viernes, 10 de abril de 2026
PODEMOS: REMEMORANDO EL HUNDIMIENTO DEL TITÁNIC.
En una realidad como la llamada a concitar nuestra actualidad, en la que el
contexto se ha convertido por méritos propios en un protagonista de la misma, la
capacidad para elegir bien los tiempos debería ser exigible, esto es, saber
cuándo y dónde sucede algo, sobre todo cuando ese algo es provocado, necesita de
un tratamiento tan riguroso como aquél que destinamos al análisis del objeto
propio que motiva nuestro análisis. Por eso, que el encuentro entre el Sr.
Rufián y la Sra. Belarra tuviera lugar un 9 de abril, para más inri de 2026; en
una universidad de postín, viene a definir un contexto, por lo que al tiempo y
al espacio se refieren, nada circunstancial, adquiriendo materia de notoriedad
en sí mismo, y me explico a continuación. El 9 de abril…¡de 1976! España se
levantaba con la noticia de la legalización nada menos que del Partido Comunista
de España. La convergencia de multitud de logros, entre los que adquiere
especial relevancia la corrección con la que el Comunismo Español se había
comportado desde y a partir de la muerte del dictador, alcanzan grado de
notoriedad por la manera en la que su líder, Santiago CARRILLO había gestionado
la sucesión de acontecimiento que tendrían su clímax en el comportamiento que
los comunistas de España tuvieron en el entierro de los abogados que en Atocha
habían sucumbido a la enfermiza maldad que había impulsado las balas disparadas
por miembros de la extrema derecha. Sea como fuere, ya nada podía impedir la
concatenación de lo que en tiempo se conoce como inexorabilidad, y que bien
podría ser la primera piedra en la que el Presidente Suárez sustanciara la
construcción del edificio que estaba por llegar. En definitiva, que el líder de
un movimiento nacionalista periférico, cuyas aspiraciones hace apenas diez años
no pasaban de “ir a Madrid a defender, por encima de todo, los derechos
históricos de Cataluña como nación.”; que hoy juega a ser Seleccionador Nacional
de líderes ideológicos; y una eterna aspirante a lideresa que, hoy por hoy,
navega con dificultad entre los despojos que resultan del hundimiento de un
partido político cuya supervivencia, en caso de haber sido ésta posible, habría
requerido de la desaparición, tal y como quedó demostrado a título de tentativa,
nada menos que de los descendientes ideológicos de ese mismo Partido Comunista
cuya fecha conmemoramos; terminan por configurar un escenario que, si ha sido
pergeñado, determina el grado de maldad de los llamados a protagonizarlo; pero
que si es fruto de la casualidad, termina por demostrar que el Diablo se enfadó
el día que supo que no era el designado para ser el Cristo. En Sociología se usa
una tabla que, del uno al diez distribuye el posicionamiento ideológico de los
miembros de una Sociedad ubicando en torno al uno los que se mostrarían como
absolutamente escorados a la Izquierda; quedando por simetría el diez reservado
a los que configurarían el escenario a ser empleado por la Extrema Derecha. En
el marco anterior, el que se amparaba por los cánones de lo que entendíamos como
bipartidismo; la mayoría de los votantes socialistas se encuadraban en esta
tabla entre la sucesión que va del 3,5 al 5,8. Cuando fenómenos como el de
Podemos vinieron a cuestionar no sólo las bases fundamentales, sino incluso las
procedimentales sobre las que se habían cimentado todos los desarrollos
anteriores, se puso de manifiesto que la supervivencia de una Izquierda que
ahora tenía más de un competidor sólo sería posible si la nueva formación venía
con los deberes bien hechos y comprendía desde su génesis que la supervivencia
del espacio de la Izquierda dependía de que Podemos comprendiera el
funcionamiento de la Vida Parlamentaria esto es, una vida en la que la
negociación y el abandono de las posturas de máximos son la única manera de
discernir un futuro. Tal y como se puede constatar, esto no fue así.
Consecuencia: Un seleccionador de líderes ideológicos con raíces catalanas, y
una marquesita con aspiraciones, quedan una tarde en un ambiente de Pijos de
Izquierdas para decirnos a todos los que nunca hemos entendido su mensaje que,
en realidad, somos los verdaderos responsables de que la superioridad moral de
la Izquierda no triunfe. Pues nada, nada. Partimos del nueve de abril, y nos
dirigimos hacia el quince de mayo. Queda poco, aunque si no tenemos cuidado, es
probable que para entonces ni los más viejos del lugar sean capaces de encontrar
un mínimo parecido con el difunto movimiento del 15M. Eso sí, los buenos
nadadores nunca se ahogan, y para entonces la Sra. Belarra ya habrá encontrado
un bote salvavidas al que subirse, pues a estas alturas el único objetivo es
sobrevivir, y hacerlo con nómina. Luis Jonás VEGAS VELASCO.
jueves, 26 de marzo de 2026
SUELO RESBALADIZO
Vivimos tiempos complicados. La incertidumbre se hace fuerte allí donde es
especialmente valorable la existencia de certezas, y la paradoja ocupa el lugar
otrora presidido por leyes o principios amparados en sesudas reflexiones, cuando
no en el saber que el comportamiento histórico avala. A nadie se le escapa lo
traumático que, una vez más, ha sido el cambio de siglo. Desde la caída de las
torres en 2001 nada, absolutamente nada, ha vuelto a ser igual. Fue aquello el
detonante de una suerte de carrera hacia no se sabe dónde, en la que en algunos
momentos de especial desazón sólo con seguir corriendo bastaba, como si en
ausencia de un porqué, sólo la mera inercia pudiera erigirse en artífice válido.
Artífice de una nueva Moral, de una nueva Ética, si me apuran, de una nueva
Religión (o al menos de una nueva interpretación de ésta). Y tal vez por ello
que no resulte difícil anticipar, de unas nuevas deidades. Fue que a partir de
ese momento que realidades afianzadas colapsaron, siendo sustituidas por
certezas amparadas en nuevas formas surgidas, en la mayoría de ocasiones ad hoc,
con el fin preciso de convalidar razonamientos que, de haber sido sometidos al
juicio crítico de la generación que había precedido a la sometida a criterio,
habrían obtenido una valoración similar a la puntuación que recibe un mal
monólogo en un bar de carretera un viernes por la noche. Pero para entonces, nos
habían cambiado el monólogo, lo que ocurría es que no nos habíamos enterado.
Esas nuevas deidades, con los presidentes de España, Estados Unidos y Portugal;
se disponían a desentrañar el corolario de lo que bien puede ser visto ahora,
que el tiempo transcurrido nos aporta un viso de perspectiva, de una post-verdad
cuyo eco resuena de nuevo, ahora con especial estridencia, determinando como
entonces nuestra realidad, nuestro futuro. Aquellos no pidieron perdón, y el
hecho significativo de que la sociedad que sufrió una y mil veces sus desmanes
no fuera capaz de hacérselo pagar, ni siquiera políticamente justifica, cuando
no abiertamente determina, que hoy el heredero directo de las consecuencias de
ese trío gobierne el mundo, a espaldas del propio mundo, como buen dictador,
pero con el agravante ahora de no poder explicar a nadie, creo de hecho que ni
al él mismo, las razones que le llevan simplemente a ser como es. Porque si
buscamos razones que justificaran el comportamiento de los dirigentes del Trío
de las Azores, siquiera el vacuo devenir psicótico del exceso de ego nos sirve
para dormir tranquilos. No se trata de que estuviera bien o mal, ni siquiera
juzgamos si había o no justificación racional en el comportamiento que habilitó
la invasión armada de un país soberano. Se trata de que teníamos una
justificación que entraba en los cánones de la psicología convencional, y con
eso nos bastaba. Hoy son las certezas que surgen de la aplicación de esa misma
psicología las que nos llevan a sentir un pavor más que justificados. Pues nos
resulta terriblemente sencillo anticipar cuál va a ser el resultado de esos
diálogos entablados no se sabe muy bien con quién, pero que a pesar de ser
planteados desde una perspectiva diplomática, en pro de una aspiración de paz,
no son sino respaldados con las imágenes de la partida de varios millares de
militares que a estas horas se dirigen ya hacia no se sabe dónde, pues el camino
que van a recorrer ha sido transitado por otros millares de guerreros en
infinidad de ocasiones, con el resultado que la historia nos recuerda cada vez
que reunimos la humildad suficiente para consultarla. A propósito, en una de las
imágenes de soldados del cuerpo de élite de paracaidista, se observa a varios
militares esquivando a un miembro del equipo de limpieza que friega el suelo y
que, magistralmente, se parapeta tras un cartel que contiene un aviso: PELIGRO:
SUELO RESBALADIZO. Luis Jonás VEGAS.
martes, 24 de marzo de 2026
RADICALES LIBRES
Surgidos como casi todo lo que tiene alguna importancia de lo que se ha dado en llamar “The Big Bang”; los radicales libres se erigen como una fuente de gran importancia a la hora de explicar la conformación de cualquier estructura llamada a ser o a contener vida¸ de ahí su importancia.
Con origen en un cataclismo, tal vez no podría ser de otra manera, la existencia no ya del hecho, siquiera del concepto, genera en nuestro devenir una suerte contradictoria de emociones, pues no en vano términos como cataclismo, explosión y por supuesto, radical, generan en nuestra interpretación de la realidad un a priori para nada desdeñable, y desde luego poco alentador. Y la causa, no olvidemos generada desde perspectivas ajenas a nosotros mismos, no es desde luego casual, pues la sensación de desasosiego que suele acumularse en torno a quienes conjugan en su día a día semejante tipo de conceptos no es sino el resultado muy causal de un largo cúmulo de procederes destinados a conformarnos de una determinada manera, toda la cual resulte homogénea, presumible y, desde luego, sencilla de anticipar. En definitiva, un escenario en el que ser radical libre requiera de una inversión vital de tal magnitud que resulte, en sí misma, una misión imposible.
Es, por el contrario mucho más eficaz, convencernos de la existencia de una escenario en el que la zona de confort resulte no sólo apetecible y halagüeña, sino manifiestamente recomendable. Definimos así un contexto en el que el modus vivendi que a la sazón resulta lógico en el mismo es, ante todo, una franca contradicción respecto al que sería propio de un escenario en el que las explosiones, y las génesis que le son propias, tendrían lugar. Es así como nos enfrentan a la contradicción, luego está la lógica guiada y, con un ligero empujoncito, quién va a acordarse de la teoría nihilista que parece surgir como conclusión.
Pero es aquí donde yo veo y planteo la otra contradicción:
¿Hay algo más radical que ver cómo un estado expulsa a ancianos de sus casas? ¿Hay algo más radical que cambiar de canal durante el informativo de la tele porque las imágenes de niños masacrados dificultan nuestra digestión?..¿Acaso no es radical ver cómo sendos psicópatas se erigen en arquitectos de una nueva realidad cuya puesta en práctica requiere inexorablemente de la desaparición de cualquier vestigio de lo que hasta ahora hemos considerado como el mundo que nos era propio?
No sé, llamadme radical. Porque si, como creo, las respuestas que el cuerpo os pide a tales preguntas van por donde me imagino, tal vez haya llegado el momento de conjugar las tesis del Genial Filósofo Alemán, y conciliar con él la conclusión devengada de la certeza por la cual “(…)si radical es el calificativo merecido por los que se toman las cosas de raíz, entonces llamadme radical”.
Así que cuando os acusen de cenizos (versión descremada de pesimista petulante); constatéis que la compañía de semejantes se ha vuelto insufrible o, simplemente, lleguéis a la conclusión de que ser alérgico al prójimo que os rodea no sólo no es una enfermedad, sino que llegados los tiempos que corren es prueba irrefutable de que aún tenéis elección. Entonces, amigos (o enemigos míos), habéis cerrado el círculo, habéis vuelto al origen. Sois Radicales Libres.
Luis Jonás VEGAS VELASCO.
sábado, 5 de mayo de 2018
200 AÑOS DE CARLOS MARX. DEL MÉTODO A LA ESENCIA.
Detengamos un instante nuestros pasos, si podemos; miremos
durante tan sólo un segundo a nuestro alrededor, si nos atrevemos… y una vez el
instante se haya tornado en algo más que en el mero transitar de lo que a modo
de eufemismo llamamos tiempo, decidamos si estamos en condiciones a lo sumo de
plantearnos la que se manifiesta como la gran cuestión: ¿Es vivir amoldarse al
tiempo?
De cómo respondamos a la cuestión, o incluso a partir tan
sólo de cómo la planteemos, pueden devengarse no ya múltiples implicaciones,
que en la mayoría de ocasiones serán por sí mismas suficientes a la hora no ya
de identificar al Hombre, sino por supuesto, al contexto en el que éste se
desempeña como Hombre.
Si nos detenemos el
tiempo suficiente en lo que acabamos de decir, concluiremos que no hemos hecho
otra cosa que describir mediante un circunloquio lo que de manera más directa
podría definirse como vivir. Mas en
lo que respecta al motivo que justifica la flexión, el mismo queda
suficientemente rusticado en el hecho que hoy sirve como esencia a la presente
reflexión; que no pasa por otro lado que no sea el de constatar hasta qué punto
no son sino las reflexiones de nuestro protagonista las que están llamadas a
definir de manera distinta a como hasta ese momento se llevaba a cabo, lo que
por otro lado siempre había estado considerado como un hecho accidental. Antes de MARX, vivir era algo en esencia
inevitable, a partir de MARX, vivir se convierte en una suerte de permanente revolución,
una forma de perpetuo estado de negación en lo que concierne a la hasta
entonces irrefutable certeza llamada a tornar lo inexorable de la vida paradójicamente en lo destinado a
hacerla invisible.
Planteábamos al principio a modo de cuestión fundamental si
es el Hombre el llamado a cambiar el Mundo;
o si por el contrario es el Mundo el que desencadena el poder suficiente
como para cambiar al Hombre. No está en nuestro propósito dilucidar la cuestión
en uno u otro sentido; mas en cualquier caso no perderemos la oportunidad de
poner de manifiesto la que es a todas luces una verdad incuestionable, y no
sólo a título de procedimiento: De no ser por Karl MARX, el mero planteamiento
de una cuestión aparentemente tan evidente, hubiera sido imposible de llevar a
cabo. Y no por falta de procedimientos, sino por falta de ubicación contextual.
Se erige pues el
doscientos aniversario del nacimiento de MARX como un buen momento para traer a
colación no tanto lo magnífico de las afirmaciones de MARX, (pues ello
convendría de una capacidad para la que sin duda me confieso no preparado); que
sí más bien para aumentar si cabe la importancia de las mismas, de cara a la
comprensión de lo que sin duda estaba por
venir, una vez que de la comprensión del contexto, o de los cambios que
para el mismo supuso en este caso la irrupción de MARX; sirven para atribuirle
al mismo el poder suficiente para comenzar a contestar a cuestiones como las
que, insisto, dan pie a la presente reflexión.
Porque si en algo podemos estar seguros, es de que antes de
la irrupción de MARX en el escenario Político y por ende Filosófico (pues e
ambos tendrán sus reflexiones consecuencias inexorables), la cuestión al
respecto de los protocolos que al Hombre ha de desarrollar para, digamos, cambiar
el mundo; era sencillamente absurda toda vez que no es sino hasta que la Sociedad Occidental comprende los protocolos sobre los que MARX teoriza (comprensión
que inevitablemente pasa por la adopción de una nueva perspectiva de conceptos
como el de responsabilidad) que era
virtualmente imposible apreciar en el Hombre una verdadera capacidad (ya fuera
ésta actitudinal, o procediera del aprendizaje) disponible para cambiar el
mundo.
La causa es evidente. MARX no cambia al Hombre, MARX no
cambia al mundo. MARX cambia para siempre la forma que el Hombre tiene de
relacionarse con el Mundo.
Antes del Siglo XIX, el denominador común destinado a
definir el precepto se basaba en la conjugación del término inexorable.
Vivía el Hombre, o por ser más exacto, vivir era percibido como un lento y casi
siempre terrible transitar en el que nada se podía hacer, y del que era
imposible escapar.
Ante semejante tortura, escenificación máxima de la más
elevada de las formas a las que la
alienación puede optar, el más cruel de los juegos que el ser humano puede
llegar a imaginar conducía a un relato en el que la costumbre había llevado a
aceptar como inevitable la que no es sino la más terrible de las traiciones, la
que lleva al Hombre a traicionarse a sí
mismo al asumir la vida como destino, cambiando la belleza del riego asociado
al ejercicio de la Libertad, por el sórdido y mortecino menester al que tiende
una vida basada en la conjugación predecible del destino.
Porque al final del trayecto, sea éste más o menos largo,
esté o no rodeado de calamidades y dolor; la mera existencia de tales, a priori
malos, no harán al final sino evidenciar lo que a partir del Siglo XIX (el
siglo de MARX entre otros), regalarán al Hombre.
MARX cambia el mundo. Y paradójicamente lo hace sin tocarlo. MARX no crea herramientas
con tal fin. La genialidad de MARX pasa por el logro de una conceptualización
en la que la legitimidad del Hombre para modificar el Mundo no sólo es
incuestionable, sino que es necesaria.
Aporta MARX el contexto, y dado que los componentes
inevitables de éste son siempre Tiempo y Espacio, de ello bien puede
dilucidarse hasta qué punto los logros de MARX influirán en la manera que el
Hombre tendrá a partir de entonces de pergeñar lo que con tales ha de llevar a
cabo. Mas superada la impresión son las derivadas que se suscitan las que están
en disposición de hacernos ver, o a lo sumo intuir, la magnitud de las nuevas
certezas que una vez desentrañado el mensaje marxista, aparecen ante nosotros.
La primera de ellas surge casi de manera inevitable: El que
ahora surge como lógico sueño de libertad que atesora todo individuo por el
mero hecho de ser Hombre, terminará por fructificar bastantes años después en la DECLARACIÓN UNIVERSAL DE LOS DERECHOS HUMANOS, comienza a emerger ya aunque al principio lo
haga de forma un tanto tímida, en las formas de comportamiento que comienzan a
apreciarse en el seno de los que componen esa nueva realidad. Revolucionaria
tanto en su forma de actuar como, lo más importante, en su forma de pensar.
Nos damos así casi de bruces con que la conclusión tácita
que surge del desarrollo procedimental de unas teorías que por innovadoras lo
son incluso a la hora de someterse a los cánones de un proceder que, en su
caso, se vuelve irracional a la par que opresivo. La causa es evidente, se
trata tal vez por primera vez desde la aceptación del colapso del escenario en
el que Los Clásicos se sentían
cómodos, de una teoría completa, llamada a unificar al Hombre con el Medio que
le resulta natural.
Porque ahí reside la clave del éxito de MARX, en centrar el
éxito de lo que se espera del Hombre dentro de un catálogo asumible (por ello
no sólo conceptual), en el que el
trabajo, entendido no como sufrimiento sino como fuente natural de la
satisfacción que el Hombre alcanza modificando
el medio, corrobora en el desarrollo del menester la consecución del fin
último a saber, la felicidad por medio de la aprehensión.
El resto es, nunca mejor dicho, evidente. Tanto que se torna
en casi una obviedad. Así como el pintor modifica un paisaje una y otra vez por
medio de pinceladas que son tanto más sutiles cuanto más se aproxima a lo que
constituye su ideal; sólo la esencia del cambio promovido consigue evidenciar
que no sólo el cuadro, sino también el autor, ha sido presa de ese cambio.
Un cambio que no sólo se evidencia, sino que hace
imprescindible la redefinición de todos y cada uno de los componentes llamados
a ser trascendentales en el desarrollo del cuadro (un retrato en este caso pues
no es sino de El Hombre en toda su magnitud de lo que estamos hablando). De ahí
la trascendencia de lo expuesto. Es así que MARX no se limita a teorizar sino
que sus consideraciones, sometidas a priori a la interpretación de la Ética,
vienen en realidad a querer influir de manera efectiva en la conformación de
una nueva Moral la cual, de manera
activa, modifique los preceptos que regulan no ya la forma de ver la vida, sino
abiertamente la manera de vivir.
Luis Jonás VEGAS VELASCO.
jueves, 26 de abril de 2018
PALABRA PERDIDA, HUMANIDAD DESPERDICIADA.
Condenado a vagar por el páramo de la soledad, ese en el que
el silencio se reconoce en la ausencia de eco, ese en el que la persecución de
la sombra se torna en necesidad que no en muestra de locura; el tiempo se hace
presente al materializarse cada instante no en el anhelo de fútil posesión, que
sí más bien en certeza de renuncia.
Porque no es el Hombre más que un concepto, y por ende a lo
sumo hacia el manejo de tales ha de tender cuando pretende hacerse dueño que no
de una parte de la realidad, sino a lo sumo del espacio destinado a contener el
cúmulo de vaguedades al que cada día puede tender una vez saciado el extraño
fragor que vivir supone, sobre todo cuando la superación de la ignorancia ha
servido como mucho para instalarnos en una suerte de certeza en la que no
existe nada capaz de saciarnos, en la que la mayor atribución redunda en la
esperanza de poder recordar un solo instante en el que, a falta de poder
definir la felicidad, podamos cuando menos recordar aquellos tiempos en los que
vivíamos ajenos a las desgracias.
Es el recuerdo la
única manera de parar el tiempo. La afirmación, inexorable por inaccesible, hace redundar en
toda su magnitud la certeza a partir de cuya asunción vienen a formar uno tras otro y por
redundancia, en orden, todas la variables llamadas a conformar ya sea por
naturaleza o por negligencia de ésta, los destinos y atribuciones en los que el
Hombre puede si no encontrar serenidad, sí por lo menos reconocer la inevitable
necesidad de la misma.
Pero está impregnado no en vano el recuerdo, de cierto
regusto a renuncia. Es el recuerdo esa sombra en la que sólo el anciano se
reconoce. Una sombra que, como ocurre con las cargas demasiado pesadas, con las
maletas demasiado llenas, entorpece cuando no abiertamente imposibilita el
comienzo de ese, el viaje de descubrimiento, hacia el que siempre debió estar
encaminada nuestra existencia.
Apostemos pues por esa otra percepción de la sombra, en
definitiva por esa otra percepción de
nosotros mismos, en la que como niños, casi jugando, aprendemos a
aprehenderlo todo, cuando la ausencia de prejuicio, cuando la ausencia de mochilas materiales no entorpece nuestro
devenir,
Es entonces el momento de ese niño llamado a descubrir su
sombra delante (porque el sol, agente irreductible de todo, incluso de la
formación de esa sombra), impulsa desde atrás las velas del barco en el que se erige ese niño; un barco cargado
de esperanza, capaz de conjugar el verbo desconocido (pues está sin duda
llamado a hacer cosas que nosotros somos incapaces siquiera de imaginarnos),
capar de declinar el sustantivo aún etéreo (pues sin duda alumbrará realidades
que para nosotros resultan hoy imposibles de materializar).
Porque una vez más, nuestro tiempo ha pasado. El ciclo se ha
cerrado, y el Hombre se ha visto superado por la realidad, como a diario es
superado por el sol en su tránsito desde el alba
hasta el ocaso. Y es precisamente
en la certeza del ocaso, una vez que el astro
rey nos ha superado, que somos conscientes de la enésima certeza que desde
el regodeo el Mito de la Caverna nos
regaló: la que pasa por entender que tener el sol el horizonte nos obliga a
cerrar los ojos, pues su brillo cegador nos satura.
Juguemos pues una vez más a ser niños. Y como niños no hagamos
de la rectificación trauma, sino reconocimiento de la nueva oportunidad que en
la superación de todo error se esconde. Reconozcamos en primer lugar nuestra
imposibilidad para superar nuestras múltiples carencias, tornando lo llamado a
ser dramático, en un ejercicio de reconocimiento.
Seamos pues, y en primer lugar, consecuentes. Y desde esa
original que no nueva posición, reconozcamos que si bien a niños no podemos
retornar, reconocer en nuestros actos los propios de los que portan almas
libres de prejuicios, sin duda que nuevas oportunidades nos brindará.
Volvamos pues a reconocer el mundo, y en lo que respecta a
cómo, pues muy sencillo, retornando a la formalización de los conceptos cuyo
dominio, o la falta de humildad que se esconde tras la premonición del que
realmente cree que domina algo, supuso el comienzo del fin, el establecimiento
del germen del que brota el mal cuyo drama hoy pagamos.
Tengamos pues la osadía de renombrar el mundo. Si el
pensamiento piensa ideas, hagamos de los conceptos llamados a contenerlas algo
más que meros cuando no vulgares receptáculos. Hagamos que las palabras sean en sí mismas, algo más que
accidentes de contingencia, para tornarse en realidades necesarias.
La ejecución efectiva de tal proceder, antes o después redundará
en la certeza de que las palabras son, en sí mismas, elementos competentes; o
en todo caso algo más que meros accidentes llamados a tomar la realidad del
concepto al que definen. ¿Cómo si no, sin palabras, puede el Hombre definir
todos y cada uno de los elementos destinados a componer lo que comprende? O
incluso en un paso más ¿Tiene el Hombre alguna otra manera de determinar las
fronteras que determinan su propia existencia, que separan su compendio del
resto?
Es la palabra, en sí misma y por sí sola, un instrumento
ampliamente poderoso. ¿Cómo aceptar si no la realidad que, terca se manifiesta
ante nosotros, cuando por sí sola es capaz de contravenir los llamados a
tornarse en objetivo del llamado a ser su portavoz? Para quien lo dude, que se
introduzca durante tan sólo un segundo en los monólogos que por ejemplo Sancho
protagoniza en la destinada a ser Segunda Parte de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, y que tras
sumergirse en ellos diga si resulta posible seguir sosteniendo la tesis sobre
la que la propia obra una y mil veces redunda, la que se empeña en decir que
Sancho es, a lo sumo, un mentecato. “Señor,
las tristezas no se hicieron para las bestias, sino para los hombres; pero si
los hombres las sienten demasiado, se vuelven bestias: vuesa merced se reporte,
y vuelva en sí, y coja las riendas de Rocinante, y avive y despierte, y muestre
aquella gallardía que conviene que tengan los caballeros andantes…”
Y digo yo: ¿Pueden ser éstas palabras atribuidas a uno
llamado a ser tenido por mentecato?
Y qué decir, de lo llamado a hacer con la palabra, al
respecto del propio Hidalgo. Pues empecinado en todo la obra en mostrarlo como
un verdadero loco al que los sesos se le
han licuado de tanto leer novelas de caballería, al final de sus palabras así
como de sus actos hemos de reconocer, como por menester del propio Sancho que
hacemos: “Sin duda –dijo Sancho –que este demonio debe ser hombre de bien y
buen cristiano, porque a no serlo, no jurara en Dios y en mi conciencia. Ahora
yo tengo para mi que aun en el mesmo infierno debe de haber buena gente”.
Reconocemos y nos reconocemos en la palabra, manifiesto pues
no ya de meras voluntades, que sí de certezas y otras que de ser tenidas por
propias, permitirían sin duda reconocer con más prestancia al llamado a ser
tomado por Hombre.
Tal vez en ello, o en la negación como recurso de
razonamiento por absurdo; que acabemos por descubrir las causas que determinan
el porqué del recelo que cada vez con más fuerza separan al Hombre de lo
llamado a componer su naturaleza a saber, el pensamiento, expresado en la
palabra.
Luis Jonás VEGAS VELASCO.
viernes, 13 de abril de 2018
CRÓNICA DE UN PROCÉS: DE TABARNIA A EL TOBOSO.
“…La destrucción de
las palabras es algo de gran hermosura. (…) ¿No ves que la finalidad es limitar
el pensamiento, estrechar el radio de acción de tu mente. Cada año habrá menos
palabras, con lo que el radio de acción de la conciencia será cada vez más
estrecho. La Revolución será completa cuando la Lengua se perfecta, cuando no
haya pensamiento, al menos en el sentido que ahora le achacamos.
La ortodoxia significa
no pensar, no necesitar del pensamiento. Nuestra ortodoxia es la
inconsciencia.”
ORWELL, George. “1984”
En la calenda número cien de este año ignoto no por
desconocido, que si más bien por extraño; diferenciamos el proceder realista del llamado a ser tenido por soñador no en el hecho que sí más bien
en el derecho de erigir en certeza la otrora ensoñación por la cual si lo
vivido es cierto, ya sólo a mejor puede
tender la desasosegante marcha que por el desierto nos lleva a transitar en lo
que unos y otros hemos llevado a asumir como la Vida, cuando no como lo sempiterno.
No se trata pues de que la Realidad nos sea ignota, pues más
que pensada es aprendida, de lo que
ha de asumirse cierto grado de reconocimiento. No se trata pues de que no
seamos capaces de reconocer la realidad
como concepto, sino que más bien ésta se torna para nosotros desconocida,
sencillamente porque nosotros no nos reconocemos en ella.
Diferenciada entonces la Realidad
Pensada, de la otra realidad, la
que podríamos identificar por su condición estrictamente práctica en tanto que vivida; establecemos no ya un marco que
si más bien una clara frontera destinada a separar lo vivido de lo concebido,
lo factual de lo potencial.
Surge o más bien se pone de manifiesto ante nosotros la gran
diferencia existente entre lo uno y lo otro, toda vez que lo vivido y desarrollado en el escenario propio de la existencia
factual propia de la realidad estrictamente material, queda hoy por hoy
desbordado por el deseo y quién sabe si por la inconsciencia desplegada por una
Sociedad en la que el hastío ha hecho
tal presa, que lo soñado y lo fingido (las promesas), llegan a tener más valor
que aquello que está realmente llamado a erigirse en substancia componente de
lo llamado a ser la Realidad.
Acude de nuevo ORWELL en nuestro auxilio al dar de nuevo en la tecla cuando
afirma que: “Es así que el Sentido Común
acaba por erigirse en el mayor enemigo del aspirante a permanecer cuerdo.”
Mas en un mundo como el nuestro, en el que si bien El Pensamiento es lo llamado a pensar Ideas, cada vez resulta más
difícil no ya diferenciar entre las buenas y malas ideas, que sí más bien entre
lo que son ideas y lo que son meras o vulgares ocurrencias… ¿Queda espacio para
el Ser Humano, o por el contrario el haberse tornado éste en obstáculo para el
desarrollo de las ideas le ha convertido en prescindible?
En un tiempo cuando no en una época en la que el lema “Éstos
son mis principios, mas si no le gustan, tengo otros”; ha terminado por
convertirse en algo soberano, lo cierto es que cada vez resulta más difícil no
ya diferenciar entre el pensamiento acertado y el erróneo, sino separar lo que
es un razonamiento, de lo destinado a ser una mera y a la par falacia.
Pero retrocedamos un poco, pues no en vano el presente predispone el futuro, y éste se
regodea del pasado; y rescatemos el esplendor que circunda al núcleo de
aquella máxima destinada a revelarse en dogma de nuestra fe (la escrita no el Latín que sí más bien en Griego), y
que se resume en el consabido “El
pensamiento piensa ideas”.
Es la palabra la destinada a erigir conceptos. La palabra
nombra a reyes con la misma sonoridad con la designa a plebeyos (pues ni uno ni
otro existe si no es previamente reconocido en su nombre). La palabra define
imperios con mayor escrupulosidad con la que sus fronteras pudieron hacerlas,
no en vano éstas resumen su vigencia al periodo en el que los mismos son
capaces de reconocerse en su presente, mientras que la palabra tiende por
naturaleza a proyectarse, siendo el futuro el espacio natural en el que tal
proyección alcanza su lógica.
Se pierde así pues la noción del tiempo. El presente sueña
con ser futuro, y cuando el miedo propio de la incertidumbre se extiende como
el manto de la noche lo hace tras la cálida tarde de verano; la efímera
realidad (presa del instante), corre a refugiarse en los seguros por
ancestrales brazos de un anciano pasado que canta no las bondades, que sí las
certezas, de lo que no necesariamente por ser alcanzó a ser lo mejor, mas sí la
realidad tienen cobijo en ello.
Pero la realidad nos aburre, porque lo real es, y lo que es no puede dejar de ser.
Puede a lo sumo evolucionar. Es la evolución cuando está vinculada al hecho,
una mera ilusión que alcanza en el peor de los casos un afán de mentira puesto
que si las cosas son, son, quedando para prestidigitadores y buhoneros de
altozano la acción que se tornan en vulgar ilusionismo, y que pasa por tornar
la arenga en farfulla, envolviéndolo todo en una suerte de confusión que unas
veces se torna en misticismo (cuando son los sacerdotes los llamados a protagonizar el evento), degenerando las
más en conversación de taberna cuando
son los charlatanes los llamados a protagonizar el desarrollo.
¡Ay! entonces del que esté llamado a perseverar en la suerte
de la réplica que todavía cabe esperarse ante el discurso que de otro modo bien
podría ser tomado por mera perorata. Es entonces que de ser tenidas por ovejas
las palabras, la emoción que éstas están destinadas a promover en el escuchante
será a lo sumo comparable a las emociones que el que finalmente estaba
destinado a reconocerse en el nombre de Alonso
QUIJANO experimentó cuando confundió con ejércitos lo que en ¿realidad?
eran rebaños.
Pongo en tela de juicio la realidad (lo someto a la acción
del interrogante), toda vez que a estas alturas lo único que ha de quedar claro
es que bien pudiera ser que la realidad,
en tanto que tal, no exista. Reto a cualquiera a que me sostenga un
procedimiento en el que la realidad sea algo más que una interpretación, el
reto está ganado toda vez que nadie puede decirme nada que vaya más allá de que la realidad a mí me parece. Y si bien
el verbo parecer es en su naturaleza copulativo, de ello se desprende que el
resto de complementos, los destinados a conformar el aditamento que complementa
o atenúa a esa realidad, lo hacen en tanto que desde su carácter de atributo. Así que la realidad no es,
sino que viene conformada. ¿De qué? Obviamente de una serie de interpretaciones
subjetivas, que tienen su raíz no en la propia realidad, sino en la esencia de
aquél que vive, o sea, que interpreta.
Se pierde pues el presente en un deseo de soñar, aspirando a
ser futuro, y reconocemos y nos reconocemos en el futuro en tanto que usamos el
pasado como referente. De esta unión entre futuro (potencia), y el pasado
(hecho por excelencia), ¿puede acaso devengarse la suerte de paradoja según la
cual el pasado sería interpretable, o sea, puede cambiarse?
Nuestro presente más absoluto es una prueba evidente de lo
que planteo. La mera existencia de la palabra posverdad habría de despertar nuestra atención en el sentido de que
la existencia de la palabra amenaza con hacer crecer en nosotros la noción de
un concepto que si bien hasta hace un tiempo relativo, no suponía una amenaza,
hoy por hoy su peligro es una realidad que en términos cartesianos manifiesta
su evidencia de manera clara y distinta.
Es así que lo llamado
a ser real lo es tan sólo en la medida en que puede ser conceptualizado. El
proceso, por complejo que sea, reduce tal complejidad a la profusión de
palabras que sean necesarias para lograr la perfecta descripción de lo hecho o
percibido. Y las palabras si son instrumentos por naturaleza llamados a
evolucionar y ¿qué es la evolución sino una suerte de cambio elegante?
Confiando nuestra destreza para con la verdad a la que
rogamos no resulta vana esperanza de no perder la Razón (aunque paradójicamente para ello corramos el riesgo de
perder el seso), lo cierto que
tornamos en cordura lo que para otros no habría de ser sino aprensión sobre
todo a la hora de entender que los clásicos
identificaban la cordura nada más
y nada menos que con el palpitar sereno y
acompasado del corazón.
Razón y corazón encuentran así, de manera netamente natural,
un espacio en el que convivir de manera, nunca mejor dicho, elocuente. Pues no en vano es la
elocuencia la capacidad no tanto para convencer, como sí más bien para atraer
hacia los fueros que son propios del que la acción ha emprendido, sin que ello
repare en rastro de humillación para el que tal senda emprende.
Y como elemento y fuero, la palabra: Arma donde las haya,
capaz de tornar en cuerdo al siempre tenido por loco Don Quijote; herramienta que cuando es emprendida por Sancho, bien
puede tornar en genio al que hasta ese momento es tenido por vulgar (que no
soez) mentecato.
¡Decidme ahora si llegados a estos extremos, no ha de ser
sino la palabra el único arma capaz de solventar este entuerto! Pues ya sean
molinos que no gigantes, o pellejos de vino, la razón que unos y otros rezuman
contiene la savia de la última esperanza de regeneración que de todo esto ha de
regenerarse.
Luis Jonás VEGAS VELASCO.
sábado, 19 de agosto de 2017
INTUICIÓN.
Compleja es, sin duda, la misión que el Hombre como tal
tiene encargada. Asumida, que no aceptada, debe éste de encomendarse cada día a
su intuición, pues no en vano vivir no solo no es fácil, sino que tal y como
queda patente a menudo a la vista de las innumerables dificultades que jalonan
el mencionado proceder; se ve el Hombre obligado a ir un poco más allá, a dotar de un plus a lo que de otro modo
habría de suponer una mera superposición
de estados y momentos, (algo que, de aceptarse, redundaría el espacio del Hombre a algo tan
excesivamente natural como lo dispuesto
por y para la Geología), en base a lo cual los instantes no vendrían a ser sino
la superposición de estratos que la
teoría nos enseña; reduciendo tal vez hasta
un valor de cero lo que nos ha sido encomendado como la más importante de
las tareas a saber: la de convertir cada forma del tiempo en un instante,
impidiendo con ello que vivir sea solo un transitar, obligándonos a convertir
en arte lo que para todo lo demás no es sino devenir, tal y como se desprende
de la noción de conciencia.
Sea por suerte o por desgracia, el paso del tiempo no ha
servido sino para refrendar esta certeza. El paso del tiempo, superada su mera
percepción cronológica, ha ido poco a poco perfilando una suerte de dudas que
lejos de proporcionar respuestas no han hecho sino evolucionar hacia otras
preguntas cuya mera semántica nos ha ido conduciendo por una senda cuya mera
interpelación ha redundado en la certeza de saber que para lograr siquiera intuir al Hombre, harían falta otras
disciplinas, o quién sabe si una combinación de varias, a partir de las cuales
emitir las interpelaciones destinadas a obtener las ansiadas respuestas.
Asumiendo que la complejidad del Hombre ha de proceder de
algo más sólido que los argumentos basados en la existencia de la propia noción
(la consciencia); habremos de conducir nuestros esfuerzos en pos de aquello llamado a mostrarnos lo que de
verdad nos diferencia, pues si de verdad somos en tanto que al contrario de
lo que les ocurre al resto de seres, nosotros sabemos que somos; pobre tributo
le queda redundar a la humanidad si solo una mención cuantitativa le cabe al
mundo esperar de nosotros.
Es entonces cuando la noción de ese plus, la capacidad para
discernir, materializada en el recurso destinado a hacernos propensos a
diferenciar el bien del mal, (la
conciencia), acude a nosotros como respuesta a la primera de esas cuestiones
imprescindibles, llamadas en todo caso a ser estructurales, en tanto que
propensas a la transcendencia.
Tenemos así que lo que una vez bien pudo ser un proyecto
evolutivo, alcanza grado de realidad cuando se erige en proceso terminado al
poder identificarse con la noción de consciente
de su conciencia.
Reducido el intervalo de tiempo necesario para semejante
logro a la percepción de las consecuencias que el mismo tiene para la realidad;
suprimir todo el proceso en tanto que reduciéndolo a lo vivido en las últimas
horas, supone un ejercicio de tal complejidad que de llevarse a cabo, ha de ser
bajo circunstancias que garanticen el cumplimiento de las mínimas normas, pues
no en vano la incidencia de lo acontecido en las últimas horas en Barcelona
pone de manifiesto una suerte de complicaciones hasta el momento ni siquiera
valoradas toda vez que el análisis de las consecuencias de tales hechos, así
como la magnitud de las acciones que las han deparado bien pueden desentrañar naturalezas humanas cuya
complejidad sea de tal calibre, que si mero análisis y por supuesto su
comprensión no sea pertinente si aducimos en exclusiva los medios de los que
hoy por hoy disponemos.
Retornamos pues a la complejidad, pues solo tras la
abstracción que la misma supone podemos llegar a aceptar sin remordimientos la
presencia de esa ignorancia otras veces negada, y que ahora se presenta ante
nosotros en toda su extensión. Pues no es que seamos ignorantes para comprender
los oscuros misterios de los agujeros negros, ni siquiera se nos pide que
sondeemos en la profundidad del universo. Aquello en lo que mostramos nuestra
absoluta ignorancia, aquello en lo que estamos llamados a fracasar es en ser
capaces de sondear el alma de aquellos que por medio de su vil comportamiento
parecen empeñados en negar incluso que sean nuestros semejantes.
Y no es sino que a través del atisbo de imposibilidad que
para tal logro se anticipa de perseverar en el error manejando la cuestión a
través de los medios hasta el momento empleados (lo que supondría emplear
recursos cuantitativos para solucionar consideraciones cualitativas), que a
todas luces la Geología, empleada hoy como metáfora, queda a todas luces
superada si de lo que se trata es de comprender al Hombre como algo más que el
resultado de una mera superposición de
estratos.
Una vez más, tal y como ha venido ocurriendo a lo largo de
la Historia, la respuesta siempre estuvo a nuestro alcance; o si no, al menos
sí lo estuvieron los medios para acceder a la misma.
El esfuerzo necesario en este caso, el necesario para llevar
a cabo una mera concesión, la que pasa por aceptar que la intuición, entendida
como capacidad para llevar a cabo transiciones desde lo ideal, puede ser válida de cara a reconocer al Hombre, interpelando
desde la misma en la búsqueda de esas disonancias que de existir, son de tal
profundidad que acreditan la dificultad para el reconocimiento del sentido de humanidad en quienes tan firmemente se
empeñan en negarlo.
Intuiremos así pues vagamente la existencia de otras formas
de entender la realidad, de otras formas de comprender la vida, incluso de
otras maneras de conciliar la relación del Hombre con sus semejantes,
precisamente cuando tal relación ha de concebirse desde la diferencia.
Tal vez a partir de ahí podamos conciliar el dilema. Un
dilema que pasa por entender cómo es posible que siendo todos iguales, podamos
conducirnos para con nuestro prójimo de manera tan diferente.
A la espera de mejores tiempos, tal vez haya que renunciar a
saber, para empezar a intuir.
Luis Jonás VEGAS VELASCO.
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