.

Y ante las demandas sociales que de manera más que evidente se hacen previsibles por justificadas en tanto que el hambre es una realidad sublime, es cuando toman más importancia si cabe las protestas campesinas que antes habíamos dejado intuidas, en tanto que el comportamiento que los terratenientes han desarrollado para con la Corona en tanto que es la que han dedicado a España, más propio de la nobleza levantisca del Siglo XVI, ha puesto a España en una tesitura de consecuencias realmente incalculables.

La agitación del país se encuentra en su punto fuerte. Y es ahí precisamente donde se pone de manifiesto no ya tanto el genoma autoritario que le es propio a todo monarca, como la incompetencia para  manejar asuntos de esta envergadura cuando se presentan.

El Rey  no está preparado no tanto para gobernar, como para enfrentarse a las dificultades que la gestión de un país que está ya en el primer cuarto del Siglo XX presenta.

Y en medio, inalterable, el gran soniquete de este país. La Cuestión Militar, o la orgía que ha traído a este país por la calle de la amargura cada vez que el hambre de un militar, o la incapacidad de un político para comer, se han dado cita con la Historia.

Luis Jonás VEGAS VELASCO.

martes, 9 de abril de 2013

QUE SEAS DIGNA DE LA MITAD DE LA PAZ QUE DEJAS.


De cara a satisfacer de entrada la voluntad de aquellos que a día de hoy todavía dudan en relación a asumir el grado de afección de la presente crisis, aquí va un dato esclarecedor. Cómo estarán las cosas, que ya ni en el día de su fallecimiento, uno puede alardear de la plena satisfacción de saber que unánimemente, el mundo clamará por la gloria de tus bondades y manifiestos.

Cierto es que, hoy por hoy, las certezas unívocas son presa, cada vez más, de los que se atreven a soñar. Mas ello no debería ser óbice para dar por sentado que, llegado el día de tus exequias, todos pudieran encontrar un hueco para pronunciar las consabidas palabras, llenas del conocido hábito exculpatorio: “ ¡Pobre, con lo buena persona que era!

Aclarado tal aspecto, para nada accesorio, podemos ya comenzar a desvelar las hechuras del finado/a.

Amiga, íntima, de Pinochet. Precursora de La Guerra de Las Malvinas (y a la sazón ejecutora del golpe de gracia a la dictadura argentina), Más que euroescéptica, verdadero azote de la por entonces, Comunidad Económica Europea. Aliada de los Estados Unidos (hasta el punto de no dudar en anteponer sus deseos a la voluntad de la propia Europa). Etc. Etc etc.

Margaret THATCHER, La Dama de Hierro, o como se quiera al elegir entre la larga lista de apelativos y calificativos de la que fue acreedora; se encuentra sin lugar a dudas entre las escogidas para formar parte del selecto Club de los Escogidos de Europa. Fue sin duda, una de las más altas personalidades en lo atinente a capacidad para la adopción de decisiones históricas. Sin que de la crítica pueda zanjarse la menor duda, una de las más grandes estadistas que la Política del último tercio del Siglo XX ha dado.

Mas no es menos cierto, que la fuerza absoluta con la que se traducía en todas sus acciones, la hace igualmente merecedora de una larga lista de condicionantes que a mi entender, la dejan en posición deficitaria toda vez que haya de enfrentarse ahora al juicio de la historia.

Constituye el ascenso en Política de aquélla a la que sus propios compañeros llamaban en voz baja “la hija de la hilandera”; uno de los más claros casos de los por otro lado claros ejemplos que ha dado la Historia de personalidades que, procediendo de escalas sociales aparentemente menores, caen en el inexorable trauma de necesitar negar sus ancestros, para pasar luego, en los casos más graves, a conducir su vida por un periplo insalvable destinado a conjurar sin tregua los fantasmas del pasado que le son propios.

Y es entonces cuando el monstruo de la neurosis hace mella.

Y es entonces cuando se produce la traducción total.

Representa Margaret THATCHER la quinta esencia del eufemismo, según el cual pocas cosas son más difíciles de comprender, que las que se identifican con las motivaciones que llevan a un trabajador a votar Derecha.
Una vez descritos los antecedentes, podemos llegar a comprender los condicionantes que llevan a La Hija de la Hilandera, no solo a desertar de los procederes de Izquierdas, sino directamente, desarrollando un protocolo que en términos éticos solo puede conjugarse dentro de la dicción de ser más papista que el Papa, lograr convencer primero a los líderes de la escuela más snob en lo que concierne a dirigentes políticos de Gran Bretaña; para escalar luego a lo más alto, Ser nombrada Primera Ministra de Gran Bretaña.

Radical, reaccionaria, flemática y liberal a ultranza, THATCHER resume en su famosa frase El Estado es el problema, el paradigma del deseo de los que por aquel entonces, deseaban poner palos en la rueda al proyecto social de la todavía incipiente Europa.

Liberal a ultranza, defiende sin conmiseración los principios destinados a violentar definitivamente los últimos vestigios de la Política Económica de KEISSNER, a saber los destinados a mantener la posibilidad de que sea la demanda de servicios públicos, con el Estado como garante, la última medida destinada a fomentar el consumo.

Convencida de que todo ha de ser subyugado a la Economía, desarrolla no obstante políticas que traerán resultados aberrantes no solo en el terreno de lo social, donde abiertamente llevará a Gran Bretaña al barranco de los desfases; sino que también logrará grandes retos en lo concerniente al aumento de las dosis de pobreza del país.

Por ello, y con todo, a la vista de lo planteado, habrá de ser en el marco de la Política, donde habrán de encontrarse los méritos de semejante mujer.
Ubicada por cronología en la época de los grandes retos asumidos con posterioridad a la II Guerra Mundial, THATCHER se engloba por méritos propios, dentro de la escala de los conocidos posteriormente como Grandes Hombres de la Política Europea. Para la Historia quedará el Grupo de los Últimos Estadistas. Así, junto a Helmut KOLH, François MITERRAND y el propio Felipe GONZÁLEZ, participará en todas y cada una de las grandes decisiones que afectarán inexorablemente a Europa.

Pero lo hará partiendo de una trampa especial, a la que siempre han tenido acceso los estadistas británicos, la que procede de dar por hecho que ellos gozan de una licencia especial cuyo uso se traduce en la certeza de que todo lo que hagan parte del privilegio de saber que lo hacen para mayor gloria de Gran Bretaña.

Y es desde tal perspectiva desde la que me atrevo a decir que, una vez juntas todas las piezas, Margaret THATCHER y su inexorable manera utilitarista de concebir la Política, constituyen el germen del que parten mucha de las circunstancias económicas y políticas que han desencadenado la actual situación por otro lado compartida.
¡De aquellos polvos, estos lodos! Es por ello que, sin caer en la cruel tentación que supone la pérdida de la llamada perspectiva histórica, hemos de decir que la sombra de THATCHER, como la del ciprés, se extenderá por encima de nosotros, todavía durante mucho tiempo.

Luis Jonás VEGAS VELASCO.

domingo, 7 de abril de 2013

DE NUEVO EL PASADO, COMO FUENTE DE PRESAGIOS.


Me sorprendo un día más, sumido en los consabidos esfuerzos que resultan imprescindibles para lograr recuperar la cabeza, cada vez que un ejercicio que requiere demasiada concentración logra alejarnos de este mundo, de esta realidad.

En esta ocasión, lo que me ha arrojado a semejante estado, ha sido una cuestión pragmática planteada por un amigo en mitad de una disertación. ¿Cómo es posible que los plebeyos medievales aceptaran de manera natural el nivel de vida que sus señores les promovían?

La cuestión goza en realidad de gran interés. No se trata en realidad de la interpolación de una cuestión cuantitativa. Se debe, por encima de todo eso, al planteamiento sublime y atemporal de una hecho que desborda semejante consideración en tanto que indirectamente viene a poner de relevancia el que se erige como uno de los asuntos más antiguos de la Humanidad, cual es el de tratar de averiguar el porque de la invariable necesidad del Hombre de imponerse a cualquier precio sobre otros hombres.

Pero el planteamiento de la pregunta no busca la interposición de un ensayo sobre Sociología, y por ello el caer en semejante tentación a la hora de elaborar la respuesta, iría sin duda en detrimento de la calidad de la misma.

Por ello el tema queda lo suficientemente centrado una vez que comprendemos que el viso de la cuestión pasa por hacer entender los desencadenantes que pueden llevar a los hombres de la Edad Media no ya a dominar a sus semejantes; sino más bien a tratar de entender la clase de motivos, o en su defecto de miedos, que resulta imprescindible sembrar en la conciencia, cuando no en el alma de los hombres, para lograr que acepten como buenos comportamientos que son, a todas luces, no ya solo marcadamente injustos, sino abiertamente inhumanos.

Es llegado este momento, una vez logrado el clima contextual requerido, aquel que nos sirve para poder decir que todos sabemos de lo que estamos hablando, cuando podemos comenzar con la descripción de los mencionados ambientes. ¿Cómo se puede hacer comulgar a un hombre con ruedas de molino?

Evidentemente, muy notorios tienen que ser los argumentos que lleven a un hombre poco menos que a renunciar a la condición que le hace digno de semejante calificativo.
Para alcanzar tal extremo, sin duda han de superarse con creces, condicionantes muy elevados.
Primero resulta imprescindible generar una sensación de culpa la cual habrá de proceder de un hecho que habrá de ser cuanto más abstracto y alejado del entorno del hombre, mejor. Así conseguiremos dos cosas imprescindibles, la primera e inexorable, que el protagonista no llegue a comprender nunca suficientemente aquello que en principio desencadena su drama. A partir de ello, será capaz ni tan siquiera de ponerse a diseñar posibles soluciones.
Una vez alcanzado semejante estado, hay que traer a colación, y hacerlo además con el despliegue de parafernalia adecuado, todo un catálogo de males, certezas y amenazas fundamentadas a partir de la legítima consecuencia que se derivaría como consecuencia del no cumplimiento o de la mera refutación de lo anteriormente dicho.
Una vez hecho esto, y con el fin de lograr llenar los huecos que puedan quedar, construyes una legitimación tan abstracta como el problema en sí mismo causado (te guareces tras el paraguas de alguna clase de mitología cuando no re religión vamos), y esperas a que la segunda fase del plan miedo siga su curso.
Y cuando todo esto se ha cumplido, y además te has visto reforzado por los logros a corto plazo, terminas por buscar la redacción de un plan legal que en forma por ejemplo de ley de educación, restituya la cadena de valores aparentemente perdida.

Mi amigo se ha quejado de que en este caso no he hecho mención alguna al consabido efecto que en todos los asuntos de Historia tiene la responsabilidad derivada de la perspectiva.

Es entonces cuando le he dicho a mi amigo que yo hacía tiempo que no estaba especulando sobre ningún escenario hipotético histórico. Hace rato que estaba describiendo la realidad que me rodea.

Luis Jonás VEGAS VELASCO.

lunes, 1 de abril de 2013

BURGOS, 1 DE ABRIL DE 1939.


Que sí, que ya. Que ya sabemos que en este preciso instante, nada más leer la entradilla, los que sigan leyendo el presente se encuentran, inexorablemente, identificados dentro de tres exclusivos tipos de personas:
1.     Los que van a seguir leyendo desde la satisfacción que les trae el recuerdo.
2.     Los que van a seguir leyendo desde el dolor que les causa la memoria ¿histórica?
3.     Los que no saben si seguir leyendo, porque el título no les dice nada, y sin duda el hecho les resulta chocante (jóvenes de menos de 20 años, y demás víctimas de la ESO, en este caso.)

Sin embargo, a pesar de todo, y tal vez de todos, me arriesgaré una vez más a hacer uso de la inmisericordia impía que me proporciona el privilegiado balcón desde el que observo la vida, como observador activo eso sí, para llevar a cabo una descripción somera, de lo que desde el mismo acierto a divisar (ahora por cierto que las procesiones de Semana Santa han dejado ya paso a otra clase de letanías, las de las conversaciones que hacen de la crisis su núcleo, o las de las procesiones de los que dirigen sus pasos hacia las oficinas del INEM, por ejemplo)

He esperado hasta última hora, antes de lanzarme a la redacción del presente, con la esperanza de comprobar hasta dónde llegaban las tragaderas del nuevo régimen. ¿Tendría la osadía de sacar algo alusivo? ¿Tiraría del NODO para pintar de romántico el muñeco? ¿Recuperaría la osadía de los censores bobos, tal y como aquéllos a los que tan brillantemente ha calificado uno de los directores de Informe Semanal?

Pues nada, una vez más, no ha habido manera. De nuevo hemos de comprobar cómo el ¿nuevo? régimen se ofusca renunciando a tratar como sin duda se merece, un hecho de la marcada trascendencia que sin duda merece la redacción del que habría de ser el último Parte de Guerra dictado por el General Franco.

Con el ánimo puesto en hacer de la contextualización histórica un método de racionalización, jamás una excusa para huir de lo pragmático y por ende razonable, acudimos a momentos pretérito cercanos, en por de tratar de encontrar correlaciones y/o elementos de juicio similares, desde los cuales poder acercarnos si no tratar de comprender, el proceder desde el que semejante silencio, adquiere el condicionante gráfico por el que se describe a sí mismo, retratando con todo a los que lo suscitan o abiertamente en este caso promueven.
Es así que, efectivamente, nos viene a la memoria Alemania, los años de la vergüenza, las cifras del horror…etc. En cualquier caso, el recuerdo vivo de otra de las atrocidades cometidas por los que de verdad se creen imbuidos en las sacrosantas fuentes de la razón. (Demonios, otro Paco).

Pero huyendo insisto meridianamente de la trampa que la propia Historia puede sentir tentación de tender ante nosotros, he de manifestar, y así lo hago, que la Política del Silencio tan extrañamente pactada no solo por parte de los que habitualmente hacen mutis por el foro llegados estos extremos; sino la adoptadaza por los que inversamente a lo creíble, no suelen prestarse a tales argucias en tales casos; me lleva a plantearme seriamente algunas dudas que, por peliagudas someto a su consideración.

Así, que Pacos, gatos y otros entes pobladores de la cada vez más densa demografía de la Caverna, se preste a la política del Silencio, es algo que, en cierta manera, es de esperar. Así, no con el ánimo de explicarlo, (comprender el Misterio de la Trinidad es más sencillo); sino de hacer un guiño a la coherencia, podemos decir que el sentirse identificado, vanagloriado con los éxitos alcanzados, y sin duda ponerse blando recordando lo que pudo haber sido y nunca fue, puede casi justificar a los miembros más profundos de la caverna.

He ahí a los integrantes del primer grupo antes argüido.

Pero que los miembros de estructuras, diarios y demás entes aparentemente no adscritos al régimen, libres por ende de las limitaciones neuronales que sin duda supone tener que vestir de lagarterana día tras día la realidad, para que sea digerible. Que esos a los que a diario se les llena la boca de lo mal que está el país, no hayan abierto la boca, aunque solo sea como una mención histórica. A esos, irrenunciablemente a esos, les digo que su actitud me preocupa.
Y me preocupa porque si su silencio procede de la convicción de que algunas cosas es mejor no moverlas, tengo que decirles que entonces, y solo entonces, habremos de reconocer que nos han ganado.
Si por el contrario ni dios abre la boca, a pesar de tener ganas, no quiero ni pensar las consecuencias de tal acto.

He ahí a los integrantes del segundo grupo.

En cuanto a los integrantes del tercer grupo. ¿Qué decir? Solo una cosa. Felicidades para el Señor WERT, el responsable de seguir, cuando no implementar, una larga sucesión de errores en los que es el Sistema Educativo Español ha puesto un gran esfuerzo, encaminado a que ahora, cuando el presente se acerca a su fin, muchos puede que en realidad ignoren de qué estoy hablando.

Para ellos, la siguiente:

En el día de hoy el Ejército Rojo cautivo y desarmado, han alcanzado sus últimos objetivos las Tropas Nacionales.
LA GUERRA, HA TERMINADO.

BURGOS, UNO DE ABRIL, DE 1939.
Año de la Victoria

EL GENERALÍSIMO.

FRANCO.”

viernes, 29 de marzo de 2013

DE LA DELGADA LÍNEA ROJA.


Se acaba el tiempo. Lenta, pero inexorablemente, uno a uno van viniéndose abajo pilares fundamentales que una vez constituyeron el edificio sobre el que se apoyaba la decencia moral del Sistema. Un Sistema del que, hoy por hoy, no cuestionamos su solvencia, sino que únicamente nos preguntamos cuántos días más va a soportar, paradójicamente, el peso de su propia infraestructura.

Porque efectivamente señoras y señores, la fiesta se acabó. Cantó la gorda, y en el caso que nos ocupa es el gordo quien hace de cronista. Primero y fundamentalmente porque puede, y paralelamente, porque así tendremos argumentos con los cuales arrojar a aquéllos que sin duda surgirán, y que a falta no de ganas, sino precisamente de argumentos, irán contra nosotros arguyendo para ello algún párrafo de la Ley de Igualdad, esa que paradójicamente ellos solo emplean a la hora de decidir como sembrar la desgracia en su derredor. Ahí si, a todos por igual.

Y mientras los señores feudales y sus comisionados se apresuran en repartirse los despojos, el resto, como siempre, la chusma, la plebe el común en definitiva, ha de hacer otra vez acopio de sensatez, dando muestra de un denodado sentido común, en este caso para no precipitar, una vez más, los acontecimientos.

Llegado este momento, he de confesar que comienzo a estar cansado. Soy objeto de ese hastío del que una vez fueron objeto dignatarios como Publio SCIPIÓN, NAPOLEÓN O  ROMMELL. El hastío que se comprende cuando comprendes a su vez que, efectivamente, cada Pueblo tiene la gobernación que se merece.
El hastío que procede de comprobar cómo, una vez más, la ocasión se ha perdido. De comprender que el tiempo, y las inexorables certezas que le son inherentes, son las únicas que al final, como arena en el desierto, triunfan en tanto que se perpetúan, en tanto que los hombres una vez más solo somos merecedores de la certeza descorazonadora de que una vez más, todas hieren menos la última que mata.

El cambio de siglo, a par que de milenio, ha sido testigo de muchos cambios. Cambios cuya trascendencia procede desgraciadamente de comprobar que una vez más, al hombre le es más sencillo destruir que hacer. Semejante habilidad, unida a la indefectible certeza aglutinadora que las nuevas tecnologías y otros medios han traído; nos llevan a perseverar en la certeza de que al menos en lo que a los últimos veinte años nos ocupa, hemos retrocedido más de lo que hemos avanzado. Y lo que es peor, de tales acciones, hemos de transigir con la certeza de que el hombre es mucho más eficaz como destructor, que como arquitecto.

Basta así, un somero paseo por los últimos años, o si apetece por el pasado siglo, para comprender cómo logros si no acontecimientos tales como la consolidación del proyecto europeo, o incluso la confirmación de que, efectivamente Europa no volvería a asumir nunca más el uso de la fuerza como medio legítimo en pos de lograr la resolución de conflictos que en buen liz no debían abandonar nunca el sendero de la Diplomacia; se lograron no obstante mediante el empleo de ingentes cantidades de energía, política y diplomática en este caso, cuya realidad en cualquier caso se tradujo en la fusión cuando no en el consumo de grandes cantidades de tiempo.

Tiempo y profusión diplomática. En otras palabras, paciencia. La cual, unida al talento, proporciona el telar en el que otros tuvieron sin duda mayor capacidad a la hora de trenzar las mimbres que dieron lugar a un proyecto, el de la Europa Unida que, hoy por hoy, languidece.

Pero, si los que tanto hicieron usaron tal y como ha quedado sobradamente demostrado, peores medios, ¿Es que acaso se ha invertido más en la destrucción de Europa de lo que a priori se usó para su construcción?
¿Somos conscientes de lo que tal afirmación puede acarrear?

De la lectura objetiva de las pruebas, si tal condición es posible, así como de la revisión desapasionada de la historia, hemos de detenernos en la comprensión de una serie de parámetros los cuales, gracias a la perspectiva de la actualidad, pueden proporcionarnos un rango adecuado a la hora de definir el campo del que estamos hablando.

Es Europa, al menos en lo que al actual proyecto se refiere, el resultado de una larga cadena de acontecimientos y procederes los cuales, lejos de ser aquí y ahora revisados, ni tan siquiera expuestos, reúnen su calidad bajo el expreso manto que proporciona la certeza de hallarse en pos de la defensa de los intereses de aquél o aquéllos que les patrocina.
Y la verdad, semejante afirmación no sería del todo perniciosa si no fuese porque el medidor que en último término dota de validez los criterios para adecuar el grado de certeza de cada uno de los comportamientos, no es otro que el dinero, el capital en su forma culta.
Un Capital que, en su proceder, transgrede todas y cada una de las reglas que a priori fueron implementadas, quien sabe si de manera intuitivamente preventiva en pos de guardarse de un enemigo del que pese a no tenerse constancia expresa, algunos si eran positivamente conscientes del grado potencial de sus amenazas (como MENDELEIEV cuando deja huecos en la Tabla Periódica).

Sea como fuere, tal peligro potencial se convierte en netamente actual, en una realidad clara y concreta que hubiera dicho DESCARTES, una vez constatamos que no es ya la pura y casi vulgar tenencia de capitales, tal y como promovían los obsoletos principios expuestos en los Programas Brian-Kellogg, lo que avala la condición de rico. Es la circulación de tales riquezas lo que certifica semejante condición.

Es así como las teorías se desmoronan arrastrando con ellas a los que las concibieron. No queda nada. Solo la certeza de que el Capitalismo, y su hijo aventajado, el Liberalismo desbocado, son la respuesta tanto a las preguntas del momento, como a aquéllas que aún no se hayan realizado.

Así, y solo así, podemos interpretar lo que en términos de macroeconomía es ya una realidad. La chapuza de la solución chipriota, más allá de ser algo netamente desgraciado en términos de mera pulcritud práctica, constituye en esencia la manifestación de la renuncia de Europa no ya a sus principios, sino realmente a sus finales.
La serie de medidas de urgencia que deprisa y corriendo se han implementado en pos, aparentemente de salvar a Chipre, no encierran sino la constatación de que esto, definitivamente, ya no es Europa. Y no lo es porque para logra no sabemos bien qué logros, ha permitido que los proyectos que llevaban decenas de años construyéndose, se volatilizaran en apenas un decenio, consagrando su fuego a no sabemos bien qué nueva especie de dios Baco.

La esencia del drama, hemos traspasado la última línea roja, la que se cruza cuando olvidamos que incluso el proyecto europeo, es un proyecto del hombre para el hombre.

Luis Jonás VEGAS VELASCO.




viernes, 8 de marzo de 2013

DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER TRABAJADORA. DE LA EVOLUCIÓN DEL TÉRMINO MUJER EN LA HISTORIA.


Resulta de nuevo paradójico, cuando no directamente antinatural, que nos encontremos hoy hilando estos cestos, una vez que ya dijimos lo poquito de lejos que íbamos a ir con esas mimbres, sin embargo, una vez que hemos de asumir el hecho de que hoy en día, y máxime ante ciertos temas, el no posicionamiento indica aceptación; o como dicen muchos todavía por ahí, si votas en blanco en unas elecciones, le estás dando tu voto al ganador, es por lo que necesariamente he de exponerte, en un susurro, lo que opino de todo esto.

Tomando como siempre el acertado hilo conductor que la Historia nos proporciona, la mujer ha supuesto, siempre en lo paradigmática que su relación ha supuesto para con el hombre, causa y motivo en sí misma. La mujer es, por definición, compañera, madre, cómplice fiel y receptiva de los sinsabores del mundo, en definitiva manifestación real de los mejores sueños que sólo un Dios podría concebir.

Así, ya desde la Grecia Clásica, momento en el que a través de “Iliadas” y “Odiseas”, el Hombre como tal da el paso fundamental que le permite trascender del Mito al Logos; la mujer, bien como elemento motivador, véase la acción de Helena como último catalizador de la Guerra de Troya; o como las Eneidas que despistaban a Ulises haciendo embarrancar sus naves en los acantilados, desviándolos en cualquier caso del correcto cumplimiento de su misión; la mujer, así como las diversas formas que ésta adopta desde la Mitología hasta la Historia, no hacen sino manejar de una manera u otra, a veces de manera inconsciente, y otras con absoluto conocimiento, las formas y los designios del Mundo.

Y es que la metáfora es perfecta, y a ningún observador escrupuloso se le puede escapar, el hecho de que deba de ser Helena y su belleza, siendo aquí este atributo utilizado por Homero como elemento simplificador de las relaciones de poder que se establecen entre hombres y mujeres, el detonante de la fricción definitiva que desencadena la Guerra. Una Guerra que, conviene no olvidar, es la metáfora que utiliza el autor para justificar el cataclismo social que da pie al nacimiento de la primera sociedad real con todos los atributos de tal surge en la Historia.
En definitiva, una mujer jugando el papel semidivino de Diosa-Creadora.

En la misma dirección, y con parecidos resultados de paradójicos y resolutivos, se muestra la relación de Ulises el cual, parte hacia su misión abocado por una mujer, de nuevo la mujer como detonante de la acción motriz y resolutiva del hombre, y verá como esta misión está a punto de fracasar por la acción rutilante de otras mujeres las cuales, con un formato infernal (no lo olvidemos la otra forma de divinidad), enfrentan la virtud (Dios), a sus rivales, los vicios (demonio)

Se consolida así con ello la primera imagen real de la dialéctica por excelencia que mueve al mundo, la mujer creadora en su dilema de la relación social para con el mundo.
Resultado final de esta dialéctica, la fuerza definitiva que impulsa al Mundo.

Así, dioses y demonios, mujeres y hombres, jugamos nuestro papel en el mundo. Cada momento tiene su lugar, y por ende, su lucha. El momento actual, la vivencia por parte del hombre de la falsa convicción de su preponderancia en su relación para con la mujer.

Pero de eso hablaremos luego.

Luis Jonás VEGAS VELASCO.



domingo, 3 de marzo de 2013

DE CUANDO ALGUNAS COSAS NECESARIAMENTE HAN DE VOLVER A DECIRSE.


Dice Maquiavelo en El Príncipe, “que es en definitiva así que lo que permite discernir lo que es real de aquello que forma parte de la ficción, es que sólo las situaciones ficticias son deseables de ser convertidas en realidad.”

Desde la perspectiva de pensamiento que semejante tesitura nos proporciona, bien puedo hoy, una vez que considero debidamente transcurrido el tiempo suficiente como para poder decir que la excesiva ilusión no nubla mi escaso entendimiento; que la conversación mantenida el pasado jueves con Beatriz Talegón, ha supuesto en realidad la vuelta al reconocimiento de valores, fenomenologías y por qué no decirlo, ilusiones, todo lo cual creía ciertamente perdidos, en la tumultuosa encrucijada en la que hoy parece haberse convertido la realidad.

Es el de Beatriz un discurso que manifiesta los alardes propios de las grandes sinfonías. Así, la prisa que en principio le es propia a la pasión, se ve sustituida de manera muy acertada por esa cadencia propia de las grandes ocasiones, la de aquéllas en las que la única certeza pasa por comprender que más pronto que tarde, la razón habrá de imponerse.
Y es así que sus palabras, adoptan a menudo la forma de notas, que siguiendo por otro lado las consignas propias del concierto bien elaborado, transitan, que no deambulan, sabedoras de que forman parte de un compás perfectamente estructurado.

De semejante tesitura que, siguiendo el esquema vivaldiano, resulta imprescindible ser igualmente paciente para, una vez disfrutada la tensión del primer movimiento, irrefutablemente rápido, ser capaces de discernir la esencia, y disfrutar desarrollándola en el movimiento central, aquél en el que, como pasa con las buenas faenas, se deciden los trofeos.
Y es ahí precisamente, bajo la mirada atenta y escrutadora de los entendidos, de los que habitualmente ocupan los asientos del siete, donde los tiempos y los modos propios del que sabe que tiene material, desarrollan con la textura del lujo de la parsimonia; habrá de ser donde inexorablemente se decida la suerte que, en el caso que nos ocupa, consistirá no en la obtención del aplauso fácil, cercano a la lisonja. El aplauso en este caso, como en las grandes ocasiones, está más cerca del silencio. Tiene forma de murmullo, el murmullo previo a la expectación, y que es el practicado por los entendidos. El murmullo de esos pocos que, mientras que la mayoría del tendido, plagado por igual de plañideras y palmeros que se dejan arrebatar por el tumulto levantado por cuantos se sienten encantados de haberse conocido a sí mismos; terminan inexcusablemente por rendirse ante el silencio por otro lado estrepitoso que circunda la convicción del que es consciente que esa tarde, ha visto a alguien que sin duda, será un gran maestro.

Y es que, en definitiva, lo difícil no es llegar, sino mantenerse.

Por eso, cuando en la noche del pasado jueves, y a lo largo de cuatro maravillosas horas, deshojamos pacientemente junto a Beatriz Talegón la margarita en la que hoy por hoy se ha convertido el panorama político nacional, comprendimos que, efectivamente, hay materia.

Hay materia, y lo más importante, la hay para tiempo. Porque Beatriz representa la definitiva eclosión de una muy interesante generación que, en tanto que superados los cismas que a modo de Pecado Original parecían marcar genéticamente a todas las generaciones previas, ha nacido libre incluso del recuerdo de los conceptos rancios y casposos que coartan el desarrollo de nuestro país en lo que concierne a muchas más cosas de las que nos imaginamos, o estamos dispuestos a aceptar.

Beatriz Talegón es la voz de una generación verdaderamente libre, sin herencias, carente de la mácula que otros por  más que les pese poseen, o en el peor de los casos representan.
Ahí es donde paradójicamente redunda su desgracia. Una desgracia que procede de comprobar que los manchados, en contra de lo que otros cometimos el error un día de pensar, no se encuentran perfectamente identificados. Unos manchados que desde uno y otro lado de las trincheras ideológicas se empeñarán en clausurar a cualquier portador de un discurso como el que el jueves tuvimos la oportunidad de disfrutar, porque no cabe la menor duda de que se disfrutó.

Un discurso que, en contra de lo que pueda parecer, no necesita decir muchas cosas nuevas porque las esencias ya están planteadas. Un discurso cuya fuerza redunda en decir de nuevo las cosas por su nombre. Un discurso cuya esencia responde a la correcta localización de los principios. Un discurso cuya vitalidad pasa por recuperar las ilusiones, sin la menor necesidad de hacer de viejas ideas banderas pasionales.

En definitiva, un discurso que parte de llamar al pan, pan. De llamar al vino, vino.

Un discurso que nos enfrenta con la terrible realidad, la que pasa por saber que el tiempo de las reminiscencias se acabó. Que ya es la hora de asumir nuestra responsabilidad, decidir qué queremos, y lo más importante, no escatimar un ápice en el esfuerzo que estemos dispuestos a desarrollar para conseguirlo.

Por ello, una vez más, gracias Beatriz Talegón.


Luis Jonás VEGAS VELASCO.