martes, 19 de febrero de 2013

MIRAD YO QUE VINE COMO CORDERO ENTRE LOS LOBOS


Vivimos tiempos inmisericordes. El Hombre, en su sano juicio, comprende su soledad, y por ello hace del estado de permanente enajenación, el concepto que mejor describe su actual situación. En definitiva, hemos alcanzado los tiempos, igualmente descritos en el Último Libro, según los cuales, los hijos se alzarán contra sus padres.

Uno tras otro asistimos, con la pasividad propia del loco, o con la abulia exclusiva del nihilista; al desencadenamiento uno tras otro de los acontecimientos cuyos preceptos originales pueden tan  solo significar el desmoronamiento definitivo de todos y cada uno de pilares sobre los que se apoya no ya la Cultura Europea, sino más bien la manera de entender la vida en Europa.

Lejos por supuesto al menos a priori de entrar en consideraciones axiológicas, constituye de obligado cumplimiento reconocer no tanto que la Iglesia Católica forma parte del modelo de cultura europeo, sino que hemos de ir un paso más allá, hasta conformar la certeza de que la forma de vida europea aparece inexorablemente recubierta de una capa de catolicismo la cual se pone de manifiesto no tanto a la hora de reconocernos en la Vieja Europa, como a la par estamos obligados a considerar razonablemente que de igual o de parecida manera, sigue  formando parte de los principios que son estructura en todos y cada uno de los elementos que subyacen incluso a las mencionadas estructuras europeas.

Por eso, cuando Benedicto XVI removía Roma con Santiago la pasada semana al anunciar su revolucionaria voluntad de renunciar, dejando con ello vacante la sede petrina; el asunto trascendía para pasar a un plano que supera con mucho al de una mera dimisión, para pasar a ser un asunto de verdadero interés.
Porque, ¿Puede verdaderamente Benedicto XVI volver a ser sin más Ratzinger a secas?

La cuestión es sencilla, y complicada a la vez. El silogismo que se plantea, en definitiva, puede tan sólo plantearse si nos atenemos a los cánones que los Cristianos Católicos se empeñan en otorgar cuando se empeñan igualmente en tergiversar todos aquellos aspectos que, en realidad, estarían sin duda mucho mejor tratados atendiendo a normas y procedimientos ajenos a las “razones vaticanas”. Y todo ello dicho en el día del aniversario del nacimiento de Nicolás Copérnico, y cuando han transcurrido escasas calendas de la conmemoración de la detención a manos del Santo Oficio, hoy Congregación para la Doctrina de la Fe, nada menos que de Galileo.

De verdad, no se trata de la ejecución de un juego de prestidigitación magnífico. Se trata sencillamente de la puesta en antecedentes de una serie de circunstancias cuya consideración resulta imprescindible a la hora de tener claro el grado de magnitud del acontecimiento reseñado. Así, es necesario recordar que el último pontífice que manifestó la osadía suficiente como para dejar vacante en vida la sede petrina, murió mucho antes de que el mismísimo Copérnico naciera.

Constituyen los logros de Copérnico, justamente traídos hoy aquí a colación, metáfora perfecta del grado de revolución que los mismos canalizaron toda vez que el modelo Heliocentrista se convirtió rápidamente en el exponente de un plan de desarrollo que, en el plano de la Sociología Humanista cuyo albor comenzaba a hacerse patente en el horizonte; completaría después el ingente filósofo Inmanuelle KANT. Sus “Crítica a la Razón Pura” y posterior “Crítica a la Razón Práctica”, conformaron un torbellino de nuevo saber para cuya mera interpretación no sólo se hizo imprescindible un largo periodo de tiempo, sino que, y he ahí lo más importante, hizo imprescindible la adopción inapelable de una sucesión de nuevos conceptos de marcado carácter estructural la suma posterior de los cuales, puestos todos en la debida perspectiva, hacían imprescindible la adopción de un nuevo paradigma que se versaba no en el reforzamiento mediante la discusión de aquél que había sido superado, sino en la inmediata destitución del mismo desde la convicción pragmática de que las mentiras que habían cimentado el mismo, lo hacían al imperdonable precio de socavar los cimientos de la Sociedad, al imperdonable precio de alienar al hombre “en tanto que tal”.

Y parecido, si no tal, es el escenario que la renuncia de Benedicto XVI trae consigo aparejada. Que nadie, ni los más Católicos, ni mucho menos los más reaccionarios, piensen que después de esto les bastarán con unos cuantos trucos (y un poco de humo blanco) para que todo vuelva a la normalidad, o a lo que ellos designan como normalidad porque ¿Dónde residía lo normal, en la muerte dramatizada desde la ignominia moral que nos regaló el anterior Papa, o en la huída funesta protagonizada por éste?

Para empezar a comprender la magnitud del acto, resulta recomendable reconsiderar una serie de hechos cuando no de acontecimientos cuya comprensión, nos ayudará cuando menos  a comprender el grado de diferenciación que merece el aspecto considerado.
Así, por ejemplo, no podemos hablar con propiedad y hacerlo de dimisión. Si El Sumo Pontífice es el anunciado de Dios en la Tierra, resulta que en el caso que nos ocupa, aceptar una dimisión constituiría la confirmación de que Dios se ha equivocado, hecho por definición imposible. En consecuencia, sólo nos queda canalizar el hecho a través de la conciliación que nos ofrece la metáfora de la renuncia responsable, con la cual no sólo minimizamos el impacto sino que además, logramos su metamorfosis hasta un punto que sólo puede concebirse haciendo virtud de lo que en realidad era exceso de vicio.

Por ello resulta si cabe más demoledor comprobar cómo un Papa que ha sido un modelo de virtud racional. Un Papa que como han dicho algunos medios de difusión en España llegaba a constituir, tal y como demostraba en sus escritos, un faro de virtud moral; acabe por tener que pedir el auxilio de sofistas encargados de convertir lo blanco en negro, o lo que es lo mismo, sean capaces de rellenar las mismas editoriales que hace ocho años convertían  a Juan Pablo II en un “Santo Súbito” por mantenerse “imperturbable” en su puesto en una agonía devastadora que sin duda hizo más daño que beneficio a la Iglesia; transformando ahora en “un acto valiente” lo que no es sino una huida protagonizada por un hombre que en última instancia se ha cansado de protagonizar un papel en el que, probablemente hace tiempo dejó de creer.

Pero que nadie se preocupe. Se trata de la Iglesia Católica. Por ello, convirtiendo de nuevo el vicio en virtud, sin duda hallarán la forma de convencernos de que el verdadero problema no es sino encontrar la fórmula mediante la que dirigirnos a aquél que, habiendo sido Papa, ha decidido dejar de serlo, y tener la osadía de seguir viviendo.

Otros se tomaron un café bien cargado, y de manera responsable liberaron a los lobos de semejantes tribulaciones.

Luis Jonás VEGAS VELASCO.


martes, 5 de febrero de 2013

DE ÉTICA, MORAL, Y OTRAS ZARANDAJAS POR EL ESTILO


Anochece, un día más, y lo único que a estas alturas todos comenzamos a tener claro, es la absoluta certeza de que nos hundimos. Sí, nos hundimos, es ya una certeza matemática.

Hace algunos días, me atreví a describir nuestra situación aproximándome a la misma mediante el símil del desastre de la ciudad de Pompeya. Hoy, muy a mi pesar, he de cambiar tal comparación una vez he comprobado que el desastre del Titánic resulta definitivamente más certero, a la par que moralmente, es más justo.

La diferencia es, a todas luces, evidente.

En el drama de Pompeya, la condición de desastre natural inevitable en tanto que absolutamente imponderable, es el que a todas luces aleja de las almas el miedo a la responsabilidad. Así,  todo el mundo queda por definición libre de responsabilidades de índole moral al ser del todo imposible la adopción de cualquier medida que prevenga de los resultados, o aminore los efectos de éstos.
Sin embargo, el desastre del Titánic está ligado en todos sus procederes al planteamiento, desarrollo y ejecución final, de la mano del Hombre. Y es a éste a quien en toda su condición le corresponde obrar en consecuencia.

De parecida manera, el Caso Bárcenas, la supuesta Gestión Paralela de la Contabilidad del Partido Popular, y sobre todo la manera de tratar el asunto, y por supuesto la forma de tratar a los ciudadanos que está demostrando el Gobierno, nos lleva a todos a tener que considerar seriamente nuestro grado de responsabilidad en tanto que no hemos logrado ni solucionar el problema, ni exigir la solución a cuantos pueden participar activamente en la consecución de la misma.

Cada día que pasa sin respuesta, es un día más que debería dolernos a todos los ciudadanos en tanto que cada instante que consentimos permanecer bajo este estado, es en realidad un instante más en el que humillamos a todos los que lucharon para proporcionarnos lo que, hoy por hoy disfrutamos.
La Democracia es, una entidad dinámica. Es una realidad dinámica que cambia conforme se la somete al quehacer diario. Por ello, como todas las realidades sometidas a tales condicionantes, sus avances o retrocesos no sólo no están asegurados, sino que dependen directamente del grado de coherencia con el que la alimentemos. Y no olvidemos que como hecho humano en tanto que entidad social, se alimenta de nuestros actos.

Así, el silencio, la opacidad y la laxitud con la que unos y otros estamos actuando, o consintiendo que otros actúen, de cara a la cada vez más inexorable necesidad que hay de que se tomen medidas contra la cadena de sucesos de la que ya todos somos absolutamente conocedores dentro de la cadena de atrocidades cometidas por la Derecha de Última Generación que nos gobierna; nos lleva definitivamente a plantearnos el grado de verdadera responsabilidad que se podría extraer no tanto de nuestras acciones, como sí probablemente de la ausencia de tales.

Muchos son los años que unos y otros llevamos viviendo con tranquilidad a la sombra de árboles plantados por otros. Tal y como se veía venir, la incapacidad para promediar el conocimiento del grado de sufrimiento que se hizo necesario para proporcionarnos lo que tenemos, se convirtió en la gran trampa que nos ha traído hasta aquí,  dado que no valoramos suficientemente la valía de lo conseguido.

Pero todo eso se acabó. Ha llegado la hora. Esto ya no resiste más. Ha llegado la hora de los valientes, la de todos aquellos que se  muestren dispuestos no tanto a defender las estructuras de una decadencia que se pone de manifiesto alimentando incluso a los que llevan en su genética la necesidad de destruirla; sino que por el contrario estén dispuestos a ser netamente coherentes con su responsabilidad, y la asuman lanzándose a la construcción de un sistema nuevo. Tan nuevo que incluso haga necesaria la reinvención de los métodos destinados a sabotearla. Unos métodos tan novedosos que lleven incluso a la Derecha a reinventarse.

Luis Jonás VEGAS VELASCO.


domingo, 3 de febrero de 2013

DEL PELIGRO DE LAS PASIONES DESMEDIDAS.


O de lo que en Política se denomina “echar espumarajos por la boca”. Sin ser excesivamente gráficos, ni por supuesto desagradables, puede resultar aparentemente sencillo llegar a comprender el sentido de la metáfora cuando tratamos de vislumbrar la elevada dificultad que se presupone de tratar de hacer algo, cuando la vista se encuentra nublada. Y, después, incrementemos proporcionalmente el efecto si consideramos que la labor a desarrollar sea especialmente sencilla, o incurra, por ejemplo, en tremenda responsabilidad.

Entonces, bastará con que escuchemos las farfullas de la arenga protagonizada hoy por el Sr. GONZÁLEZ PONS, y tendremos una idea bastante aproximada de lo que trato de exponer.

Como españoles, llevamos unos días sumidos en el desbarajuste, cuando no en la animadversión. Al igual que niños malcriados a los que acaban de despertar demasiado pronto de una siesta que tal vez se ha prolongado durante demasiado tiempo, gritamos y nos demudamos de manera patente, cuando no ostentosa. Nos han arrebatado la ilusión. Pero no esa ilusión positiva y a la sazón constructiva que preside la acción de todo niño, la cual él mismo en su buen hacer transforma siempre en elementos útiles en tanto que constructivos. Por el contrario hablo de esa otra, la vana ilusión, la que hunde sus raíces en el resquemor que practicamos los adultos, y que rara vez va asociada a nada que no sea la confabulación, si no abiertamente al engaño.
Es esa ilusión, la que nos ha servido durante años, para construir esta ficción, que en muchos casos preside como único ingrediente, del elemento final que nos han dado a considerar como España.

Si somos osados, y durante unos segundos nos detenemos a observarnos a nosotros mismos, comprobaremos cómo, una vez superada la aparente incongruencia, cuando no abiertamente el desasosiego que a priori pueden causar mis palabras, estaremos en condiciones de someter al cristal del análisis fenómenos aparentemente sólidos, o al menos incuestionables, que durante mucho tiempo se han convertido en verdaderas instituciones no tanto para este país, como sí para sus habitantes.
Así, cuestiones como la aparente estabilidad de la Monarquía, o incluso la aparentemente imprescindible cuestión del estatismo constitucional, quedan destapadas cuando se ven analizadas desde esta perspectiva. La causa, su aparente no cuestionamiento, su vigor, se debía más bien a la absoluta falta de consideración al respecto.
Si por el contrario nos dedicamos de repente a cuestionarlas, comprobaremos que no sólo no son tan inalterables como en un primer momento podríamos haber creído. Y en apenas 72 horas estaremos proponiendo reformas.

Evidentemente, no ha pasado jamás por mi cabeza la promoción del estatismo en cualquiera de sus versiones, y mucho menos amparado en el coeficiente reaccionario del que participan todas las ideologías, unas más que otras.

Lo que digo, y resalto a modo de conclusión, es que el camino de destrucción masiva que en su huída hacia delante parece haber comenzado el Partido Popular, bien podría dejar sin punto de retorno, incluso a aquellos que, hipotéticamente, aunque por el bien de todos, puedan salvarse de la presente.

Luis Jonás VEGAS VELASCO.

jueves, 31 de enero de 2013

LOS ÚLTIMOS DÍAS DE POMPEYA.


Asistimos, desde el distanciamiento que sólo puede ser muestra de la absoluta desgana, cuando no de la sinrazón, a la puesta en práctica del último acto de esta tragicomedia en la que desgraciadamente se ha convertido ya a todas luces, la escenificación del ejercicio de la Política en España.

La Confianza, a saber única justificación sobre la que recae a la sazón todo el peso del escenario en el que se representa todo el ejercicio de la moral, la ética y en última instancia de la política que a su vez se engloba en lo que llamamos Democracia; recibe hoy el último de la a saber larga y ya dilatada cadena de golpes, uno tras otros de los cuales siempre creíamos que se repondrían.

Pero en la mañana de hoy, la revelación, intencionada o no, de los papeles por todos conocidos, pone sobre la mesa la certeza de una realidad cuya sospecha, no por esperada, resulta menos dolorosa y lamentable.
Así, llegado este momento, no podemos afirmar qué es lo que más deterioro le causa a la Democracia. Si los balbuceos y lamentos de la responsable de Moncloa esta mañana temprano en Cadena COPE; o el hecho de que el Sr. Rubalcaba todavía no se haya atrevido, repito, todavía no se haya atrevido; a pedir la dimisión del Señor Presidente del Gobierno.

Vivimos en un país ficticio, que ha construido en torno de sí una realidad onírica de la cual hoy toca despertar. Y como suele pasar en los sueños, el despertar de ellos conlleva una elevada dosis de frustración.
Frustración, que hoy adopta las formas que proceden de comprender que apostar todas nuestras ilusiones a tan sólo dos cartas, no ha sido una buena idea.

Así, el bipartidismo en el que nos encontramos, y que ha presidido esta ficción democrática en la que la ya toda una generación hemos vivido de manera exclusiva, ha tocado a su fin.

Todas hieren, menos la última que mata.

En Pompeya se han encontrado cadáveres cubiertos por cenizas volcánicas que han preservado en los mismos a veces incluso el rictus que llevaron en su último estertor.
A nosotros al menos nos avisan de ello. Somos más responsables,

Luis Jonás VEGAS VELASCO.


martes, 22 de enero de 2013

CON PASO INFATIGABLE, HACIA LA PROFUNDIDAD DE APLASTAMIENTO.


Se define la profundidad de aplastamiento, como el máximo nivel al que una nave puede disponerse a descender en un fluido, antes de que el peso de la columna de éste provoque su implosión.
Como podemos percibir sin demasiado esfuerzo, se trata innegablemente de un término náutico, mas evidentemente por una mera cuestión de discordancia temporal, el magnífico Jorge Juan de SANTACILIA no pudo ni tan siquiera aproximarse a él. Sencillamente porque entre el marino e ingeniero, y el mencionado concepto, sólo Julio VERNE fue capaz de aproximarse, antes de la invención como tal de la primera nave con capacidad autónoma para la inmersión.

Y será mejor que, antes de que alguien se nos ahogue definitivamente, que proceda con las merecidas aclaraciones las cuales nos permitan si no establecer, sí al menos intuir, las múltiples a mi entender vinculaciones que podemos establecer entre aquellos tiempos, y estos, tan tumultuosos y tormentosos que nos ha tocado vivir.

Nos hundimos. Eso es, a estas alturas, una certeza matemática. A estas alturas, tan solo nuestro orgullo humano, el mismo que por otra parte nos ha llevado a construir un edificio social que a todas luces es incapaz de sostenerse por sí mismo; es el mismo que pueda acompañar las prosaicas tesis de aquéllos que se nieguen a compartir tal aseveración.
En consecuencia, y una vez superado el shock inicial ligado a la comprensión de la noticia, la única acción responsable pasa por iniciar las acciones que tengan como resultado la detención del hundimiento para, una vez alcanzado tal hecho, se puedan iniciar las acciones de reflotamiento.

Siguiendo con la paradoja, si no abiertamente con la metáfora; la primera acción, de obligado cumplimiento, pasa por tratar de localizar el punto en el que se encuentra la vía de agua. Una vez localizada, habrá que ver la gravedad de la misma, y finalmente verificar la afección total de la nave, y en su caso verificar la estabilidad de la misma. Dicho de otra manera, especular sobre la capacidad o no del sumergible para volver a navegar.

Pero además, tan importante como todo lo expuesto, o tal vez más, sea el someter a suficiente grado de comprensión el hecho de que la nave está compuesta por mucho más que los elementos mecánicos. La nave se constituye en pos, por y para servir a una tripulación, personas en definitiva, que a su vez se dividen por cuestiones obvias en dos grandes estamentos, tropa y oficialidad.
La tropa responde abiertamente con su conducta y competencia, del correcto funcionamiento de la nave y sus componentes.
La oficialidad asume la función de coordinación adecuada de los esfuerzos de la mencionada tropa, poniendo especial énfasis en la optimización del esfuerzo desarrollado por aquéllos, el cual redundará definitivamente en el bien común.

A nadie se le ha de escapar a estas alturas que el pegamento que mantiene unido tan delicado equilibrio, es el de la responsabilidad. Una responsabilidad que hace comprensible aspectos tan aparentemente complicado a la hora de tratar de entenderlo sin la posesión de las variables internas, como el apresamiento de las relaciones que se materializan en el binomio administración-administrado. Una relación que es incomprensible si no asumimos de parte aspectos absolutamente contingente como pueden ser la cesión voluntaria de poderes que se encuentra en la base del Sistema Representativo que nos rige.

Porque dando por explicadas un montón de variables de parte, y dando por sentada la aceptación de otras muchas; a lo único a lo que indefectiblemente llegaremos una vez sometido al correspondiente análisis estructural de la mayoría de componentes sobre los que no ya se sustenta, sino abiertamente se apoya nuestro supuestamente insumergible Sistema, es aquélla que pasa por comprender que todo, absolutamente todo, funciona por una a veces indescifrable ecuación de competencia, buen hacer, confianza y buena fe, de las que participan según su condición una vez los administradores, y otra vez los administrados.

Y en la base, como siempre, la responsabilidad.

Es la responsabilidad uno de los términos más hermosos que existe. Ya sea en su carácter reflexivo, o en su vertiente recíproca, la responsabilidad puede convertir a los hombres en dioses; así ante determinadas circunstancias, cualquiera puede hacer como el dios Chronos, y literalmente ponerse el mundo sobre sus hombros. A la vez, en caso de acudir a la vertiente recíproca, la responsabilidad puede convertirse en un lamentable conato de excusas, propia no ya de dioses, sino de plañideras circunspectas en un funeral de la Sevilla del XIX.

¿Qué nos lleva entonces a ser capaces de diferenciar una responsabilidad de la otra? Pues como suele ocurrir en todas las grandes ocasiones, la incorporación de otro ingrediente. De un catalizador en este caso, por ser más cuidadoso.
Entra entonces en juego el respeto. Pero no un respeto cualquiera. Se trata sin lugar a dudas del mejor de ellos, al menos en lo que concierne a conductas sociales. Se trata del Respeto Kantiano.

Se trata el respeto kantiano, de aquél que se hace presente respecto de las cosas, en tanto que tal, esto es, sin necesidad de esperar al desarrollo de consecuencias, o a la espera de resultados. Es el respeto en sí mismo, en estado puro. El respeto que se merecen las cosas en si mismas, por el mero hecho de ser, de acaecer, o de materializarse.
Es el respeto inherente. El que corresponde a las cosas por el mero hecho de estar, el que se debe a las personas por el mero hecho de existir como tales, o sea, viviendo en consonancia con tal condición.

Es un concepto que se comprende por aplicación mejor que por definición. Así, el respeto kantiano se da en el escritor no que escribe para vivir, sino que vive para escribir. Así, aplicado a los políticos, alcanzará su máximo desarrollo en el ejercicio de aquél político que comprende desde el primer momento, engrandeciéndolo pues a cada instante con su quehacer, que él es tan solo; nada más y nada menos, que un servidor público, que se engrandece a sí mismo y engrandece a los demás cada vez que su voluntad de servicio renueva el sacrificio que da vertebración a nuestro tejido representativo.

Por ello, retomando la dinámica, algo se me remueve irreversiblemente por dentro cuando observo y escucho atentamente al Sr. FLORIANO, elemento activamente perteneciente al partido que ostenta hoy el Poder en España; adjudicarse el rasero moral que puede mantener, o por el contrario sacrificar, la estabilidad de la Democracia en España.
Así, cuando en el siguiente fotograma veo a BÁRCENAS proclamar su inocencia; o en el siguiente a RUBALCABA atribuyéndose la autoría de los protocolos que en principio han de activar a la ¿Justicia? En pos de tales señores, es cuando de verdad comprendo el grado de ficción al que, irrefutablemente, hemos sido trasladados.

Un grado de ficción que acaba convirtiéndose en adusto temor, cuando verifico, presa del frenesí, que a lo más a lo que podemos aspirar los que componemos la tropa, es a que estos que se llaman a sí mismos oficialidad, vuelvan a perdonarnos la vida, decidiendo no para nosotros, sino más bien a pesar nuestro, ¿Recuerdan el Despotismo Ilustrado? Todo para el Pueblo, pero sin el Pueblo.

Por ello, sin que se me malinterprete, les ruego me permitan poner mis esperanzas en La Ilustración, o en personas como Baltasar Melchor Gaspar de Jove Llanos y Ramírez; quien a ojos del ingente ensayo publicado por Julián MARÍAS en 1962, “…no es ya el último kantiano que se ha permitido España. Tal vez haya sido el único”

¿Buscamos entonces nuestra salvación en el futuro, o tal vez la hallemos indagando en nuestro pasado?

Luis Jonás VEGAS VELASCO.


lunes, 15 de octubre de 2012

DE LOS VÉRTIGOS PROPIOS DE NUESTRAS CITAS CON LA HISTORIA


¿Qué sería aquello que sintieron los protagonistas de tal, o cual momento de la Historia? Sin duda, esta cuestión ha pasado, ya fuera de manera directa, o involuntaria, por nuestra cabeza, en infinidad de ocasiones, sobre todo en los momentos, aparentemente tan lejanos ya, en los que las bonanzas del por entonces presentes, ayudaron a convencernos de la, hoy por hoy falacia, según la cual vivíamos en el mejor lugar posible, en el mejor momento posible.

Quién, de parecida manera, no envidió en alguna ocasión poder ser testigo de momentos tales como la firma del Tratado de Versalles. Quién no ha deseado comprobar si las cosas fueron, realmente al menos si no como las imaginamos, sí como nos las contaron. Cuántos no han deseado, en cualquier caso, tener la ocasión de vérselas en alguna ocasión, cara a cara con la Historia para, en el menos malo de los casos, poder dar muestra de su valía.

Mas de todas estas afirmaciones, tan sólo una certeza procede ser convenientemente comprendida. La que procede de certificar el hecho mediante el cual nos han narcotizado, nos han inutilizado de cara a poder no ya actuar de conformidad a como los grandes momentos de la Historia nos hubieran requerido. Han logrado en realidad que seamos incapaces tan siquiera de reconocer tales hechos, librándose con ello de las más que posibles molestias que nuestros actos hubieran sin duda llevar aparejados.

Cada época tiene el Momento Histórico que le es propio. El nuestro es, sin duda, éste. Nuestro aquí, y nuestro ahora, además de ser irrepetibles, e inimitables, comparten además la certeza de saberse imprescindibles, al ser en los mismos reconocible la certeza que se repite de forma inexorable en todos los momentos tales, la que procede de saber que de nuestros actos del ahora dependerá que nunca más, las cosas vuelvan a ser iguales, ni para bien, ni para mal.

Por ello, acude al recuerdo, de manera inapelable, la otra gran variable, la de la Responsabilidad. Responsabilidad, la que resulta imprescindible, no sólo de saber reconocer como tal el momento mencionado, sino más bien de asumir las contraprestaciones, el precio, que sin duda habrá de ser pagado una vez que cada uno se comporte de manera coherente a como el reconocimiento de la condición de su momento, su individualidad le dé a entender.

Es nuestro momento. Un momento que tiene sus causas en el pasado, y que sin duda decidirá nuestro futuro.

Luis Jonás VEGAS VELASCO.

viernes, 17 de agosto de 2012

DEL INVIERNO, DE LA CRISIS, DE CUANDO NO QUEDA ESPERANZA, PORQUE HEMOS DEJADO QUE NOS ARREBATEN EL ÚLTIMO REFUGIO.


El invierno se acerca, y será inmisericorde con los débiles. Y lo será con los pobres de espíritu, y con los desangelados. Lo será con los olvidadizos, con los que nunca tuvieron nada que recordar, porque en realidad nunca comprendieron nada, por eso nunca fueron dueños de nada.

El invierno se acerca, y por primera vez hará de la sorpresa otra de sus armas. Como hace ya muchos años, se aproxima desde las altas montañas, arrastrando consigo, o más bien tras de sí, los gélidos aires de las altas cumbres, aquellas que, en su soledad, son las primeras en ser bañadas por la claridad que preconiza el primer rayo del alba, y paradójicamente, o tal vez no, son las últimas en abandonar el cálido recuerdo que supone ya el último rayo vespertino.

La sorpresa, que procede de la certeza de comprobar cómo de nuevo, el invierno se acerca, al acecho, buscando a su presa. Una presa a la que acecha, haciendo de la calma que proporciona la confianza de la ignorancia, nada menos que su mejor aliada.

Son los libros la forma que adopta el alma, por ello son el refugio del pensamiento. Pensamiento, lo único que en última instancia nos sirve no sólo para diferenciarnos de los animales, sino más bien para reconocernos entre nosotros.
El Pensamientos nos hace lo que somos, en la medida en que nos sirve para reconocernos a nosotros mismos. Tal vez porque aporta luz sobre los esos únicos conceptos que en realidad nos diferencian, a saber Libertad, Humanidad, Capacidad de Raciocinio. Pero también, y seguramente en no menor aspecto, Humildad y Empatía.

Y es ahí precisamente donde emerge la ideología, no ya como elemento de disensión o enfrentamiento, sino más bien como instrumento dialéctico, capaz de lograr, a través de sí mismo y por supuesto de la discusión que le viene agregada, la regeneración no ya sólo del pensamiento, sino incluso de la mente de la que el mismo procede, aunque ésta en alguna ocasión se viera afectada, dañada, o incluso laminada.

Tal y como Manuel AZAÑA legó en uno de sus más importantes discursos: “…así bastará tan sólo con que una generación de españoles logre vivir en Libertad, para que ya nadie pueda arrebatarles nunca su tesoro. Un tesoro inalienable, en forma de sensaciones, emotividades y sueños.”

Y ahí es precisamente donde subyace el valor de la ideología. Ni más ni menos que en su neta condición de pensamiento. Constituye la ideología el más extenso de los campos en los que puede moverse cualquier forma de pensamiento, en la medida en que en la misma coincide la carga objetiva del raciocinio, con la propensión subjetiva de las emotividades. Y eso es precisamente lo que la vuelve tan fuerte, indestructible; precisamente el hecho de saber que, una vez abocado a los momentos importantes, el hombre se mueve por pasiones, por emotividades, en definitiva por emotividades.

Tal vez por todo ello, los desangelados, los déspotas, los desairados. Los enemigos de los sueños, empeñados entonces en arrebatarnos al resto la capacidad de soñar. Pero también los cobardes, los déspotas, los intransigentes y plañideros; los que no pueden argüir ignorancia en su pliego de descargo. En definitiva, los que llevan casi ochenta años aletargados, esperando la llamada, han interpretado el mensaje.

No se trata ya de que hayan despertado, ni siquiera de que lo hayan hecho con la fuerza con la que lo han hecho. Se trata más bien de la desesperación que provoca el saber que de nuevo, las mismas técnicas, las mismas estrategias, rancias como ellos, van a volverles a ser netamente útiles. Y desgraciadamente todo ello porque igualmente los demás, han repetido, en este caso, los mismos errores.

De nuevo hemos olvidado, y a cambio les hemos permitido no tener que recordar. Y en el tiempo y en el espacio que algunos tuvimos la esperanza de poder recuperar, cuando menos para el bien común, ellos han vuelto a sembrar, poco a poco, las semillas de la herrumbre, de la desconfianza y del miedo. Siempre semillas de crecimiento lento, de nuevo como confirmación de que ellos gozan de todo el tiempo del mundo.

Y así, de la ponzoña han recogido la primera cosecha. Una cosecha que se ha traducido en la tan traída y llevada crisis. Una crisis que, en sus más diversas acepciones, no hace sino esconder un hecho a ultranza, la certeza que se cierne sobre nosotros de que, inevitablemente, nada volverá a ser nunca más como lo conocimos.

Nosotros somos responsables. Estábamos obligados a cuidar de esa primera generación. Desgraciadamente hemos fracasado.

El invierno se acerca, y en esta ocasión no hay otoño, que nos ayude a camuflarlo.

Luis Jonás VEGAS VELASCO.