jueves, 24 de marzo de 2016

ESTAMOS NUEVAMENTE A OSCURAS.

Vivimos en un mundo en silencio, a pesar de que ahora más que nunca, sobran motivos para gritar. Vivimos en un mundo a oscuras, precisamente ahora que pensamos nos envuelve la luz. Vivimos en un mundo que no vive, precisamente ahora que creemos firmemente estar rodeados de vida por todas partes.

Entonces, una única pregunta parece no ya emerger, como sí más bien atrapar a todas cuantas podamos llegar a hacernos: ¿En qué medida estamos realmente vivos?

En un aquí y en un ahora imperturbables; en tanto que nunca como ahora el Hombre se ha creído dueño de sí mismo, lo único que paradójicamente parece envolvernos a todos es la única certeza que no subyace sino en la sempiterna duda, la que se esconde tras la problemática que supone llegar a averiguar en vida si realmente se ha vivido, si se ha vivido correctamente.
Mas  esa respuesta, tal y como suele ocurrir con la mayoría de las cosas realmente importantes, nos está vedada. O tal vez por ser más precisos, habría que señalar la imposibilidad de llegar a ella por medios propios es decir, por uno mismo. Más bien al contrario, el valiente que desarrolle la osadía de plantearse abiertamente la cuestión, habrá de seguir profundizando en la oscuridad propia de los caminos insondables, para terminar por concluir que los actos no son, en tanto que no producen; y la capacidad para valorar la adecuación de lo producido es algo siempre exógeno al agente instigador. Por ello, la capacidad para valorar convenientemente los actos es algo que se encuentra siempre en los demás.

Construimos pues un código de actos, y de la comparación que establecemos entre éstos, y el más parecido a nuestra acción, extraemos una suerte de paralelismo dentro del cual iniciamos la burda ilusión de pensar que efectivamente podemos llegar a considerar por nosotros mismos la valía de un acto que efectivamente ha sido llevado a cabo por nosotros mismos.

En la constatación de ésta, y de otras parecidas aberraciones, se basa el principio por el que podemos definitivamente aceptar la prescripción definitiva de los parámetros en los que hasta relativamente poco se asentaba la certeza en base a la cual vivíamos en lo que podría haberse denominado el Gran Momento de la Historia.

Sin embargo, ha sido dejar que el Hombre tomara conciencia de tal hecho, y comprobar sin el menor género de dudas el inicio de una alocada carrera cuyo destino parece ser, ahora más que nunca, lograr de manera rápida, y con la mayor eficacia posible, la total y absoluta destrucción del Ser Humano.

Lograr la absoluta erradicación del Ser Humano. ¿Acaso alguien duda de que solo el propio Ser Humano es hoy por hoy el dotado para lograrlo?

Desde los ancestrales tiempos en los que iniciamos el camino pasando De el Mito al Logos; hasta el día en el que Copérnico renunció a la publicación de su Obra porque hubo de reconocer que No es el orden sino la presunción de la ausencia del Caos, y tal hecho es por naturaleza ajeno al Hombre; múltiples han sido los procesos a los que el Hombre se ha sometido, ya fuera de manera consciente o inconsciente. Pero todos ellos tenían un denominador común, el que pasaba por aceptar la predisposición para aceptar el error, inmersa la tal predisposición en la certeza inconsciente de que siempre habría un mañana, identificando como tal el tiempo y el espacio destinado a erigirse en el nuevo escenario a partir del cual sería posible llevar a cabo la reconstrucción de un nuevo devenir.

Sin embargo, si algo define con precisión la postura desde la que se puede identificar cómodamente a cualquier individuo del Siglo XX, postura que se ha agudizado en este principio del Siglo XXI, es la que pasa por constatar hasta qué punto el Hombre se ha creído cada vez más cerca de la Verdad. Y esta ¿certeza? ha redundado en una pérdida de humildad cuya máxima revisión pasa por la no aceptación del error como una opción. De ahí que no haya espacio para las segundas oportunidades.

Conciliamos con ello poco a poco la respuesta a la mayor de las preguntas que hoy podemos hacernos: ¿Por qué al Hombre Actual le cuesta tanto vivir con sus semejantes? Tal vez porque realmente cada vez estamos más lejos de considerar al otro como nuestro verdadero semejante.

¡Pero tal consideración es absurda! Dirán ahora muchos. Y una visión del mundo actual no parecerá sino darles la razón. Sin embargo bastará retornar de nuevo con esa misma visión, bastará con darle un poco más de perspectiva, para comprobar hasta qué punto nunca como ahora hemos sido tan conscientes, y lo que es peor, nos hemos esforzado tanto, en poner de manifiesto esas que hemos llamado pequeñas diferencias, que en realidad nos resultan imprescindibles no tanto para diferenciarnos de los demás, como sí más bien para podernos recordar a nosotros mismos cada día quiénes somos realmente.

Instalamos pues en el reconocimiento de la diferencia la identificación de nuestra esencia. Lo hicimos primero cuando comenzamos a decir quiénes somos, partiendo precisamente de las diferencias que encontramos para con el resto de animales. Asentamos así pues nuestra identidad, y cuando el espacio que este concepto ocupaba fue demasiado extenso, toda vez que dejó de encontrar satisfacción postergando su actividad respecto de los animales; fue cuando comenzó a devorar a su creador, pues pronto las diferencias que permiten erigir la esencia de la identidad dejaron de surgir de la comparación entre los animales y el Hombre, para pasar a estar entre los Hombres “en tanto que tal”.

A partir de ahí, el camino ya no es que sea sencillo de identificar, es que se transita por sí mismo. Aceptada la alusión a la diferencia, comienza de manera inexorable la categorización de los sujetos adscritos a la acción proclive a la misma. ¿Cómo? Acudiendo ahora de manera más soez que nunca a esa Tabla de clasificación antes mencionada. Una tabla de clasificación que denominaremos Moral, o antes incluso Religión, en un vano intento de envolver en perfume lo que de por sí no expele sino el fétido aroma en el que es fácilmente reconocible la corrupción.
Porque de eso se trata, de la pestilencia de la corrupción. Una corrupción que realmente lleva largo tiempo inmersa en nosotros, en tanto que dio sus primeros pasos al abrigo de los nuestros. Una corrupción que por ser plenamente identificable en nosotros, hace imposible la ubicación siquiera excepcional de un solo hombre del todo libre de la misma, pues la mera aceptación de la carencia de humildad, hecho implícito en la misma acción, implica ya corrupción como tal.

A partir de ahí, las conclusiones son evidentes. El aquí y el ahora que al menos en apariencia, nos ha tocado vivir; lleva aparejado una suerte de desinencia que manifiesta su disconformidad en la permanente puesta de manifiesto de procederes del todo inconexos, cuando no abiertamente incoherentes; el mayor de todos los cuales parece resumirse en una frase: ¿Por qué si precisamente parece que vivimos en el mejor de los momentos posibles, la certeza nos demuestra que el Hombre no ha sido nunca más infeliz que ahora?

Como es de suponer, no tenemos respuesta a tamaña cuestión. Lo único de lo que estamos seguros es de que una vez más, el tiempo se nos acaba. ¿Por qué? Pues porque de constatar por la experiencia que la Historia nos proporciona que el Hombre ha retomado la senda de la autodestrucción por la que en anteriores ocasiones ya ha transitado; lo que en este caso hace más llamativo ese tránsito es la certeza de que hoy como nunca antes el Hombre ha dispuesto de la capacidad de destrucción suficiente como para lograr la en principio deseada aniquilación de su propio ser, comenzando por su propia identidad.

A partir de ahí, habría que reconsiderar la cuestión: ¿En qué medida no estamos realmente muertos?


Luis Jonás VEGAS VELASCO.


martes, 1 de marzo de 2016

CUANDO ACEPTAMOS QUE NO HA GANADO NADIE…

Asumimos entonces que hemos perdido todos.

Aceptémoslo, en esta sociedad neoliberal, en la que todo es postureno cuando no chovinismo;  nada puede sonar más tétrico, o si se prefiere más lamentable, de lo que ha hecho el discurso de ¿investidura? Pronunciado hoy por el Sr. Sánchez.

Así como sonaba el florero de mamá al romperse, en los tiempos en los que todavía creías podías esconderte detrás de las vanas excusas. Así como sonó el primer retrovisor de coche que sucumbió ante aquel terrible balonazo destinado a convertirte quién sabe si en máximo realizador de la liga de primera división; así ha sonado el discurso del Sr. Sánchez.
Sin embargo, lo cierto es que pecaría de injusto en el caso de seguir empecinado en comparar aquel tremendo zurdazo, con la farsa de tiro con marcado efecto a la derecha  en la que unos y otros se han empeñado en convertir el espectáculo al que hemos asistido en la tarde de hoy.

Alguien dijo que aceptar una injusticia era como hacerles trampas al destino. Asumiendo que el destino puede ser el resultado de responder de manera ordenada a la suerte de preguntas que la realidad te impone; bien podríamos decir que lo de hoy no ha sido sino la conculcación no ya de una serie de normas y valores (lo cual podría resultar hasta excitante en la medida en que podría suponer el principio de una suerte de revolución), sino la consagración definitiva de algo que algunos llevan tiempo anunciando. Algo en cualquier caso mucho menos Romántico, mucho menos Noble.

Escuchar hoy el monólogo al que la ordenación de procederes ha tenido a bien reducir el Debate de Investidura da lugar, o al menos debería hacerlo, a muchas conclusiones. Una de ellas, no sé si la primera, pero tal vez sí la más importante, ha de pasar necesariamente por la constatación de que ya definitivamente, tal y como nuestros representantes nos demuestran, parece normalmente aceptado el hecho de que definitivamente hemos cambiado el modelo desde el que damos validez cuando no importancia, a las cosas.
Semejante cambio, implementado obviamente a partir de la aceptación de que el anterior modelo ha sido superado, cuando no ha fracasado directamente; se muestra ante nosotros de manera clara y distinta precisamente a partir de la toma en consideración de algunas de las cosas dichas, cuando no mencionadas por el Sr. Sánchez.

Así, haciendo buenas las afirmaciones que aquí llevamos tiempo vertiendo, la certeza de que la Ideología es un fenómeno que en Política es exigible tan solo a los militantes, para los cuales se erige en refugio; en tanto que para los representantes y líderes la exigencia de tal Ideología, lo que convencionalmente se resume en coherencia, acaba dando lugar a un obstáculo tan grande que acaba por convertirse en insuperable; es algo que hoy ha quedado netamente patente.

Porque entre metáforas culinarias, guiños al destino (el cual hoy ha tenido a bien personarse bajo la forma de alguna sonrisa sardónica); y ostensible citas con el futuro reducido éste a una semana; lo que el Sr. Sánchez ha deslizado no es sino una bomba de relojería. Una bomba de relojería cuyo detonador pasa por aceptar que, efectivamente, la sostenibilidad de la Ideología no es sino el principio del fin.

Desde la luz que proporciona esta nueva perspectiva, afirmaciones como las emitidas por el Sr. Sánchez en base a las cuales ·”resulta comprensible hoy en día que la Economía determine la Política…” adquieren visos no ya de ser comprensibles, sino que yendo si cabe un poco más allá, nos permiten incluso hacernos una idea de quién es verdaderamente el Sr. Sánchez. O por ser más justos tal vez sería más adecuado decir que afirmaciones como éstas nos permiten saber con mayor certeza en qué lugar de la Política moderna se encuentra hoy el Sr. Sánchez.

Que nadie se confunda, decir esto no significa, ni remotamente, que el discurso pronunciado hoy por el Sr. Sánchez haya de servir ni para describir política alguna, ni mucho menos para orientar ningún cambio en la misma que pueda optar en convertirse en algo digamos remotamente digno de ser tenido en consideración.

Más bien al contrario, el discurso que hoy ha pronunciado el Sr. Sánchez ha sonado más bien a epitafio. Un epitafio que habrá de identificar la tumba no ya de una Política, cuando sí más bien de un Sistema. Porque solo desde la comprensión de la frustración que embargaba hoy al Sr. Sánchez, podríamos llegar  a intuir siquiera vagamente la dramática certeza de la que el se cree único conocedor. Una certeza que pasa por asumir que tanto lo cánones como por supuesto los esquemas que hasta el momento se habían mostrado eficaces para interpretar la realidad, se revelan ahora como absolutamente inútiles.

Llegados a este momento, en el que las pinturas que decoran los pasillos otrora tan transitados hoy ya no nos son reconocibles. En un momento en el que incluso los espejos parecen haber iniciado un cruel sueño, toda vez que no nos reconocemos en la imagen que nos devuelven;  es cuando de manera tan instantánea como dramática, topamos con la cruel realidad. Una realidad que pasa por asumir, ya no vale con constatar, que los tiempos del cambiemos unas pocas cosas para que al final no cambie nada; ya no es que no sirva, es que caer en ello como recurso conlleva tu inmediata expulsión de la partida.

Os tratáis pues, Sr, de un jugador viejo. Tal vez vuestra edad apunte lo contrario, mas vuestras formas os delatan. Y las formas son en Política, como ha quedado ahora de manifiesto, algo más que un ingrediente.

Por ello, tal vez por ello, que ni una sola vez os he llamado Candidato a la Presidencia. A lo sumo, Sr. Sánchez.


Luis Jonás VEGAS VELASCO.

martes, 2 de febrero de 2016

DE CUANDO UNA VEZ MÁS, NOS HAN QUITADO MÁS DE LO QUE REALMENTE NOS HAN DADO.

Aplicado sobradamente el catalizador de perspectiva en el que muy a menudo o casi siempre se convierte el Tiempo, lo que se traduce en que tal y como ocurría en nuestra infancia, he dejado pasar más de dos horas entre la comida y el baño; lo cierto es que como ya por entonces pasaba, la realidad se impone, y vengo a constatar que ni para lo uno ni para lo otro, el tiempo es en sí mismo solución.
Por ello que retomando la línea en este caso tan procedimental como semántica, vengo a poner de manifiesto como en tantas otras ocasiones lo que no viene a ser sino mi opinión; una opinión que no necesita ser escuchada, una opinión que no aspira a ser participada. En definitiva una opinión que, como suele ocurrir en la mayoría de ocasiones, viene a poner de manifiesto muchas, quizá demasiadas cosas, atinentes no solo al tema sobre el que específicamente ésta se vierte, sino más ampliamente en relación a la forma de pensar en general de aquél que lo escribe. ¿Significa tamaña apreciación que ha llegado la hora de los valientes? En absoluto, en vista de lo que ocurre, pero sobre todo en vista de cómo ocurre, lo que creo llegado es el final de el tiempo de los cobardes.
Por todo ello, cuando esta tarde me topo con la noticia en forma de rueda de prensan del Sr. Pedro Sánchez por la que como digo tomo conciencia de que Felipe VI ha cedido, y encarga finalmente formar Gobierno en la persona del ya mencionado Sr. Sánchez; muchas por no decir innumerables son las sensaciones que acuden a mi mente. Y lo peor de todo, que se resumen en una sensación que como tal, escapa al ejercicio de la Razón. La sensación de que nos han robado.
Llegado este momento, confieso que me cuesta horrores no ya hacerme a la idea, tan siquiera imaginarme, el escenario conceptual desde el que el adalid de lo patrio plantaba no ya su convicción, en este caso creo más acertado decir su cuajo, y por segunda vez en menos de dos semanas dejaba plantado al Jefe del Estado, que se quedaba de nuevo solo en el uso y ejercicio de sus convicciones.
Cuando hoy Mariano Rajoy ha ido a Palacio, no ha ido a entrevistarse con el Rey de España. Ha ido seria y conscientemente a reírse de todos los españoles. Y lo que es peor, Felipe VI se lo ha permitido.
Por todo ello, hoy creo hallarme en el uso no solo del derecho, como sí más bien de la convicción, de que efectivamente hoy los españoles hemos sido convocados para ser víctimas de un hurto. ¿Qué por qué de un hurto y no de un robo? Porque una de las diferencias semánticas entre lo uno y lo otro pasa por saber que para ser objeto de un robo, hay que ser consciente al menos de la valía de lo que te ha sido robado. Y si algo tengo claro llegado este momento, es que en España somos incapaces de hacernos siquiera una idea del valor en términos de responsabilidad que tienen tanto las acciones, como en este caso las omisiones, que quedan inexorablemente vinculadas al hecho de aceptar o no determinados encargos o nombramientos.
Por ello, cuando como digo esta noche me entero no ya de que Rajoy ha renunciado, sino de que El Rey ha declinado designarle, una oleada de indignación ha recorrido mi cuerpo. Una oleada comparable tan solo a la que te recorre cuando como decía, eres consciente de que has sido víctima de un hurto.
¿Qué es lo que nos han hurtado? Sencillamente el derecho a ver cómo las nefastas políticas desarrolladas por el Partido Popular, o más concretamente los efectos que éstas han causado en la mayoría de la población de este país, se confabulaban para arrojar definitivamente a la diáspora a un presidente que, a estas alturas, es incapaz de entender que el pasado 20 de diciembre, más que votar lo que queremos, los españoles coincidimos en una amplia mayoría para decir lo que no queríamos.
Por eso creo que hoy Felipe VI nos ha hecho un flaco favor, impidiéndonos que el que sin duda es un nuevo ciclo, continuara con el devenir que parece le ha sido encomendado, regalándonos el por qué no decirlo, grato placer de inaugurar el fenómeno de ver al primer aspirante a presidente que pierde su debate de investidura.
Como digo, es algo que no ha ocurrido con anterioridad. Por ello nadie podrá sinceramente decirme que me equivoco si digo que muy probablemente Mariano Rajoy no hubiera podido reponerse de tamaño varapalo. ¿Podemos estar pues detrás de una suerte de maniobra de protección?
De ser así, España dejará de estar gobernado por un mediocre probado, para pasar a estarlo por un zorro en potencia. Dicho de otra manera, al salir hoy impune, Mariano Rajoy se reserva una segunda opción. La que ‘pasa por esperar nada más y nada menos que al descalabro de las opciones de gobierno de Pedro Sánchez (opción ésta dicho sea de paso más que probable al albor de la Aritmética, así como de ciertas declaraciones), sea el propio Rajoy el que desde una posición no solo inimaginable, tal vez incluso inmejorable, a la hora de envolverse en la bandera y erigirse otra vez en salvador de la Patria, decida jugar entonces sí la baza de gobernar. Él no ha renunciado a tal opción, recordemos que sigue presidiendo la que ha sido la opción más votada.
De ser así, de tener que enfrentarnos una vez más con la terrible certeza de constatar que nos han tomado el pelo; este país, o por ser más exactos aquéllos que del mismo formamos parte, deberíamos comenzar a pensar el grado de connivencia que pensamos practicar con los que una vez más se muestran empeñados no ya en decirnos que seguimos siendo menores de edad, empeñados además por medio de sus actos en demostrárnoslo.
¿Estamos siendo testigos de la segunda vez en la que los españoles nos topamos con la verdadera respuesta a la pregunta de para qué sirve realmente la Corona?


Luis Jonás VEGAS VELASCO.

martes, 12 de enero de 2016

DE PÁTIMAS, PELAJES Y ¿CÓMO NO? DE OTRAS FACHA”DAS”.

Decía NOVARA, el aspirante a conspirador que se movía en, o más bien contra, la “Corte” de los emergentes el la incipiente Italia de un más incipiente Renacimiento; que efectivamente podríamos definir el hecho de haber caído en desgracia una vez que pudiéramos constatar con absoluta certeza que el vínculo que une todas las cosas se ha roto, y si tal cosa ocurriera no dudéis ni por un instante que es por voluntad de Dios.

Enterrado Novara, y con ello sus especulaciones astronómicas con las que quiso poner coto a Ptolomeo, una vez desaparecidas sus elucubraciones con las que deseó poner coto al mismísimo Sumo Pontífice de Roma, anticipándose con ello al proceso que terminaría con inmolar a todo aquel que osara tomar parte en los procesos destinados a designar a ser una de las personas más poderosas del mundo conocido, tal y como se denota de ser encumbrado a los altares de la tierra como máximo exponente y dignatario del Sacro Imperio Romano Germánico; lo cierto es que lo vislumbrado por aquellos bellos conspiradores, entre los que cómo no, se hallaba un poeta, era el flagrante peligro que para las personas de bien suponían no tanto las instituciones por entonces aún incipientes, como sí más bien la acumulación de poder que de las mismas se difería.

En un presente, el nuestro, en el que si difícil resulta ubicar a Novara, qué decir de Luca Guarico (el poeta); un ejercicio de humildad requeriría el constatar no ya en la astronomía ni en la lírica, sino en la política, la certeza de las palabras que por entonces ya sancionaron el devenir de unos tiempos cuya realidad, hermética para una mayoría, no hacía sino moverse por derroteros netamente previsibles para otros, tal y como una vez más ha quedado suficientemente demostrado.

Caen pues de nuevo los mitos y, de parecida manera a como sucede en la mañana de año nuevo, cuando el anfitrión de la fiesta ha de enfrentarse a la ímproba labor de recoger y deshacerse de los restos dejados por la orgía de la noche anterior; así es como la nueva falacia datada en lo que va a hacer ahora cuarenta años, revela poco a poco no tanto sus puntos flacos, como sí más bien los vacíos multidisciplinares; síntomas a su vez de la operación fallida que ha resultado ser la España supuestamente constituida a partir de aquella cada vez más evidentemente fallida transición.

Porque al igual que una herida mal curada supura, así como una fractura mal colocada funde en falso; así es como este país tiene que empezar a asumir que lo que llevan años vendiéndonos como un supuesto cuento de hadas, se parece en realidad más a un episodio de la saga de Freddy.

Puestos a hacer un análisis de lo que han supuesto los últimos cuarenta años de historia en España; o por ser más precisos, de los esfuerzos que han sido necesarios para tratar no tanto de explicar los acontecimientos, como sí más bien para hacerlos comprensibles; terminaremos por concretar si no un principio de acuerdo, sí la certeza según la cual lo más parecido es lo que ocurre cuando en una familia ni el padre ni la madre ven nunca el día propicio para sentarse a dialogar con su hijo, y reconocerle que efectivamente es adoptado. Dejan pues el tiempo pasar y claro, la tragedia se desencadena cuando el niño accede a tal información por fuentes que no son las adecuadas. Si es que, ¡ay que ver qué malos son los niños! ¡Qué capacidad para hacer el mal!

Algo parecido sentimos la mayoría de españoles cuando en la mañana del pasado lunes la señora Ripoll, a la sazón abogada que ejerce la representación del Estado en el juicio en el que está imputada, cuando menos de momento, la Señora Cristina Federica de Borbón; nos espetaba a la cara que eso de que Hacienda somos todos, no es más que un slogan publicitario o sea, algo que desde luego carece de la fuerza suficiente como para impulsar, y mucho menos sustentar, una acusación penal.

A mediados de aquel mes de julio Alfonso duque de Bisceglie, el marido de Lucrecia Borgia, fue salvajemente atacado en las escaleras de la catedral de San Pedro. Según decían era César el causante de tamaña afrenta. Y los rumores, lejos de cesar se acrecentaron, cuando don Michelotto, el hombre il Valentino irrumpió en las habitaciones del Vaticano donde éste convalecía y lo estranguló.
Y sin embargo Italia no solo sobrevivió, sino que se convirtió en testigo de excepción de El Renacimiento a la sazón, que nadie lo dude, el auténtico Ley Motive de todo este protocolo. Que por qué sobrevivió, por dos motivos fundamentales. El primero es curioso, la ausencia de pasado se traduce en carencia de cualquier tipo de lastres. El segundo, íntimamente ligado al primero, es todavía más hermoso, la desmedida apuesta por el futuro ubicaba en el pasado cualquier conducta procelosa o a la sazón, poco práctica.

Sin embargo y por contraste, la paliza que en este caso la Sra. Ripoll ha inflingido a la idea de España ha sido de tal consideración, que no sería exagerado ni mucho menos desmedido afirmar que duramente se restablecerá de sus efectos.
Porque si bien la Corona es un símbolo, resulta lícito suponer que lo representado por la misma, su significado, ha de ser, en tanto que merecedor de ser representado, mucho más importante que lo representado. Mas al contrario cuando el Estado necesita atacarse a sí mismo para mantener supuestamente intacta, la dignidad de aquello que es por naturaleza un símbolo, está condenando indefectiblemente la condición de lo en sí mismo representado.
De esta manera, así como Michelotto empleó sus manos para quitar la vida a Alfonso convencido de que un sacrificio resultaba imprescindible para garantizar la prevalencia de los modelos existentes; es como queda constituido el contexto actual en el que  el desenfreno con el que el propio Estado se practica la autolisis en forma de esa frase: “Hacienda somos todos” se corresponde a lo sumo con un slogan publicitario de los años noventa, solo puede identificarse con los efectos que una intoxicación  produce en las mentes de quienes una vez perdida la noción de su presente, no dudan en sacrificar el destino de su futuro.

En consecuencia, el grado de desafección desde el que unos y otros, en especial quienes tienen porque siempre han tenido algo que decir, contemplan todo lo que está ocurriendo; me conduce a poder afirmar a ciencia cierta que algo realmente gordo está a punto de ocurrir. Tal vez y en realidad tratar de identificar la naturaleza de lo que está por venir resulta algo tendencioso. Sin embargo a lo que sí que estoy dispuesto a jugarme mis últimos euros es a que de lo que hoy por hoy constituye nuestro presente, en menos tiempo del que podemos llegar a imaginar no quedará ni el polvo…


Luis Jonás VEGAS VELASCO.



jueves, 19 de noviembre de 2015

SOLTAD A LOS PERROS.

Pero luego que nadie se llame a engaño, ni diga que esto no era lo que entonces se imaginaba; y por supuesto que no se le ocurra decir que algunas de las cosas que estarán entonces por venir responden a daños colaterales.

Es así que en mi paseo virtual, en el que me atrevo a adentrarme a diario en la escenografía europea, por medio del cual tomo poco más o menos la temperatura a mis semejantes; que llevo meses observando hasta qué punto patrones otrora olvidados, emergen. Y lo hacen por supuesto con renovados bríos.

Verdaderamente asustado, de hecho por ello me atrevo a contarlo, por lo irracional del camino que atisbo se está tomando; aún a riesgo de ser acusado de historicista, cuando no abiertamente de revisionista, que detecto en la lectura de la humedad y la temperatura del aire que me rodea visos ciertamente comparables con los que de una u otra manera recorrieron Europa hace ahora justo setenta y cinco años. Y que a nadie se le olvide, aquellos vientos redujeron el continente a la consideración de erial.

Hechas todas las salvedades, incluso las que formen parte de los condicionantes que de una u otra manera estén por llegar, lo cierto es que redundo de nuevo en la confesión de mi miedo. Miedo que puedo asegurarles no me convierte, al menos necesariamente, en un cobarde.
Porque de parecida manera a que no es cobarde quien no se pone en la línea de acción de una bomba que se sabe a punto de estallar, en cuyo caso diremos que su conducta es lógica; de parecida manera a cuando consideramos como cívica la acción por la que detenemos nuestro vehículo ante un paso de cebra cuando por el mismo transitan ancianitos; de parecida manera yo me atrevo a decir que no resulta para nada conveniente pensar una vez más (de nuevo) que en Europa podemos reconducir tensiones por medio de bombas, bombas que tengan ustedes del todo por seguro que no respetarán pasos de cebra, ni ancianitos, ni nada de  nada.

Porque una vez los perros de la guerra campen de nuevo a sus anchas por Europa, de solo unas cuantas cosas tendremos absoluta certeza y de entre ellas, la que a mí más nervioso me pone, la de poder afirmar que nada, absolutamente nada, volverá a ser igual.

Si de verdad consentimos que Europa arda, la conflagración que de la misma resulte adoptará sin duda unas magnitudes solo calificables dentro de los catálogos de la épica. Europa arderá una vez más, con la salvedad de que en este caso lo hará hasta alcanzar lo más profundo de sus cimientos.

Pero antes de que la sinrazón se apropie de nuestro futuro, echemos aunque solo sea un somero vistazo a nuestro pasado. Así, sin detenernos en detalle, solo una  cuestión me preocupa antes de poder considerar ni tan siquiera remotamente la posibilidad de que como dicen algunos ir a la guerra es la única manera de mantener la paz. Se  trata de una cuestión que una vez pensada pierde su atractivo es más, por su simpleza roza la vulgaridad. Viene a decir algo así: Si Europa ha sido más o menos capaz de superar 75 años de historia sin ceder a la tentación de la guerra; si ha sido capaz de sobrellevar tentaciones que en forma de brutales provocaciones han hecho tambalearse hasta lo más profundo de lo que considerábamos el edificio de nuestra existencia, y a nadie se le ha pasado por la cabeza llamar a los perros. ¿Por qué este aquí y este ahora parecen a la sazón tan proclives a ello?

Siguiendo una pauta que en repetidas ocasiones ha dado sus frutos, propongo resarcir la máxima en base a la cual casi nunca un solo hecho o circunstancia merece ser considerado como el único agente causante o inductor de un determinado hecho o desmán. Siguiendo tal línea de razonamiento, nos encontramos en condiciones de certificar que a mayor rango de afección del hecho analizado, mayores habrán de ser, en grado o en número, las magnitudes de los agentes que entran en juego.
De esta manera, analizando dentro del contexto propio del momento las magnitudes del riesgo considerado, hemos de aceptar que las mismas han de proceder de un hecho tan prominente, que sus magnitudes solo pueden interpelarse desde un rango global.
¿Y qué elemento conocemos en la actualidad que se halla presente en todas y cada una de nuestras observaciones? ¿Qué elemento condiciona de una u otra manera todas nuestras decisiones de una manera hasta hora desconocida?...

Si nos paramos un instante a sopesarlo, en el fondo deja de ser descabellado, y se convierte en casi normal. Siguiendo el denominado esquema de las cosas al que somos propensos, siempre hemos posicionado los procederes económicos como responsables a nivel de detonantes, responsables del inicio de los acontecimientos que luego tendrán su transcripción en lo político, para finalmente albergar su reproducción de modelo dentro de los esquemas políticos que para lograr su implementación se precisen. De hecho en este caso, y para cerrar el círculo, la religión, el último invitado, no solo ha hecho acto de aparición, sino que lo ha hecho reclamando un papel predominante.

Con ello, acabamos diciendo que nos encontramos ante uno de los esquemas más viejos de cuantos se conocen. La guerra al servicio de los intereses, obviamente económicos, de una minoría, elitista, que de nuevo se cree con patente para ponerlo todo, nada más y nada menos, que al servicio del mantenimiento de su posición de dominio.
Una clase elitista que con el cambio de milenio entendió como algo inaceptable aquello que las matemáticas demuestran; que el reparto de bienes finitos entre una población que crece exponencialmente, conlleva necesariamente la reducción del cociente que representa el a cuánto tocamos.

Y a partir de ahí, se trata tan solo de rellenar los huecos.

Provocaron primero una crisis económica cuyas dimensiones, por escatológicas más que míticas, ya debieron de haber levantado sospechas. Pero el vulgo, bien educado y agradecido, decidió ejercer de tal, y aguantó.
Pero como suele ser habitual, ni la nobleza se cansa de pedir, ni el común de sufrir. De ahí que unos y otros lleven diez años embarcados en este extraño baile, del cual solo un monstruo podía salir.

Y el monstruo ha despertado. Una vez superados todos los límites, solo el último queda por ser superado así que, ahora, soltad a los perros. Pero a diferencia de lo que hasta ahora ha ocurrido. No digáis que no sabíais lo que hacíais.


Luis Jonás VEGAS VELASCO,

martes, 17 de noviembre de 2015

DE LA CATARSIS COMO PASO PREVIO PARA EL ABANDONO DE LA PERVERSIÓN. PORQUE ÉSTA NO ES PATRIMONIO DE LOS ACTOS.

Definiendo la precisión en este caso como el momento justo a partir del cual podemos volver a llamar a las cosas por su nombre sin que por ello hayamos de pasar por desalmados, y no por ello menos convencido de que aún así no tardaremos en encontrar no tanto voces como sí más bien voceros dispuestos a hacerlo, es decir a jalear no tanto nuestros nombre sino más bien la pena de la que según ellos somos merecedores no tanto por pensar distinto, sencillamente por demostrar que ellos prefieren no hacerlo (practicar el seguidismo no solo es cómodo, en ocasiones como la que vivimos se muestra además verdaderamente rentable) lo cierto es que considero ha transcurrido no ya el tiempo suficiente para llorar a los muertos, sino más bien el que yo estoy dispuesto a concederles a todos los integrantes de esa caterva que, convencidos de que el ruido y la muchedumbre ofrecen un interesante refugio, han abandonado poco a poco en los últimos días esos refugios constituidos por la mediocridad y lo que es peor, han pensado que la sinrazón en la que parece haberse instalado el mundo va a convertir en menos desdeñosa la sinrazón que en sí misma representa su existencia.

Desde la pesadumbre ética que me produce el constatar la predisposición que el  que se llama Hombre de mi época tiene para causar deterioro moral en los que componen junto a él su aquí y su ahora, considero sinceramente como mi deber ser coherente con la expresión de ese torrente de sensaciones que, sin restar como digo un ápice de intensidad al grado de aflicción que desde el pasado viernes me asola, sí me lleva no tanto a decir, como sí más bien a denunciar, el alto grado de incongruencia desde el que, siempre según mi particular interpretación, se está llevando a cabo no tanto la investigación, como sí más bien la adjudicación de culpas, toda vez que el grado de afección de éstas supera con mucho a la condición atribuible a los particulares en tanto que poseedores de una identidad.

Porque a nadie se le escapa que a estas alturas nadie, absolutamente nadie, ni siquiera haciendo memoria, puede no ya poner cara, ni siquiera recordar uno solo de los nombres que no lo olvidemos, según nos han dicho, son de una manera u otra responsables de los actos que nos han conducido a la aberración que contra lo humano se ha producido el pasado viernes. A pesar de ello, o tal vez gracias a ello, todos tenemos una idea aproximada vinculada tanto a quiénes son los responsables, como por supuesto gozamos de una opinión formada en relación a qué es lo que “realmente” perseguían.

Y la verdad es que, de tal afirmación espero no se desprenda una crítica. Si cuando se apaguen las voces de las calles, se despida a los voceros de los platos, y la policía deje de echar puertas abajo en los registros que se están llevando a cabo sin orden judicial; seguimos siendo capaces no ya de pensar, siquiera de tener opinión propia; estaremos en condiciones, muy probablemente, de toparnos con esa sensación que ya Descartes describiera, que pasa por constatar que la verdad, a menudo, se presenta ante nosotros de forma clara y distinta.
Constituirá tamaño momento un instante de gran felicidad ya que, en tanto que clara, la verdad desbordará nuestra capacidad de sorpresa, de manera que solo una cuestión nos quedará por resolver ¿cómo es posible que hayamos tardado tiempo en verla? En tanto que distinta, no existirá un solo elemento que por proximidad conceptual, pueda confundirnos en relación a interpretar qué es aquello que es verdad.

De esta manera, cuando la valentía que se vincula al saber nos envuelva, solo una cuestión nos acuciará, la que pasa por tener que valorar el precio del tiempo que hemos pasado inmersos en mayor o menor medida en las fétidas aguas que envuelven no tanto a la Isla de Ignorancia, como sí más bien a las que poco profundas, siguen promoviendo putrefacción en la Bahía de Manipulación.

Será más o menos entonces cuando comprendamos que la fuerza de la verdad no pasa tanto por comprender que se alía  con los que tienen fuerza para mirar, es que directamente corre a esconderse de los que prefieren no hacerlo. Que no es que adore a los valientes que tienen fuerza para hablar, es que reniega iracunda de los que callan gustosos.

Así y solo así, podremos no tanto comprender, a lo sumo llegar a intuir, que la catarsis a la que están indefectiblemente condenados los que de verdad se creen con fuerza para encontrar algo bueno de todo esto, está más bien dirigida a entender el presente y el pasado, no tanto a promulgar un futuro diferente.
Porque en el pasado hunden sus raíces las injusticias que en forma de abominaciones sociopolíticas llevan decenios por no decir siglos, definiendo la historia de países y continentes como la propia África, o por supuesto Oriente Medio. Lugares que no ya tanto países, obligados casi desde siempre a considerarse en defensa propia como entes de segunda categoría, cuyos conquistadores, ya procedan éstos del devenir activo o del pasivo, han cometido siempre la misma tropelía, la que pasa por ignorar que en todos los lugares, en unos más visibles que en otros, siempre hay seres humanos.

Por eso, cuando las fuerzas de la tierra vuelvan a su lugar, y arrastren consigo a cada cosa hasta obligarla a alcanzar el que se denomina su sitio, esto es, aquél en el que más cómodos se encuentran, detengámonos siquiera un segundo en pos de preguntarnos quién, y lo que tal vez resulte más esclarecedor, por qué, se ha decidido concretamente eso, el lugar que efectivamente decimos que han de ocupar.

Entonces y solo entonces, y no tanto por la ficción de comprender, como sí más bien por la paradoja que procede de la satisfacción que en este caso provoque el no poder hacerlo, lleguemos a intuir el porqué no tanto de la sinrazón de lo que como hecho es incomprensible, como sí más bien los caminos de lo que como causa, lleva siglos pergeñándose.


Luis Jonás VEGAS VELASCO,

lunes, 19 de octubre de 2015

DE CONSTATAR QUE SOLO LOS TONTOS ESCRIBEN.

Que sí, de verdad, que una vez superada la impresión que la frase que hoy nos provoca;  y una vez superada la tentación casi lógica de soltar lo que vendría a ser una respuesta simétrica que sin duda bien podría pasar por “y solo los listos leen”, acabaríamos enfrascados en una suerte de disquisición formal de la que salir resultaría tan sencillo, o cabe decirse más bien que tan complicado, que haríamos imprescindible un baño de humildad que muy probablemente habría de transitar por escenarios tales como los que nos presenta una afirmación que a mi entender no solo no pierde autoridad con el paso del tiempo, sino que más bien, la gana: “Quien escribe habla a lo sumo de lo que cree conocer. Afortunado el que escucha, pues podrá optar a aprender algo.”

Haciendo bueno el dicho según el cual una de las cosas que hacen grande nuestro transitar por la vida, en la mañana de hoy departía yo con uno de los que han tenido a bien aceptar tamaña consideración para con mi pequeña persona; y dicho sea de paso además de proporcionarme el titular a partir del cual pergeñar mi maldad de hoy, se ha mostrado no menos lúcido que en anteriores consideraciones, si bien se ve que más metódico y ordenado, porque en este caso sí que voy a poder aprovechar muchos de los componentes que se promulgan en sus disquisiciones de cara a consolidar lo que digamos aspira a ser, un discurso ordenado.

Como no puede ser de otra manera, todo ha comenzado a partir de la que parecía ser la pregunta del millón: “¿Qué opinas del debate de ayer?” Dado que efectivamente no acudí a la cita con el televisor puesto que si de verdad quiero ver Ciencia Ficción, leo algo de Asimov, es que expresar tal consideración, ha tenido el efecto esperado esto es, calentar su boca en lo que ha comenzado siendo una zurra en mi contra por pecar de ignorante, para pasar finalmente a lo interesante, o sea, al análisis de las sensaciones que no ya las conclusiones como sí más bien el modus operandi de los mismos, le causó.
Y digo que las sensaciones primaron sobre los conceptos rompiendo con ello el orden lógico que en principio cabría ser esperado, porque una vez más, mi amigo ha sido capaz de expresarme en esta ocasión de manera además argumentada el lamento que para él supone últimamente ver hablar de Política a mucho que no lo olvidemos, para nuestra desgracia, aspiran sinceramente a dirigir nuestros designios a partir del próximo veinte de diciembre.

Así, presa no sabemos si de una suerte de estulticia paradigmática, o lo que es peor, de una esclavitud que no pueden confesar por proceder ésta de unos compromisos de naturaleza no precisamente electoral, los cuales en la mayoría de los casos ya están firmados, y se traducen en la única justificación que muchos de estos nuevos actores tienen para haber pasado a formar parte del escenario electoral que no todavía político en España; estoy hablando, para cualquiera que no se atreva con la traducción libre, de Ciudadanos, partido que yo considero resultante de una reacción química en la que el IBEX 35 ha actuado como catalizador. Y si bien en química la característica primordial de un catalizador pasa precisamente por no dejar huella de su presencia en los resultados; puestos en metáfora política, podríamos deducir que lo que caracteriza a un catalizador en tamaña disciplina es que “no se mueve el árbol, sin la voluntad del Señor.”

Dicho lo cual, y netamente convencido de que ateniéndonos a lo que concierne a los partidos emergentes, muchas más son las cosas en las que coinciden, que las que por el contrario podrían separarles; que participo de otra de las ideas matriz esbozadas por mi buen amigo expresada a partir de la conclusión según uno de los desastres de anoche pasó por ver hasta qué punto, y referido a una de las cuestiones capitales, cómo no, de las vinculadas al Mercado Laboral, ambos contendientes pecaban de obcecación al pensar que éste habría de amoldarse a lo que ellos expresaban como fuente y virtud de sus deseos, expresando además tal desacato a partir de la comprensión de la que habría de ser su Política de Empleo a la vista de sus planteamientos a la hora de reducir cuando no unificar, las propuestas de un contrato único.

Personalmente difiero de la conclusión esbozada por mi amigo. Así, y siempre según mi particular visión, lo único que habría de resultar capital para un partido político habría de ser su capacidad primero para detectar aquellas cuestiones que a la vista de la realidad, podríamos circunscribir al hábito de lo mejorable para, una vez efectuada tamaña catalogación, proceder con el diseño y la adopción de medidas que confluyan en la mejora de las mismas. De esta manera, que quienes se consideran competentes para gobernarnos lo hagan desde la plena convicción de que pueden cambiar el mundo, a mí no solo no me molesta, sino que más bien añadiría habría de erigirse en condición sine qua non sobre todo en aquellos partidos cuya adscripción se corresponde con los que podríamos catalogar en el capítulo de los de nueva creación.

A partir de aquí, la conversación se ha enrarecido, sobre todo porque mi amigo se ha enzarzado en una suerte de razonamiento cuya pauta no era por mí compartida. A pesar de ello, ha tenido un último instante para desvelarme el enigmático sentido desde el que ha soltado la frase que yo uso como encabezamiento: “Mucha de la gente que presenció anoche el debate, en realidad no se ha enterado de nada. Lo digo porque había al respecto muchos comentarios en twitter y en Factbook. Y como sabes, Jonás, solo los tontos escriben.”


Luis Jonás VEGAS VELASCO.