Durante
años, mi madre me hablaba de una estructura ingente, una sublime obra de
ingeniería que la ciudad de Madrid albergaba en su interior. Elevándose sobre
una altura de casi 50 metros sobre el suelo, el Viaducto, también conocido como
“El Puente de Segovia” por el nombre de una de las calles madrileñas por las
que se ve afectado, salvaba una altura soberbia, haciendo más accesible el
tránsito hacia El Palacio Real.
Sin
embargo, como a menudo ocurre en España, y Madrid no iba a ser una excepción,
sus habitantes pronto encontrarían una forma de tornar en imprescindible la
presencia del viaducto, una forma que nada tenía que ver con su logro como obra
de ingeniería. Mi madre me contaba que el Puente de Segovia era el lugar de
Madrid favorito para que aquellos que habían sufrido un desengaño amoroso, o
quienes no eran capaces de superar un trance, pusieran fin trágico a sus vidas.
El viaducto era un territorio proclive a los actos de autolisis.
Si
dedicamos un momento a revisar la evolución que “La Izquierda” viene sufriendo
de un tiempo a esta parte en España, no hace falta un análisis en profundidad
para llegar a la conclusión de que ésta ha entrado
en barrena. Resulta suficiente un vistazo en cualquier dirección, para
constatar hasta qué punto el movimiento parece haber colapsado. Porque,
efectivamente, de eso se trata, el actual drama de la Izquierda, que va mucho
más allá de la aparente y transitoria pérdida de poder, ya sea éste autonómico
o nacional, no puede reducirse a una preocupación pasajera vinculada a una
pérdida de poder. El verdadero drama de la Izquierda hay que cifrarlo en el
absoluto desbarajuste en el que se ha convertido militar en el propio
movimiento.
Como
ocurre con cualquier concepto abstracto erigido en pro de articular una
fenomenología de gestión, resulta imprescindible hacerse comprender; y esa es
precisamente la función que se atribuye a los Partidos Políticos, a saber, convertirse en estructuras
reconocibles de las que se puede formar parte, y cuyo reconocimiento en lo
atinente a valores o principios implícitos (Ideología), permite a quienes lo
comparten, a la sazón militantes, reconocerse como partícipes de una idea
común, de la que deriva el sentimiento de pertenencia a un movimiento.
Esta
ecuación, perfectamente comprensible y reconocible en tiempos de la Transición, cuando militar en ciertos
partidos era algo romántico, no ha
sido capaz de adaptarse. De hecho, ha llevado especialmente mal la búsqueda de
una posición digamos natural a la
hora de enfrentarse a los nuevos tiempos, con sus nuevos métodos.
Así,
cuando partidos como el PSOE han intentado adaptarse
en aras de absorber a los nuevos militantes, han fracasado
estrepitosamente, y no lo han hecho porque sus estructuras sean notoriamente
incapaces de asumir a esas nuevas personas; ni siquiera porque en el fondo
nunca hayan confiado en esos nuevos métodos, de hecho los han despreciado. La
Izquierda, y más concretamente el PSOE ha fracasado porque a medida que daba por sentado que su posición era la moralmente correcta, se ha olvidado
paulatinamente de suscribir estructuras y mecanismos que por un lado mantuviera
así la relación de poder, a la vez que, por otro, construía una red de
comunicación capaz no sólo de mantener vivo el mensaje, sino de hacerlo atractivo
para una nueva generación que vive de otra manera, esto es, se mueve de forma
diferente en el escaparate ético.
Porque
sí, señores, no se trata de que la Derecha vaya a ganar, algo tan inevitable
hoy como impensable hace no más de quince años, cuando quién en su sano juicio
podía dar valor a la tesis de que los herederos de Franco ganasen unas
elecciones en España. Se trata de que la Izquierda ha perdido. Perdimos primero
el relato, y luego el monopolio de ser
los buenos.
Porque
sí, hace quince años del movimiento del 15 M. Lo que por un lado constituyó algo novedoso, y que se
resume en la utopía de ver al pueblo superar
sus trabas y hacerse con el poder sin
intermediarios, recordad las asambleas y otros hechos similares; que acabaron
siendo convenientemente canalizados por
estructuras aparentemente innovadoras, échate a reír, cuya máxima paradoja la
conformó PODEMOS, a la sazón un ente que negaba los vicios propios de la
estructura de partido político, para acabar hoy, y digo literalmente acabar,
ardiendo de manera espectacular, no en vano han recorrido en poco más de quince
años un periplo que a otros, tal vez por ello los verdaderos partidos, les ha llevado más de un siglo.
Hoy,
lo que queda, agrupado no ya en SUMAR, sino en el vacuo concepto de la Izquierda a la izquierda del PSOE, se
debate cuando no hace malabarismos para aguantar más o menos viva hasta que un
nuevo ciclo electoral insufle el ansiado
líquido vital que nos permita sobrevivir, lo que en este caso se traduce en
conservar un carguito.
Así
que cuando me despierto con la certeza de que la Sra. BELARRA es la apuesta
para derrocar a la Derecha en Madrid, y escucho las declaraciones del portavoz
nacional de SUMAR dando lecciones de moral al PSOE utilizando para ello un
discurso en el que reconozco estructuras que hace décadas otros utilizamos, es
cuando la certeza aflora en todo su esplendor: Hay partes de la Izquierda que
creen que, en el fondo, su supervivencia a futuro depende de la victoria de la
Derecha, asumiendo que la misma conlleva de manera inexorable la desaparición
del PSOE.
Y es
entonces cuando, inexorablemente, emprendo camino al Viaducto.
LUIS
JONAS VEGAS.




